Egipto y la permanencia
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Es difícil imaginar el mundo antiguo o, mejor dicho, los mundos antiguos. Al pensar en Egipto, quizá muchos de nosotros evocamos las películas épicas de Hollywood. La intervención del cine es gigantesca. Hay filmes históricos, animados, fantasiosos. En la pantalla grande, mientras el solemne Charlton Heston encarna a Moisés, Brendan Fraser y Tom Cruise luchan contra maldiciones de momias egipcias. Todo se reduce a pirámides, jeroglíficos, faraones y muertos que resucitan. Por eso cuando queremos mirar con algo más de detalle los elementos de esta cultura, cuesta trabajo. Desde hace unos años imparto una materia en la universidad sobre las primeras literaturas conocidas. A la par de Gilgamesh y las obras de Mesopotamia, estudiamos las lecturas de Egipto. Para mí resultó tan fascinante como problemático. Aunque la asignatura es un tanto panorámica, a manera de introducción, cada vez que estudio el tema las preguntas se multiplican.
En la escuela nos enseñan la historia como si todo fuera claro. Aprendemos fechas, nombres, acontecimientos. Pero en realidad, al hablar de la edad antigua tenemos únicamente fragmentos, aproximaciones, deducciones. Dimensionar el tiempo también es una tarea compleja. La civilización egipcia duró cerca de cuatro mil años. Si analizamos los sucesos históricos de nuestra era, marcada por el nacimiento de Cristo (otro dato impreciso), que lleva solo dos mil, y lo multiplicamos por dos, no alcanzamos a visualizar lo que podría ocurrir en ese periodo milenario. En un documental utilizaban un ejemplo ilustrativo. Cleopatra, en la línea cronológica, está más cerca de nosotros que de los primeros faraones. Así que lo que entendemos ahora por literatura es muy lejano a los primeros textos de los antiguos egipcios, que por cierto tuvieron varias formas de escritura además de la jeroglífica.
Para la clase, por cuestiones de tiempo y espacio, abordamos una selección de obras. “Los textos de las pirámides”, de la Quinta Dinastía (2500-2350 a. C.) son frases escritas en las pirámides de Sakarah o Saqqara. No tienen un orden específico y se trata de oraciones, himnos y conjuros. Algo similar sucede con lo que ahora conocemos como “Libro de los muertos”. Esta obra es un conjunto de textos funerarios plasmados en los sarcófagos y en las tumbas. En la actualidad entendemos al libro como un objeto completo, coherente, circular, firmado por uno o más nombres. La escritura que dejaron las civilizaciones antiguas es anónima, casi siempre, y hay que tratar de descifrarla, pese a las lagunas y las imprecisiones. Leer, en estas condiciones, es un trabajo distinto. Aun así, dentro de este aparente caos, hay palabras sabias y bellas que conservan su frescura.
Según el libro de Frankfort, Wilson y Jacobsen, “El pensamiento prefilosófico”, mientras Mesopotamia era una cultura que reconocía la fragilidad humana y su pequeñez frente a la naturaleza, Egipto creía en la permanencia. De ahí que embalsamaran cuerpos y construyeran pirámides firmes y longevas. Incluso bajo esta corriente, existieron los rebeldes que defendían más la vida que la muerte. El poema “La canción del arpista” declara esta ideología. Es tal vez uno de los primeros “carpe diem” de la historia: “Dedícate a los asuntos de la tierra y no lastimes tu corazón”, detalla. Los “Poemas de amor” o “Canciones de amor” tienen versos muy similares a los que aparecerían después en “El cantar de los cantares” de la Biblia. El “Cuento de los dos hermanos” recuerda a los relatos de Abel y Caín y José el soñador. De la misma forma los consejos de los padres a los hijos comparten frases con el libro de “Proverbios”, como apunta Oscar Oliva en “Egipto. Su antigua literatura”. A pesar de las dificultades para estudiar estas obras, la palabra (con todo y problemas de traducción, interpretación y contextos) hace su magia. A través de ecos culturales, el pensamiento del antiguo Egipto sobrevive y nos aconseja. Quizá esa sea la verdadera permanencia.