El desastre de Trump en Corea

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Opinión
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Cuando se reunió con Kim durante su primera presidencia, el objetivo de Trump era lograr el desarme nuclear de Corea del Norte; y fracasó

Por Richard Haass, Project Syndicate.

NUEVA YORK- El presidente estadounidense Donald Trump ha manifestado una vez más interés en reunirse con el dictador norcoreano Kim Jong‑un. Pero la hermana de Kim (una de sus asesoras más cercanas) le echó a la propuesta un jarro de agua fría. Puede que sea una señal de desinterés o una táctica de negociación, pero en cualquier caso se plantean de inmediato dos preguntas: ¿Qué objetivos espera lograr Trump de una conversación con Kim? ¿Y cómo pretende alcanzarlos?

Cuando se reunió con Kim durante su primera presidencia, el objetivo de Trump era lograr el desarme nuclear de Corea del Norte; y fracasó. Desde entonces, la cantidad de ojivas norcoreanas tuvo un incremento notable (hasta 57, según Trump), lo mismo que el alcance y la precisión de los misiles capaces de arrojarlas sobre blancos de toda la región o del mundo.

Todo indica que el resultado de una iniciativa similar ahora será el mismo. Se puede dar por sentado que Kim está convencido de que su seguridad depende de contar con un poder de disuasión nuclear creíble. No le pasó inadvertido que Estados Unidos atacó a Irán (que no poseía armas nucleares), que hizo lo mismo con Irak y que la OTAN hizo lo mismo con Libia después del abandono del programa nuclear libio. Asimismo, Rusia invadió Ucrania en 2014 y de nuevo en 2022, después de que Ucrania entregara su arsenal nuclear postsoviético a cambio de garantías de seguridad que no se cumplieron.

Kim también comprende que nadie se interesaría por él si Corea del Norte no tuviera armas nucleares. La relevancia y el prestigio internacional de Kim (y de su país) dependen en gran medida de contar con un arsenal creciente.

Trump exagera dos factores de su confianza en la eficacia de la diplomacia. El primero es el atractivo de la diplomacia personal. Casi todos los presidentes estadounidenses dan mucha importancia a su capacidad de persuasión y a su relación personal con líderes extranjeros; pero la historia sugiere que lo contrario se acerca más a la verdad.

Trump también parece exagerar el atractivo del desarrollo económico al que podría acceder Corea del Norte si se levantaran las sanciones internacionales. Pero lo que más importa a Kim es la continuidad de su dominio (y el de la persona que elija para sucederlo), más que la prosperidad y la felicidad de los norcoreanos. Al contrario, abrir el país sería un riesgo para su poder. Las revoluciones son más probables en un contexto de expectativas en alza que bajo una represión eficaz.

De modo que si el desarme no es un objetivo realista, es posible que se esté buscando alguna forma de control de armamentos. Establecer límites a la cantidad y calidad de las fuerzas nucleares y misilísticas norcoreanas puede ser un objetivo valedero. Pero no está exento de riesgos, ya que se interpretaría como una legitimación y aceptación de la decisión norcoreana de abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear y desarrollar un programa de armamentos, algo que en Corea del Sur y Japón generaría amplio malestar (o algo peor).

También habría que mencionar el apoyo de Corea del Norte a la guerra de agresión de Rusia en Ucrania, aunque es improbable que Kim lo cancele, si se tiene en cuenta la ayuda en lo referido a la energía y las armas nucleares que aparentemente recibe su régimen a cambio. Aquí también es pertinente la duda respecto de lo que podría lograr la diplomacia y a qué costo.

Lo que nos trae a Corea del Sur, un aliado crucial de Estados Unidos desde hace largo tiempo. La península coreana fue escenario del primer conflicto “caliente” de la Guerra Fría. Perdieron allí la vida más de 36 mil estadounidenses, primero en la liberación de Corea del Sur y después en un intento fallido de unificar el país por la fuerza.

Hoy Corea del Sur es un modelo de éxito, un caso de estudio sobre la transformación desde el autoritarismo corrupto y la pobreza extrema hasta una democracia pujante y una economía próspera (decimocuarta del mundo en la actualidad). Al parecer, Trump ve esta relación como un juego de suma cero: cree que sacrificar la relación de Estados Unidos con Corea del Sur aumentará sus chances de alcanzar sus objetivos con Corea del Norte. Lo más probable es que ocurra justo lo contrario.

Pero la historia no detiene a Trump. Impuso aranceles a Corea del Sur a pesar de un acuerdo de libre comercio, retiró los sistemas de defensa antimisiles frente a una creciente amenaza misilística norcoreana y, más cerca en el tiempo, redujo y restringió un importante ejercicio militar conjunto que consideró costoso e innecesariamente provocador.

Los motivos de Trump no están claros. Quizá vea en Corea del Norte una oportunidad para anotarse un triunfo en política exterior que le permita desviar la atención de su fracaso en Irán. O tal vez sólo actúe por resentimiento ante la negativa de Corea del Sur a colaborar con una guerra a la que se opone (y que generó un encarecimiento de la energía y escasez de insumos industriales clave).

Lo que sí está claro es que Trump parece no comprender que el poder de disuasión depende de una capacidad de defensa creíble. Y esto es peligroso, sobre todo porque hay 28 mil soldados estadounidenses estacionados en Corea del Sur, país con el que Estados Unidos firmó un tratado por el que se comprometió a defenderlo.

Si el éxito de la jugada diplomática de Trump se define como convencer a Kim de que renuncie a sus armas nucleares, fracasará. Además, es probable que con el tiempo, el fondo y la forma de esta diplomacia (unilateral y sin preaviso al gobierno surcoreano) terminen restando credibilidad a las garantías de seguridad estadounidenses. En vez de una sola Corea con armas nucleares, podríamos tener dos, con el consiguiente aumento del riesgo de una guerra en la península, tres cuartos de siglo después de la primera. Peor aún, reproducir las condiciones que hicieron posible la estabilidad nuclear durante la Guerra Fría será muy difícil, y resurgirá así el fantasma de que se vuelva a usar un arma nuclear por primera vez desde 1945. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Richard Haass, presidente emérito del Council on Foreign Relations, es asesor sénior en Centerview Partners, académico distinguido de la Universidad de Nueva York y autor del boletín semanal Home & Away en Substack.

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