El lenguaje de la ciudad
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Una ciudad que normaliza el deterioro termina por normalizar también el abandono. Cuando las huellas del descuido permanecen a la vista sin que nadie intervenga, el mensaje que recibe la comunidad es claro: ese espacio ha dejado de importar. Sobre esta premisa se sustenta la conocida Teoría de las Ventanas Rotas, la cual sostiene que la presencia de signos visibles de deterioro favorece la aparición de conductas antisociales y delictivas al transmitir la idea de que las normas de convivencia han perdido vigencia.
El origen de esta teoría suele asociarse al experimento realizado en 1969 por el psicólogo Philip Zimbardo. La indagación mostró que, el detonante iba más allá del contexto social, es decir, el mensaje simbólico que comunica un espacio cuando evidencia abandono.
La relevancia de esta teoría -que ha sido muy criticada en diversas esferas- trasciende el ámbito de la criminología. Una ventana rota, un edificio desocupado o un automóvil abandonado no representan únicamente un problema estético; constituyen señales visibles de una ruptura en la relación entre la comunidad y su entorno. A ello se suman sus consecuencias ambientales y sociales: acumulación de residuos, contaminación por fluidos y materiales tóxicos, proliferación de fauna nociva y la apropiación de estos espacios para actividades que difícilmente ocurrirían a plena vista.
En nuestra ciudad, diversas estimaciones señalan la existencia de entre 400 y 600 edificios abandonados, concentrados principalmente en el Centro Histórico. A ello se suma el retiro de alrededor de 270 vehículos abandonados en lo que va del año. Más allá de las cifras, estos datos evidencian una realidad que impacta directamente en la percepción colectiva del espacio urbano.
Saltillo ha sido reconocida en diversas ocasiones como una de las ciudades más limpias y seguras del país. Sin embargo, ese reconocimiento no siempre coincide con la experiencia cotidiana de quienes habitan determinados sectores de la ciudad. La percepción también construye ciudad, y aquello que observamos diariamente: banquetas deterioradas, inmuebles abandonados, espacios públicos descuidados, termina por incorporarse a nuestra idea de lo que somos como comunidad.
El cuidado de la ciudad no puede recaer exclusivamente en las autoridades. La ciudad pertenece a quienes la habitan y, por ello, su conservación constituye una responsabilidad compartida. No basta con ostentar el reconocimiento de ser una ciudad limpia; es indispensable que esa condición se refleje en sus calles, plazas, parques, edificios históricos, espacios públicos, es decir, en cada uno de sus componentes. La calidad del entorno urbano influye directamente en la manera en que los ciudadanos se relacionan con él y en el sentido de pertenencia que desarrollan hacia él.
John Locke afirmaba que una persona cuya memoria ha sido borrada se convertiría en otra distinta. Algo similar ocurre con las ciudades; su identidad se sostiene en la permanencia física de sus edificios, pero también en la memoria colectiva que estos resguardan. Cuando el patrimonio se abandona, no solo se deteriora la materia; también se debilitan los vínculos simbólicos que unen a una sociedad con su historia.
Dice Conrado Romo: “la ciudad se constituye no solo desde su espacialidad física, sino también simbólica y narrativa. La forma en la que conceptualizamos el espacio urbano desde el lenguaje es estructurante de su realidad material”. La ciudad que nombramos, imaginamos y recorremos todos los días se convierte en la ciudad que habitamos. De ahí que preservar sus espacios no sea únicamente material, sino un acto de responsabilidad compartida que desembocará en la configuración de nuestra idea de seguridad, pertenencia e identidad.