El día que vendí la Palabra
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Mi amigo y yo salimos de ahí llevando sendos diablitos cargados con ejemplares del sagrado libro. No sé quién se sentiría más incómodo en esa obligada vecindad, si el sagrado libro o el diablito
Hay en mi vida oscuros episodios de los cuales prefiero no hablar. Supongo que en la vida de todo hombre hay uno de esos ocultos acontecimientos, motivo de bochorno. Y en la vida de toda mujer también. Lo digo sin ánimo de hacer generalizaciones, y para no discriminar. Ya lo manifestó Arturo de Córdova –entre paréntesis, ayer fue su cumpleaños– con aquella voz suya, declamatoria, grandilocuente: “En la vida de cada mujer hay un pecado. Tu pecado soy yo”.
Allá por los cincuenta murió aquí un joven gay –entonces no se usaba la palabra–, y sus amigos pusieron un aviso en uno de los periódicos de la ciudad: “Con pena y todo participamos el sentido fallecimiento de...”. Pues bien: con pena y todo, yo participo que una vez fui vendedor de Biblias.
Nadie me tome a mal esa revelación. Necessitas caret lege, decían los latinos. La necesidad carece de ley. La gente tradujo mejor: “La necesidad tiene cara de hereje”. Sucede que andaba yo en el Valle de Texas con cierto amigo mío, cuyo nombre no diré para proteger al culpable. Íbamos un poco a la aventura. Nuestro afán era llegar a Brownsville, donde vivía una gringuita que mi amigo había conocido en la escuela de verano de Cuquita Galindo, de quien se había enamorado irremisiblemente. De la gringuita, digo, no de doña Cuquita.
Al pasar por Donna se nos acabó el poco dinero que llevábamos. Ni para un desgraciado hot dog teníamos ya. Caminábamos sin rumbo por el business district de la pequeña ciudad cuando vimos un templo perteneciente a una de las incontables iglesias que en ese país hay, y ahora también en el nuestro. Es explicable que esas iglesias de bizarros nombres –Asamblea de los Iluminados con la Luz; Segunda Iglesia de la Tercera Renovación– se pongan en el business district de las poblaciones: su misión es ganar dinero y, de paso, si se atraviesa, salvar a una que otra alma.
En la ventana del templo vimos un letrero: “Se solicitan vendedores. Pago inmediato de comisiones. Ganancias desde el primer día”. Entramos, y a los 10 minutos ya teníamos trabajo, y habíamos recibido capacitación y equipo de ventas.
La chamba consistía en vender biblias. Mi amigo y yo salimos de ahí llevando sendos diablitos cargados con ejemplares del sagrado libro. No sé quién se sentiría más incómodo en esa obligada vecindad, si el sagrado libro o el diablito, pero en esos carritos de dos ruedas llevamos nuestro mensaje de salvación. Traíamos también el equipo de ventas, consistente en una guitarra vieja y un pandero. En los 10 minutos que dije recibimos la capacitación necesaria para vender la Palabra: aprendimos una cancioncita cuya letra pongo a continuación:
Zaqueo era pequeñito así,
vivía en Jericó.
Cuando Jesús pasó por ahí
para verlo en un árbol se subió.
Jesús lo vio subido ahí
y luego luego le gritó:
“Zaqueo, baja, ven aquí,
que a tu casa entraré yo”.
Si quieres tú a la Gloria entrar
como Zaqueo entró,
la Biblia debes de comprar,
quí la traigo yo.
Un dólar cuesta, nada más,
¡magnífica inversión!
Por solo un dólar tú tendrás
eterna salvación.
Vendí la Palabra, pues, y la vendí con letra y música. Mea culpa. Pero con el dinero que ganamos conseguimos llegar a Brownsville, y ahí mi amigo logró gozar a plenitud de su amistad con la gringuita. Sua culpa.