El estado de Trump

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Opinión
/ 26 febrero 2026

El problema del mandatario estadounidense no es con la idea del fascismo, que le sienta muy bien. El fascismo ensalza a un líder que trasciende la ley y pretende unir al pueblo con su destino

Por Timothy Snyder, Project Syndicate.

UZHHOROD- El presidente estadounidense, Donald Trump, está fracasando en su intento de fascismo. Esto quedó claro en su discurso sobre el estado de la Unión, que estuvo plagado de atmósferas fascistas, pero que en última instancia pintó la imagen de un fanfarrón exhausto.

El problema de Trump no es con la idea del fascismo, que le sienta muy bien. El fascismo ensalza a un líder que trasciende la ley y pretende unir al pueblo con su destino. Niega la verdad en favor de grandes narrativas sobre la lucha contra un enemigo elegido. Postula una edad de oro imaginaria. Todo eso estaba en su discurso.

En este caso, el enemigo elegido es el Partido Demócrata “loco”, que Trump asoció con la inmigración ilegal y la delincuencia. En cuanto a las víctimas elegidas, la administración está llevando a cabo una represión generalizada contra los inmigrantes en Estados Unidos, sembrando el terror en ciudades de todo el país y creando un panorama de dominación en el campo con sus enormes campos de concentración. El asesinato de civiles en Minnesota fue seguido de grandes mentiras sobre las víctimas.

Todo esto es horrible. Pero también es estancamiento. Trump es impopular y la economía nacional es débil. Cuando el gobierno asesinó a ciudadanos estadounidenses, los manifestantes apenas se desanimaron. Para pasar del autoritarismo competitivo al fascismo con todas las letras, Trump necesita otro tipo de conflicto: una guerra sangrienta, popular y victoriosa. Y eso está fuera de su alcance.

El fascismo exige una guerra importante en el exterior para generar un acerbo de significado que pueda utilizarse para justificar un gobierno indefinido y una mayor represión. Al presentar al mundo como una lucha sin fin, el fascismo utiliza la guerra para hacer que la sumisión a la jerarquía parezca la única opción.

Trump intuye que necesita una guerra de esas características, pero, como es habitual en él, busca un atajo. En el discurso sobre el estado de la Unión, Trump presentó al hockey olímpico como un gran conflicto internacional, con el extraño anuncio de que le otorgaría la Medalla Presidencial de la Libertad a Connor Hellebuyck, arquero del equipo de Estados Unidos. Después de que las fuerzas especiales estadounidenses sacaron a Nicolás Maduro de Venezuela, Trump comparó la acción, de manera absurda, con la Segunda Guerra Mundial.

Para completar la transición fascista, Trump debe darle a Estados Unidos una guerra que no quiere, y luego ganarla. Ha llevado a Estados Unidos al borde de una gran guerra con Irán, pero cuando habló de los preparativos en el discurso sobre el estado de la Unión, miró a su alrededor con desesperanza y agitó las manos.

Los norteamericanos no quieren esa guerra, aunque ese no es precisamente el problema de Trump. Los alemanes tampoco querían una guerra con Polonia en 1939. Pero Hitler la libró de todos modos y la ganó rápidamente. El problema de Trump es que no sabe cómo librar una guerra, lo que lo deja en una situación difícil. Su administración ha abolido las instituciones y ha abandonado las herramientas necesarias para lanzar una campaña de presión paciente contra Irán, que combinaría sanciones y promesas con exigencias de libertad de expresión y apoyo a la sociedad civil.

Eso deja solo dos escenarios posibles. En el primero, no pasa gran cosa en Irán. Trump se olvida de las decenas de miles de manifestantes asesinados a los que dice defender. La Marina de Estados Unidos se retira. Quizá se lanzan algunos misiles antes de que zarpen los barcos. Como sea, Trump proclama una victoria increíble, que da lugar a una paz milagrosa. Pero esto no tendrá ningún efecto en la política interna.

En el otro escenario, Estados Unidos invade Irán. Esa es la única escalada que podría funcionar para avanzar en la transición fascista. Pero la guerra es difícil y Trump es incompetente, como lo son todos sus asesores. Los estadounidenses no serán pacientes. Quizá cambiarían de opinión si Trump pudiera explicar lo que está haciendo, pero no puede, o si hubiera una victoria rápida, cosa que no va a ocurrir. El impacto de una invasión de Irán en la política interna probablemente sería tan catastrófico que Trump no llegaría al final de su mandato, ni siquiera al final de este año, como presidente.

Trump quiere las dos cosas. Quiere ser el caudillo al que todos temen, pero también quiere ganar mucho dinero. La palabra “acuerdo”, que siempre utiliza en el contexto de Irán, significa “se nos puede sobornar” -el único hilo conductor de la política exterior estadounidense bajo el gobierno de Trump-. Trump quiere que su corrupción se defina como una labor pacificadora digna de un premio.

Consideremos la trayectoria de vida de Trump. Un tipo de Queens intenta romper las reglas y ganar dinero en el sector inmobiliario para que ser aceptado y admirado en Manhattan. Al no lograr ese objetivo, pasa a un escenario más amplio, atacando con dureza las instituciones estadounidenses y enriqueciéndose a sí mismo, a su familia y a sus amigos. Pero aún busca el reconocimiento y la aceptación.

Por lo tanto, Trump está estancado. Puede destruir cosas, pero no crearlas. Puede fanfarronear, pero no triunfar. Está cansado, cada día es más difícil que el anterior, hay rivales al acecho y se acercan las elecciones de mitad de mandato. Antes de que lleguen, Trump tiene dos opciones: ganar una guerra, lo que no puede hacer, o suprimir el voto, algo que casi con toda seguridad intentará hacer. Pero ya fracasó en su intento de robar unas elecciones, y nada indica que no volverá a fracasar.

Trump podría intentar combinar ambas cosas, alegando que no se pueden celebrar elecciones debido a las amenazas terroristas asociadas a la guerra que ha iniciado en Irán o en otra parte. Pero si los periodistas, los jueces y otros están preparados para esta estratagema, no logrará su objetivo.

En cuanto al verdadero estado de la Unión, los estadounidenses se han resistido al avance hacia el fascismo: millones de personas protestan en todo el país, incluyendo miles o decenas de miles en ciudades invadidas por agentes federales. Las expresiones individuales de valentía y compromiso están por todas partes. Aunque muchos de los principales medios de comunicación se doblegan, otros hacen un buen trabajo y la información local mantiene al público informado. Grupos de la sociedad civil elaboran planes y presentan demandas. Trump ha llevado al país a un umbral infranqueable. Pero no hay vuelta atrás a la normalidad. Lo que viene después no está claro.

Los fascistas siguen ocupando puestos de autoridad y las instituciones federales continúan implementando políticas incompatibles con el estado de derecho. Habrá más malas noticias en los próximos seis meses, y más momentos de valentía y organización. Habrá elecciones en noviembre, pero es muy probable que sean más difíciles de lo habitual. Quienes se oponen al autoritarismo pueden ganar, sin duda, pero será una lucha ardua que implica construir grandes coaliciones e imaginar un futuro mejor. No podemos volver atrás, pero podemos hacerlo mucho mejor. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Timothy Snyder, profesor inaugural de Historia Europea Moderna en la Escuela Munk de Asuntos Globales y Política Pública de la Universidad de Toronto y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena, es autor o editor de 20 libros.

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