El bato con botas

Opinión
/ 14 octubre 2021

Miles de anécdotas se han contado de Francisco Villa. La que hoy narro tiene un interés muy especial, pues muestra una faceta poco conocida de aquel hombre huracán.

Jesús Aguilar estaba muy orgulloso de sus botas. Se las había mandado hacer en Monterrey, y eran distintas a todas las que se veían en la tropa del general Felipe Ángeles. Las botas de Aguilar eran de mosquetero: altas, holgadas, y con amplio remate que cubría la rodilla en elegante cerco.

Las fuerzas del general Ángeles tomaron Ramos Arizpe, plaza que había estado en poder de la gente de Carranza. Vencidos los carrancistas dejaron en Ramos 17 trenes. En el vagón pullman de uno de ellos encontró Aguilar, por pura casualidad, el archivo que consigo llevaban los fugitivos. Entre los papeles halló una serie de telegramas que se habían cursado los generales Antonio Villarreal, Pablo González y Eulalio Gutiérrez, todos tendientes a lograr una reconciliación entre este último y don Venustiano Carranza.

Aguilar puso en conocimiento del hallazgo al general Ángeles, quien juzgó que el asunto era de tanta trascendencia que se le debía comunicar a Villa.

-Salga usted por tren hacia Torreón -ordenó Ángeles a su subordinado-, y entere a mi general de lo que halló.

Dos días después, a las 6 de la mañana, llegó Aguilar a la ciudad lagunera. Pancho Villa estaba ya en pie impartiendo órdenes a sus generales. Se enteró de la noticia que le llevaba el mensajero. Aguilar se dio cuenta de que mientras Villa lo escuchaba no le quitaba la vista de las botas.

-Oiga, amiguito -le dijo el Centauro al terminar-. Yo he visto esas botas en alguna parte.

Aguilar, desconcertado, no respondió.

-¡Ah, sí, ya me acordé! -exclamó Villa-. En la pasta de un libro de novelas. ¡En “Los Tres Mosqueteros”!

-Así es mi general -respondió Aguilar-. Las botas son de ese estilo.

Se sentó Villa en su catre.

-Pos me gustan mucho. Quíteselas a ver si me quedan.

Se quitó las botas Aguilar, y Villa intentó probarse una. Imposible; el pie, enorme, no entraba en la bota.

-¡Carajo, amigo! -dijo con disgusto-. ¡Tiene usté pieses de señorita! ¿Dónde compró las botas?

-Me las hicieron en Monterrey, mi General.

-Pos me manda hacer unas igualitas, y me las entrega cuando yo ande por allá.

Muy asombrado se quedó Aguilar. ¿De modo que Villa, con tanta fama de salvaje, conocía, al menos por los forros, “Los Tres Mosqueteros” de Dumas? La explicación del misterio la recibiría de Felipe Ángeles algunos días después. Cuando Villa estuvo preso en Santiago Tlaltelolco el general Ángeles le llevó aquel libro para que se entretuviera. No sabemos si el tremendo Doroteo Arango lo leyó, pero por el relato de Aguilar podemos tener la certidumbre de que sabía al menos cómo eran las botas que calzaba D’Artagnan cuando andaba con los mosqueteros. Seguramente las circunstancias impidieron que Villa cabalgara en el Siete Leguas luciendo botas de mosquetero francés.

Esta curiosa anécdota de Villa, con muchas otras más, la puse en mi libro “La Otra Historia de México. Díaz y Madero: la espada y el espíritu”. De ese libro se han vendido ya más de 200 mil ejemplares. Desde luego “Los tres mosqueteros” han vendido muchos más. Pero vender en México 200 mil ejemplares de un libro de Historia no está nada mal.