El Exilio Dorado

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Opinión
/ 9 marzo 2026

Si Samuel es el futuro ruidoso, Adrián es el pasado negado a ser sepultado

En la era de la posverdad, la política ya no es el arte de lo posible, sino el arte de no estar presente cuando la bomba estalla.

La ciudad —esta Monterrey de concreto hirviente y promesas de neón— se ha vuelto escenario de vaudeville donde los protagonistas, presas de pánico escénico terminal, han descubierto el mejor búnker no es de hormigón, sino un asiento en Clase Ejecutiva.

Somos lo evadido. Y hoy, el refugio tiene millas de viajero frecuente.

El Nuevo Reino de León y el Sol Naciente

Samuel García, el Gobernador del Futuro (un futuro está en otra zona horaria), decidió la mejor forma de gobernar Nuevo León era presencial, sino a distancia. Mientras el Congreso local le afilaba los colmillos y la crisis hídrica susurraba profecías de sequía, Samuel se lanzó al Lejano Oriente.

Las luces de neón de Shinjuku, con el rostro iluminado por la pantalla de un iPhone 17, grabando un story sobre la inversión de Tesla mientras el estado se desmoronaba en baches y retórica. Es el “Nuevo León” en versión anime: una fantasía de eficiencia japonesa para tapar el desorden de una política de rancho.

Samuel en Corea no buscaba microchips; buscaba el olvido bajo el cerezo en flor, huyendo de la oposición. Mientras lo calman en la esquina con una orden de comparecencia.

Cuando el camino se vuelve extraño, los ermitaños se van a Seúl, mientras Samuel intentar explicar el nearshoring a un mesero expectativo del pago de la cuenta.

La Peregrinación a Boston. Adrián y el Massachusetts de la Nostalgia

Al otro lado de la acera, Adrián de la Garza aplica la Técnica Boston. Si Samuel es el futuro ruidoso, Adrián es el pasado negado a ser sepultado. Se fue a Boston, esa ciudad de ladrillos rojos y sabiduría académica, quizás esperando el aire de Harvard le limpiara el olor a pólvora y asfalto de las precampañas regias.

Adrián caminaba por los pasillos de Nueva Inglaterra con la prestancia de un Radical Chic, cambiado la patrulla por el manual de políticas públicas. ¿Fue a aprender o fue a no ser visto?

En la política regia, la ausencia es una forma de presencia muy ruidosa. Es el exilio táctico: si no te ven, no te pueden culpar de que nada cambie.

La Internacional del Caos: Washington como Sala de Espera

Y luego, el desfile de las bestias sagradas hacia el Norte. El Capitán Naranja, Donald Trump, inventó el viaje como arma de destrucción masiva. Sus viajes a “cualquier parte” son, en realidad, fugas de la justicia neoyorquina revestidas de mítines. Cada vez que un juez le lanza un dardo, Donald se sube al avión.

Trump no viaja por placer, viaja para recordarle al mundo como suyo, aunque las cortes digan lo contrario.

Pero el verdadero banquete del absurdo ocurre en la Oficina Oval o en los pasillos de Mar-a-Lago. Javier Milei, el profeta del “No hay plata”, viaja a Estados Unidos con la frecuencia de un estudiante de intercambio. Se abraza con Elon Musk como si fuera un mesías de litio, buscando en Washington la validación negada del peso argentino. Milei no va a negociar; va a reconocimiento en el espejo del imperio.

Detrás de él, Netanyahu llega al Congreso estadounidense con el rostro de quien ha visto el abismo y ha decidido mudarse a él. Viaja para convencer a los no convencidos.

Zelensky, el actor convertido en mártir, llega con su sudadera verde oliva a pedir los juguetes de la guerra, una visión del hombre enfrentado a la maquinaria de la muerte, buscando en el Capitolio el oxígeno que las trincheras de Bajmut le roban.

El Vértigo de la Ausencia

Todos ellos, desde el Palacio de Gobierno de Nuevo León hasta la Casa Rosada o el búnker de Kiev, han comprendido la máxima de este siglo: Gobernar es saber irse a tiempo.

Los viajes no son diplomacia; son el “kit de primeros auxilios” del político moderno. Se inventaron para, mientras el pueblo se pelea por el precio del huevo o por un distrito electoral, el líder pueda tomarse una foto frente a un monumento extranjero y decir: “Estoy trabajando por ustedes”, cuando en realidad están diciendo: “Menos mal no estoy ahí”.

Los líderes coleccionan sellos en el pasaporte. Es el humor negro de una realidad donde, para solucionar un problema en Monterrey o en Buenos Aires, la única solución lógica parece ser comprar un boleto de avión con destino a cualquier lugar donde no nos conozcan. Al final, el asfalto siempre te alcanza, aunque lo vueles en primera clase.

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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