El extraño (y breve) retorno de Rubén Rocha
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El asunto es que el affaire Rocha Moya no tiene nada de simpático. Todas las posibles versiones de lo sucedido revelan un caos interno en el gobierno mexicano, el partido hegemónico y el movimiento de la 4T
La historia de Rubén Rocha Moya en el gobierno de Sinaloa sería cómica si no fuera trágica. Es fácil descartar el asunto como una suerte de telenovela del absurdo nacional. Los detalles dan para eso y más. Un gobernador sospechoso de vínculos con el crimen organizado solicitó licencia sólo para insistir en que es inocente. Tras unos meses, decide que ya es hora de pasar la página y, aparentemente por sí solo, que va a regresar al gobierno del estado. Nadie parece saber realmente cómo o por qué tomó la decisión. Abundan los rumores: que si la Presidenta de México se enteró por un tuit, que si Rocha Moya se sabe protegido por Andrés Manuel López Obrador, que si el propio López Obrador decidió dar un golpe en la mesa después de la revocación de la visa de su hijo. En cualquier caso, horas después de decidir volver a su cargo, el gobernador determina irse de nuevo. En efecto, la realidad supera a la ficción. Si la televisión mexicana tuviera un programa de sátira política como los de antaño, daría para varios capítulos.
El asunto es que el affaire Rocha Moya no tiene nada de simpático. Todas las posibles versiones de lo sucedido revelan un caos interno en el gobierno mexicano, el partido hegemónico y el movimiento detrás de ese andamiaje.
Hay varias lecturas que dan para la preocupación, pero vale la pena subrayar un par.
La primera es la transformación definitiva del régimen en un organismo cuya prioridad es el cuidado de sí mismo, la consolidación de su asidero en el poder y la protección de cada una de sus piezas. Desde el sexenio pasado estaba claro que el gobierno de Morena no estaría dispuesto a aceptar errores, ni mucho menos a sacrificar a alguno de los suyos en aras de la justicia y de la renovación moral de la vida pública que siempre prometió. Antes adoptaría cualquier táctica de dilación o delegación de responsabilidades que aceptar las propias. Haya pasado lo que haya pasado con Rocha Moya, el gobierno de la presidenta Sheinbaum sigue en lo mismo. La mandataria respondió al anuncio inicial de Rocha Moya con lo más cercano a una declaración vehemente, criticando la ambición de poder como principio rector de la vida pública, pero lo cierto es que esa es precisamente la prioridad absoluta que mueve al movimiento al que pertenece la Presidenta, bajo la tutela de su fundador.
Nada más lejano, hay que repetirlo, de la promesa original.
La segunda lectura es la más importante. Rocha Moya ha insistido en que su principal responsabilidad es con los sinaloenses. Es una pretensión cínica. En todo el proceso del escándalo que lo ha rodeado, lo que menos le ha importado al gobernador con licencia de Sinaloa es el destino de la gente que lo eligió. ¿En qué beneficia a los sinaloenses la voluntad de Rocha Moya de regresar a ocupar la silla de gobernador? ¿Suma certeza y seguridad a la vida de millones de sinaloenses que viven en la zozobra? ¿Ayuda a los empresarios sinaloenses de todos tamaños que, día a día, de manera heroica, mantienen en pie la economía del estado?
La respuesta es evidente.
El gran secreto a voces en Sinaloa es el mismo que en otras partes de México: en el fondo, a los poderosos les interesa poco atender sus responsabilidades frente al pueblo que gobiernan. Los ciudadanos que les otorgaron el poder no son su prioridad. Su prioridad es conservar el poder que recibieron. En ese sentido, más que en ningún otro, Rubén Rocha Moya y el movimiento que lo llevó al gobierno sinaloense han faltado a su responsabilidad más elemental. Termine como termine su culebrón, el juicio de la historia parece claro.