El mercado de la carne y el muro de los lamentos
La Alameda es el ombligo donde la provincia se inserta en la metrópoli
El Alba: La subasta de los músculos. La Alameda Central de Monterrey no es un jardín. Aduana de la supervivencia. A las seis de la mañana, el aire tiene ese sabor metálico, mezcla de smog frío y fritanga sube por la calle Aramberri.
Entre Villagrán y Pino Suárez, el día no nace con el sol, sino con el frenazo de las camionetas Ford F-150 escupen humo negro.
Es el momento de los jornaleros. El “estilo del andamio”: las botas de casquillo desgastadas. Los pantalones de mezclilla tiesos de cemento, y esa mirada fija busca el ojo del contratista.
La piel curtida por el sol del semidesierto. Los hombres agrupados en racimos. Los “invasores”, en autobuses de tercera clase desde las selvas de Veracruz, las montañas de Oaxaca, el calor húmedo de San Luis Potosí y la selva chiapaneca.
Estos hombres están en una guerra de desgaste contra el destino. No hay épica en cargar bultos de cincuenta kilos. Hay una mística brutal en el aguante. Son soldados del concreto. La Alameda es su cuartel general.
Aquí se negocia la vida por jornada. Si el “arqui” te señala con el dedo, tienes comida para tres días; si no, te quedas a ver cómo el sol te calcina el orgullo sobre una banca de hierro fundido.
El dormitorio de la diáspora. A unos pasos, los edificios derruidos funcionan como colmenas. Es la “Casa de los inombrables segregados”. El término, usado con desprecio por el regiomontano de cepa y con resignación por el migrante, define a este ejército de reserva. Ciudad presumida de su modernidad industrial, se sostiene sobre los hombros de una “estética de la precariedad”.
Hacinamiento es la norma. Cuatro, seis, diez hombres por cuarto, soñando con los verdes de la Huasteca mientras respiran el polvo de la Ternium y Zinc.
La Alameda es el ombligo donde la provincia se inserta en la metrópoli. Los olores se mezclan: el café de olla del puesto ambulante contra el aroma rancio de los mingitorios públicos. México no cabe en los folletos de turismo de San Pedro Garza García. Es la patria trabajadora.
El crepúsculo. El relevo de las sombras. Cuando el sol cae y las sombras se alargan sobre la estatua de Juárez, el paisaje humano sufre una metamorfosis. Los hombres del martillo se retiran a sus madrigueras y aparecen los “guardias de seguridad”. Espejo oscuro de la mañana. Si se buscaba quién construyera, en la noche se busca quién vigile.
Aparecen uniformados con camisas de poliéster: Les quedan grandes, botas lustradas con saliva y una placa de latón no detiene ni una bala, pero les da un aire de autoridad prestada. Se dirigen a las quintas de Santiago, a las fábricas de Santa Catarina, a las casas blindadas de las colonias privadas.
Hombres cuidan la propiedad privada de quienes nunca les dirigirían la palabra si no fuera para pedirles abrir el portón.
Se agrupan en las mismas esquinas que los albañiles. La misma desesperación, distinto uniforme. De idéntica manera a los matutinos, esperan el transporte. Los llevará a su vigilia. Centinelas de la paranoia regia, los ojos pagados cuidar al patrón. Duerma tranquilo.
La noche. La fauna de los ansiosos. La noche en la calle Aramberri no solo es vigilancia; es, sobre todo, deseo. La Alameda se puebla de fauna de ansiosos sexuales. El asfalto se convierte en pasarela de cuerpos desafían la biología y la moral del reino.
Travestis con tacones desafían los baches de Villagrán, homosexuales buscan un encuentro rápido bajo la sombra de un fresno enfermo, buscadores de placer circulan en coches lentos, con las luces bajas, como tiburones en un mar de neón barato.
El Monterrey persignado de día y se desabrocha el cinturón de noche. Hombres buscando a otros hombres en la oscuridad, en una danza de sombras donde el anonimato es la única protección contra el prejuicio.
La “fauna” es diversa. Hay una urgencia eléctrica en el ambiente. Los “ansiosos” no buscan amor, buscan confirmación. El contacto carnal en la Alameda es acto de resistencia política, aunque ellos no lo sepan. En una ciudad se castiga la diferencia, el intercambio de fluidos en un callejón es grito de guerra.
Ciudad irreconocible
No hay juicio, solo registro. La Alameda es el gran teatro de la desigualdad. Desde el alba de los constructores de Chiapas hasta el neón de los travestis de Aramberri, todo es parte de lo mismo: la necesidad de ser, de comer, de tocar.
En la Alameda el “nosotros” es concepto elástico. Lugar donde los invasores se vuelven ciudadanos a través del trabajo, y donde los ciudadanos se vuelven invasores a través del deseo prohibido. Corazón latente de un Monterrey preferido mirar hacia el Cerro de la Silla, pero respira a través de sus pulmones cansados, llenos de polvo de cemento y perfume barato.
La Alameda sigue ahí. Mañana, a las seis, las camionetas volverán. Y el ciclo de la carne y el ladrillo comenzará de nuevo.