Mujeres saltillenses en el virreinato

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Opinión
/ 31 enero 2026

A menudo se oye hablar de la mujer en términos negativos, despectivos, se expresan generalizaciones estúpidas. Se piensa que la mujer fue en el pasado muy pasiva, dependiente, sin capacidad de tomar decisiones ni en cuestiones que le interesaban o la perjudicaban. No pienso ocuparme del presente por una razón: las mujeres que hoy habitan Saltillo son, en su mayoría, venidas de otras tierras, incluyendo los ejidos aledaños. Centro el artículo en el pasado. Y creo conocerlo, pues fui director del Archivo Municipal seis años y otros tres, solo investigador, analizando manuscritos. Advierto que las mujeres que llegaron de lejos son tan saltillenses como cualquiera, pero no vivieron la época colonial. Ni yo, pero las conocí en los viejos papeles.

Daré ejemplos que ayuden a comprender qué equivocados están quienes tienen esas ideas. Recientemente, en la Cuarta Transformación, se ha rescatado la vida de mujeres maravilla, desde Josefa Ortiz pasando por Leona Vicario, las señoras Serdán, Nellie Campobello, las maestras, las feministas primitivas de Yucatán y demasiadas otras.

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Inicio ejemplos. Una señora rica, de las más importantes, porque heredó una fortuna y, sin que esto signifique algo relativo a lo que nombran razas (los humanos somos una única raza), era española y había enviudado de un vascongado. Un día, un chismoso, de los que nunca faltan, fue a contar al alcalde de la villa que esta mujer sostenía relaciones sexuales con un mulato. Se presentó el tal alcalde en silencio a la casa hasta que escuchó los ruidos o quejidos que son parte del placer. Entonces, “¡con mano poderosa!”, abrió la puerta y los encontró en la cama. El mulato fue a la cárcel y juzgado incontinenti: recibiría 50 azotes y sería expulsado de Saltillo. El párroco, que era menos moralista que el alcalde, ingresó a hablar con Juan de la Riva, so pretexto de confesarlo y le preguntó si se casaría con doña Beatriz. Lo mismo hizo con ésta y también dijo que lo quería. Total, los casó por interpósita persona, y obligó al alcalde a liberar al mencionado. Y vivieron juntos hasta la muerte de ella.

Otro. Una sirvienta empezó una relación amorosa con un mulato a través de una barda. No se veían, se hablaban. Cuando la ama los descubrió, porque el mulato había encontrado la manera de ingresar y, pues como era su deseo, se amaron. Su ama fue a poner una queja que es divertida y cruel a la vez. Pedía que al mulato lo desterraran y le dieran 200 azotes (esto era de muerte). El alcalde dijo que no podía dar un castigo sin hablar con la sirvienta, para lo cual se encerró (para evitar que la señora escuchara). Determinó que la pareja se casaría por la Iglesia para que no siguieran pecando. Y colorín colorado.

Otro. Después de la oración (hacia las nueve de la noche) alguien golpeó la puerta del alcalde. Éste salió en calzones (especie de piyama) y se topó nada menos que con la Negra Teresa, una esclava. Le dijo que no soportaba a su amo porque la maltrataba y le pedía permiso de venderse a otro. Un alcalde, evidentemente, no tenía el poder de entrometerse entre amo y esclavo, por ley, pero a tanto ruego le dijo a Teresa que le daba unos días para encontrar comprador. Pronto lo descubrió, era un viajero que iba a Tejas: la compró y dejó al alcalde el precio fijado.

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El último. Las muchachas en general se casaban con quien decidía su padre. Encontraron un mecanismo sumamente inteligente para burlar al progenitor. Ella se hacía del rogar por su pretendiente, luego él le hacía un obsequio y le dibujaba una cruz en la mano, y le daba palabra de matrimonio. Iniciaban la relación sexual, y claro, venía el embarazo. Ella denunciaba al novio y el alcalde le ponía a éste una mano sobre el crucifijo y le preguntaba si le había dado palabra. Entonces los enviaba al párroco para evitar que siguieran pecando. Encontré diez y siete ejemplos y seis en Monclova. En efecto, en las Siete Partidas del rey Alfonso X, el Sabio, se declara que cuando una pareja se da el sí, aunque fuese en secreto, quedaba casada. Curiosamente Santo Tomás de Aquino opinaba lo mismo, pues es el único sacramento en que los sujetos son los contrayentes, no el cura. ¿Cómo descubrieron esto muchachas iletradas? Iletradas sí; tontas no.

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Columna: De habla y tiempo

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