El grito aún no alcanzado
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La multitud reunida debería ya responder ‘vive’, en vez de ‘viva’
Se sigue gritando como deseo, como anhelo, al decir: “Viva México” y no “vive”, que indicaría ya meta victoriosa e ideal realizado.
Porque el “vivir” del grito ha de aludir a objetivo logrado para el regocijo consumado. Ha de referirse a un vivir pleno, no a medias o sólo de migajas, y a un vivir para todos, no sólo para minorías voraces.
UNA VOZ RECOGE TODAS
México es una totalidad comunitaria. Excluye cualquier parcialidad sectaria y privilegiada. Es fruto de esfuerzo compartido, de cooperación que supere cualquier conflicto, con capacidad notable de complementación y acuerdo.
Una sola voz recoge el clamor de todos los que han dado mandato de conseguir el bien común, con justicia y libertad.
La multitud reunida debería ya responder “vive”, en vez de “viva”. Lo digno de ser celebrado es que persista más democracia, mejor representatividad, elección supervisada por el pueblo de todos los partidos, sin predominio del que esté en el poder.
LOGROS EN CLAMOR
El júbilo se manifiesta por corrupción expulsada y sancionada, alejando así cualquier impunidad. Se celebra soberanía defendida con todas las independencias: política, militar, económica, educativa y cultural.
Bandera agitada y tañido de campana resonante le dan al grito colorido y música, unida a la del himno en que se dice a la patria que: “en el cielo, tu eterno destino, con el dedo de Dios se escribió”. “¡Vive México!” será –un día– el anuncio de que esa frase ha quedado ya escrita también en la tierra.
¿PERDONAR AL OFENSOR?
Parece una pérdida, una derrota, un fracaso, una frustración. No ofender cuando alguien ofende, hasta parece debilidad, cobardía o complicidad y casi semeja injusticia.
“Como me trates, te trataré” parece lo justo. “Ojo por ojo y diente por diente y vida por vida” era la Ley del Talión, cimentada en lo que parecía evidente: “Ama a tu amigo y odia a tu enemigo”.
Frente a la afrenta, la reacción que parece adecuada es la ira, la indignación, el rencor que lleva a responder a la ofensa con ofensa. En el ofendido ya no hay paz interior, sino resentimiento recalcitrante. Toma voluntariamente ese veneno, pensando que el mal efecto lo sufrirá el ofensor, y resulta la peor ofensa para sí mismo.
SORPRESA SUBLIME
El perdón es una sorpresa sublime. Aquel a quien robas el manto te ofrece también la túnica. El que había sido forzado por ti a caminar un kilómetro, camina –sonriendo– dos. El que recibe una bofetada, parece dispuesto a recibir otra.
El que perdona no es débil ni cobarde. Su actitud expresa fortaleza y valor porque vence su propio orgullo y no se deja vencer por su soberbia.
Tiene paciencia el ofendido, comprende y perdona, porque él mismo, a su vez, se reconoce perdonado por su Padre Creador, que fue misericordioso. Merecía castigo y recibió absolución. Parece que el Padre vio más su persona valiosa que su conducta indigna.
DAR LO QUE SE RECIBE
Entonces el perdonado se compromete a siempre perdonar para incentivar arrepentimiento en el agresor o para responder con indulgencia al que vea aparecer en él. No se contagia del odio de su ofensor. Lo vence con su serenidad y su misericordia. Para el ofensor no pide castigo, sino perdón. Le duele más la herida que se causó al ofender que la que él mismo recibió al ser ofendido.
Permanece en amor, no sólo en la complacencia, sino también en la paciencia. No deja de contemplar la dignidad de la persona aunque la conducta haya sido pésima. Si la ofensa proviene de un amigo, siempre recordará cuántas veces se sacrificaron juntos sólo por hacer el bien, sin fijarse en merecimientos.
TÉ CON FE
– ¿Te sentiste ofendido por lo que te dije ayer?
– No. Aprendí a no hacerlo porque a mí me pasa igual, al hablar sin pensar...