El nudo gordiano 3: Irán en la mira y el supremacismo que no envejece

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Opinión
/ 18 marzo 2026

Las experiencias vividas a lo largo de mi existencia me han dado una perspectiva muy amplia. Estudié en una universidad donde convivían estudiantes de todo el mundo —más de 100 países—, lo que me abrió la mente a realidades que ningún libro de texto podría haber enseñado. En particular tuve amigos de Irán, Turquía, de Egipto, Marruecos, África y otros, así como varios judíos.

Escuchar de primera mano las historias de quienes venían de países bajo regímenes autoritarios, de quienes habían huido de guerras o de la pobreza extrema provocada por políticas externas, me enseñó algo que no se aprende en los salones de clase: que el mundo no se divide en buenos y malos, sino en poderosos y despojados, y que el idioma del poder es siempre el mismo sin importar la bandera que lo cubra.

https://vanguardia.com.mx/opinion/el-nudo-gordiano-de-medio-oriente-mi-experiencia-en-la-guerra-de-yom-kipur-1-parte-DL19475530

Participé activamente en la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos, y marché junto a la juventud de aquella generación en las protestas contra la guerra de Vietnam, cuando las calles americanas ardían de indignación y el gobierno respondía con balas, como ocurrió en Kent State en mayo de 1970, cuando la Guardia Nacional disparó sobre estudiantes desarmados y mató a cuatro jóvenes en pleno campus universitario. Ese día algo se rompió para siempre en la narrativa de la democracia americana, y quienes lo vivimos no pudimos volver a mirar a ese país con los mismos ojos.

Más adelante, viví más de cuatro años en Israel, donde nació uno de mis hijos. Ahí experimenté en carne propia la Guerra de Yom Kippur, ese conflicto brutal de octubre de 1973 que estalló en el día más sagrado del calendario judío y que sacudió al mundo entero, poniendo al Medio Oriente al borde de una guerra nuclear entre las superpotencias. Ver la guerra de cerca, escuchar las sirenas, sentir el miedo cotidiano de una población que vive rodeada de conflicto permanente, marcó para siempre mi comprensión de lo que significa la geopolítica cuando deja de ser abstracta y se convierte en carne, en sangre y en duelo. Esa combinación de experiencias —la lucha racial en América, la guerra en el Medio Oriente, la convivencia con personas de decenas de naciones distintas— me convirtió en lo que soy: un ciudadano universal. No un ciudadano sin patria, sino uno que entiende que la humanidad no termina en la frontera del propio país.

Por eso, cuando años después, ya de regreso en Saltillo, vi que Estados Unidos se preparaba para invadir Iraq con la mentira de las armas de destrucción masiva, no pude quedarme callado. Coloqué una manta de siete metros frente al tráfico de la ciudad con una consigna clara: “Bush: No a la guerra en Iraq”. Mucha gente me miraba con extrañeza. ¿Por qué aquí, en Saltillo, un ciudadano común protesta contra una guerra en el otro lado del mundo? Y yo respondía lo mismo que respondo hoy: porque me siento ciudadano del mundo, y lo que le pasa al mundo me pasa a mí. Porque detrás de cada misil hay un niño que no tiene culpa de nada y madres que lloran la pérdida de sus hijos. En estas desgracias el silencio ha sido cómplice de quienes miran desde lejos. También es una forma de participar en el crimen.

Hoy vuelvo a sentir esa misma urgencia en la piel. Lo que está ocurriendo entre Estados Unidos e Israel en contra de Irán no es una sorpresa para quienes hemos estudiado la historia con honestidad. Los ataques directos a Irán no tienen una fecha específica. Sin embargo, el 3 de enero de 2020, EE. UU. mató al general Qasem Soleimani en un ataque con dron desde Bagdad. De ahí en adelante los enfrentamientos han ido en aumento. Ambas potencias –EE.UU./Israel– han lanzado ataques militares con objetivos declarados que cambian según el día y el interlocutor: detener el programa nuclear, cambiar el régimen teocrático, proteger tropas americanas, asegurar el petróleo por el Estrecho de Ormuz.

Cuando las justificaciones son tan múltiples y cambiantes, es señal inequívoca de que ninguna es la verdadera, o que todas son pretextos que encubren algo más profundo y antiguo. Donald Trump lo resume todo con la brutalidad de quien nunca aprendió el arte de la diplomacia: tenemos el mejor ejército del mundo, somos el país más democrático, lo mejor en todo. Esa retórica de supremacía no es una ocurrencia personal ni el capricho de un hombre excéntrico. Es la continuación natural de una mentalidad que tiene cuatrocientos años de historia ininterrumpida, y que en cada generación encuentra un nuevo disfraz para justificar exactamente lo mismo: la convicción de que Estados Unidos tiene el derecho divino de ordenar el mundo a su imagen y semejanza, y de eliminar a quien se interponga en ese camino. Lo que duele más profundamente es que las primeras víctimas de los bombardeos sobre Irán son los mismos ciudadanos iraníes que salieron a las calles a principios de 2026 a protestar contra su propio gobierno teocrático, arriesgando su vida ante las balas del régimen. Esa gente no quería ser bombardeada por nadie. Quería libertad, dignidad, pan. Y ahora recibe misiles del mismo país que semanas antes decía apoyarla y alentarla a seguir protestando.

https://vanguardia.com.mx/opinion/el-nudo-gordiano-de-medio-oriente-2-parte-la-victoria-que-no-existe-y-los-titiriteros-detras-del-telon-NL19565932

Este es el nudo gordiano de siempre: la población civil atrapada entre la brutalidad de su propio régimen y la brutalidad del que viene a “liberarla”. Lo vimos en Vietnam, lo vimos en Iraq, lo vimos en Afganistán. Y lo vemos hoy en Irán. El patrón no cambia porque la mentalidad que lo produce tampoco ha cambiado en cuatro siglos. Y mientras el planeta entero observa sacudido e impotente, conviene recordar con toda claridad que esta historia no comenzó en 2026. Comenzó hace cuatrocientos años, con la primera bota europea pisando tierra americana y la primera certeza de que Dios estaba de su lado.

La siguiente semana comentaré sobre: Cuatrocientos años de Destino Manifiesto: la historia que Trump hereda.

Regidor por MORENA en la Ciudad de Saltillo. Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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