Educación: la deliberación que debiera darse

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Opinión
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Dolorosamente, la escuela mexicana está en asuntos tan básicos como resolver el ausentismo magisterial o dotar de agua a los recintos escolares

Desde siempre, el Estado mexicano hizo de la educación una prioridad. A lo largo de más de un siglo hubo altas y bajas, pero persistió la convicción de que la instrucción de los mexicanos era la llave del cambio y la movilidad social. El crecimiento demográfico y la presión por la instrucción media y superior significaron un aumento exponencial que comprometía la calidad educativa y llevó también a la diversificación de la oferta educativa, con una presencia importante de la educación privada. La evaluación jugó un papel importante. La representación magisterial resultó clave y el mayor reto desde hace décadas ha sido recuperar su mística social de origen en favor de la educación.

Mucho se hizo y no faltan episodios con el calificativo de hazaña. No está por demás destacar la aportación de organizaciones civiles involucradas en el equipamiento de los recintos escolares; el país les debe reconocimiento por su labor callada en favor de la niñez y del país. Está probado que el mejor recurso de una nación para la justicia social es la educación de calidad; para las familias mexicanas, la instrucción es el mejor medio para el buen porvenir de las hijas e hijos.

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Gobiernos, maestros, sociedad organizada, comunidades y familias hicieron que la educación tuviera atención privilegiada del Estado mexicano, hasta que llegó el populismo al poder. Bajo la tesis de que todo lo anterior tenía la impronta neoliberal, no sólo se dejó de respaldar, sino que se destruyeron los instrumentos, procesos e instituciones que permitían al país contar con una educación pública y privada razonablemente de calidad y cobertura universal en sus niveles básico y medio. Se dañaron fatalmente los libros de texto, el magisterio militante ganó terreno en las zonas más pobres, se acabó con la evaluación educativa y los proyectos escolares de tiempo completo; también se disminuyó el presupuesto y se frenaron los programas de equipamiento y recuperación de escuelas. Lo más dramático y pernicioso fue hacer de la ideología eje de la enseñanza, formar a los futuros súbditos del régimen, que ahora da pruebas de venalidad y descomposición, a grado tal que es un grave problema para el país.

Desde la misma presidencia se erigió una embestida contra la universidad, la promoción por mérito, la preparación y la superación académicas. Cualquiera hubiera pensado que instituciones con proyección social, como la Universidad Autónoma de Chapingo, el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y las universidades tecnológicas, vivirían su mejor momento con un gobierno que decía “primero los pobres”. En su lugar, se plantó un proyecto de educación superior ideologizado y carente de mínima calidad; algo así como el INSABI de la educación.

Aurelio Nuño, quien a sus 36 años llegaría a la SEP, ha sido una de las voces más relevantes, claras y precisas en el juicio de lo que el obradorismo ha hecho en materia educativa. Su postura honra la memoria de grandes secretarios de educación. Uno de los temas que plantea, entre muchos, es el de la disminución de la matrícula, que por sí misma habla del fracaso.

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Las dificultades presentes del secretario Mario Delgado, en el frustrado intento de reducir el calendario escolar y las razones por él vertidas, deberían abrir la puerta a una discusión seria sobre la situación de la educación y las responsabilidades históricas del Estado en la materia. Ahora no es suficiente la educación de calidad, sino también corresponder a las exigencias de un mundo en un vertiginoso cambio que desafía, incluso a los mejores centros de enseñanza. Dolorosamente, la escuela mexicana está en asuntos tan básicos como resolver el ausentismo magisterial o dotar de agua a los recintos escolares.

Las palabras de Mario Delgado son ilustrativas de la nueva ética pública respecto a la educación. Un evento deportivo por delante; un argumento falaz, como el del clima, para justificar la reducción severa del calendario escolar y, ya en la última etapa, el afirmar que los menores pedagógicamente de nada se pierden porque después de la entrega de calificaciones, el 15 de junio, las escuelas se tornan en improvisadas guarderías o estancias “forzadas”. Si esto último es cierto o parcialmente veraz, por elemental sentido de responsabilidad, la SEP debería ordenar acciones para aprovechar lo más preciado del proceso educativo: el encuentro del alumno con el maestro en la escuela. Mientras tanto, el régimen cubre su mediocridad diciendo que todo es culpa del modelo neoliberal.

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Licenciado en Derecho Facultad de Jurisprudencia UAC. Maestría y Estudios de Doctorado en Gobierno por la Universidad de Essex, Inglaterra.

Ha sido Catedrático en el ITAM; en el ITESM; en el CIDE; y en la Universidad Anáhuac.

En 1997 a 2000 titular de la Asesoría Política en la Presidencia del doctor Ernesto Zedillo.

Desde 2005 director general del Gabinete de Comunicación Estratégica

Columnista Juego de Espejos en Milenio Diario, Bloomberg-El Financiero y en SDP Noticias, Código Libre y en la Revista Peninsular. Coautor de varios textos en materia electoral y estudios históricos.

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