El crecimiento de la economía post-americana de Canadá
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Los aranceles de Trump no han conseguido, ni por lejos, reactivar la industria manufacturera estadounidense
Por Ricardo Hausmann y Eric Protzer, Project Syndicate.
CAMBRIDGE- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sacudió por primera vez a Canadá con aranceles sustanciales en 2018, con el foco puesto en el aluminio y el acero. Luego volvió a hacerlo cuando regresó al cargo en 2025, esta vez con varias decenas de productos en la mira, aunque posteriormente eximió a aquellos que cumplían con el Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá. La semana pasada, tras el fracaso de las negociaciones comerciales, repitió su truco favorito e impuso aranceles del 50% a una amplia gama de importaciones canadienses, entre ellas vino y guantes. Canadá respondió con aranceles de represalia “dólar por dólar”.
Los aranceles de Trump no han conseguido, ni por lejos, reactivar la industria manufacturera estadounidense. Por el contrario, han infligido pérdidas a las empresas y han frenado el crecimiento en ambos países. Sus acciones también han demostrado que cualquier presidente estadounidense proteccionista podría aprovechar la integración comercial con un aliado con fines prácticos o ideológicos.
Canadá es profundamente vulnerable. Sus exportaciones de mercancías a Estados Unidos representan una quinta parte de su PIB, y en ningún sector esta dependencia es más aguda que en la industria automotriz. Dado que la fabricación de automóviles depende de cadenas de suministro regionales estrechamente integradas tanto en Norteamérica y Europa como en Asia, resulta difícil imaginar una industria automotriz canadiense que sea viable sin un acceso inmediato al ecosistema industrial de los Grandes Lagos.
Para reducir su vulnerabilidad estratégica ante la extorsión de Trump, Canadá debe desarrollar industrias que puedan operar libremente entre continentes. Analizamos estas oportunidades -y explicamos de qué manera Canadá puede aprovecharlas- en nuestro próximo libro Canada After America: A Strategy for Prosperity in a Changed World.
Los recursos naturales de Canadá son, obviamente, un activo enorme. El oleoducto que se planea construir en la Costa Oeste es esencial para llevar el petróleo de Alberta a los mercados asiáticos. Las inversiones en minas nuevas y ampliadas, así como en la infraestructura necesaria para exportar su producción, también son loables. La demanda global de recursos canadienses es sólida y, lo que es más importante, el país no necesita acceder a las cadenas de suministro estadounidenses para extraerlos.
Lo mismo es válido para otras tantas industrias de valor agregado. Los productos farmacéuticos, fabricados a partir de sustancias químicas básicas de amplia disponibilidad, obtienen gran parte de su valor del conocimiento incorporado en cada medicamento. Los dispositivos médicos son bienes costosos y de gran valor que suelen comprar los hospitales más que los consumidores particulares, y pueden incorporar insumos especializados procedentes de todo el mundo.
O consideremos el sector aeroespacial. Al igual que la industria automotriz, implica una fabricación intensiva. Pero los aviones se producen en volúmenes relativamente bajos y de acuerdo con normas de calidad sumamente estrictas. El ritmo necesariamente lento de la construcción de un avión permite el funcionamiento de cadenas de suministro verdaderamente globales, con componentes procedentes de numerosas economías avanzadas.
Canadá ya cuenta con una industria aeroespacial consolidada, liderada por Bombardier. También cuenta con varias empresas biotecnológicas destacadas. Sin embargo, varios de sus pares europeos, incluidos países mucho más pequeños, generan decenas de miles de millones de dólares más en exportaciones procedentes de estos sectores.
Pero todas estas industrias resilientes a la distancia dependen, en gran medida, de generar nuevos conocimientos e invierten en investigación y desarrollo en consecuencia. Aunque Canadá cuenta con universidades de investigación líderes a nivel mundial y con una población con un alto nivel educativo, está notoriamente rezagada en materia de innovación del sector privado. El gasto en I+D de las empresas canadienses se ha mantenido en torno al 1% del PIB durante décadas. Según los últimos datos de la OCDE, Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea del Sur, Suecia e Israel gastan entre dos y seis veces más en relación con el PIB.
La I+D del sector privado canadiense también se concentra, de forma inusual, en pequeñas empresas. En las principales economías tecnológicas del mundo, por el contrario, las grandes empresas representan la mayor parte del gasto empresarial en I+D.
Contrariamente a la creencia popular, la investigación no la llevan a cabo principalmente las pequeñas startups, sino empresas como SpaceX y AstraZeneca: empresas que han crecido con éxito y que hoy cuentan con los recursos financieros necesarios para invertir fuertemente en el desarrollo de nuevas tecnologías. Canadá cuenta con relativamente pocas empresas líderes de esta talla, lo que ayuda a explicar por qué las pequeñas y medianas empresas (pymes) representan una parte tan importante de su I+D.
Las tecnologías de la información y de las comunicaciones constituyen una excepción notable. El gasto per cápita de Canadá en I+D en este sector se encuentra entre los más altos del mundo, y el país ha dado luz a varias empresas grandes orientadas al sector comercial, como Shopify y OpenText. Por lo tanto, la principal limitación no es una insuficiencia sistémica. Más bien, Canadá tiene dificultades para crear grandes empresas en industrias que requieren más capital y están más reguladas que la del software.
El problema se ve agravado por la estructura del apoyo gubernamental a la I+D privada. Canadá proporciona una financiación sustancial para I+D a través de créditos fiscales, pero el programa, si bien se ha reformado recientemente, sigue teniendo un sesgo a favor de las pequeñas empresas. Asimismo, los créditos fiscales hacen que las empresas dependan de reembolsos inciertos una vez realizadas las inversiones. Otros países, como Israel y Alemania, han financiado tradicionalmente la I+D privada mediante subsidios iniciales.
El crecimiento de Canadá se ve aún más obstaculizado por la lentitud de los trámites de autorización regulatoria y las prácticas de contratación pública. El sistema de salud del país se basa en revisiones de múltiples etapas de los nuevos medicamentos, que conllevan autorizaciones secuenciales a nivel federal y provincial. Otros países llevan a cabo estas revisiones de forma simultánea para agilizar las autorizaciones. Para una empresa farmacéutica canadiense que desarrolle un nuevo medicamento, estos retrasos pueden marcar la diferencia entre la rentabilidad y la quiebra.
Una estrategia más ambiciosa en materia de contratación pública podría fomentar la innovación. Los presupuestos de I+D del gobierno suelen situarse por debajo del 1% del PIB, mientras que las compras de equipos y suministros normalmente superan el 10%. En Israel, por ejemplo, las empresas compiten por resolver problemas públicos como las salas de emergencias desbordadas. Corea del Sur les exige a los organismos públicos de todos los niveles que destinen el 20% de sus presupuestos de contratación pública a nuevas tecnologías prometedoras y a empresas aprobadas por un organismo independiente. Los gobiernos actúan como clientes de referencia, ayudando a las empresas innovadoras a crecer.
Suecia, Suiza, Dinamarca, Israel y otros países demuestran que los países pequeños pueden desarrollar industrias tecnológicas prósperas. Canadá puede hacer lo mismo, pero primero debe afrontar cuestiones políticas difíciles sobre la regulación en el ámbito de la salud y la financiación de las pymes. Cualquier tensión que generen estos debates palidecerá en comparación con las consecuencias de seguir estando a merced de los caprichos y de las excentricidades maliciosas de su poco fiable vecino del sur. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y execonomista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de la Harvard Kennedy School y director del Harvard Growth Lab. Es coautor (junto con Eric Protzer) del libro de próxima publicación Canada After America: A Strategy for Prosperity in a Changed World (Sutherland House, 2026).
Eric Protzer, investigador sénior del Harvard Growth Lab, es coautor (junto con Ricardo Hausmann) del libro de próxima publicación Canada After America: A Strategy for Prosperity in a Changed World (Sutherland House, 2026).