El Nudo Gordiano 4: Cuatrocientos años de Destino Manifiesto. La historia que Trump hereda

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Opinión
/ 26 marzo 2026

La identidad americana se construyó sobre una convicción de superioridad moral que no necesitaba pruebas porque era, por definición, una verdad revelada

Para entender por qué Estados Unidos ha atacado a Irán, hay que remontarse no a lo que está sucediendo en este 2026, ni siquiera al 11 de septiembre de 2001. Hay que ir a 1620, cuando los primeros colonos puritanos desembarcaron en Massachusetts con una certeza teológica grabada en el alma: eran el pueblo elegido por Dios, y ese continente les había sido prometido como herencia sagrada. No era política. Era fé. Y la fe, a diferencia de la política, no admite negociación.

John Winthrop lo declaró con una claridad que estremece cuatro siglos después: “Seremos como una ciudad sobre una colina. Los ojos de todos los pueblos están puestos en nosotros”. Desde ese momento fundacional, la identidad americana se construyó sobre una convicción de superioridad moral que no necesitaba pruebas porque era, por definición, una verdad revelada. Cuatrocientos años después, esa estructura mental permanece intacta en lo esencial; solo han cambiado los disfraces con que se presenta al mundo y los nombres de los enemigos que justifican la siguiente guerra.

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Las consecuencias fueron inmediatas y devastadoras para quienes ya habitaban ese continente. Los pueblos indígenas fueron exterminados sistemáticamente, no como accidente histórico, sino como consecuencia lógica de una doctrina que los consideraba obstáculos en el camino del destino divino. La doctrina de la Terra Nullius —la tierra de nadie— justificó jurídicamente el despojo de territorios habitados durante milenios. En 1830, el Indian Removal Act deportó forzosamente a naciones enteras como los Cherokee en lo que la historia recuerda como el Sendero de Lágrimas: centenares de kilómetros de marcha en que miles murieron de hambre, frío y enfermedad. Fueron los primeros campos de desplazamiento forzado de la historia moderna, organizados por el país que se proclamaba faro de la libertad.

En 1845 esa mentalidad recibió su nombre oficial: Destino Manifiesto. Era el designio de la Providencia para que la raza anglosajona se extendiera de costa a costa. Con esa cobertura ideológica, Estados Unidos le arrancó a México más de la mitad de su territorio entre 1836 y 1853: Texas, California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Colorado. Más de dos millones de kilómetros cuadrados arrebatados con guerras fabricadas y tratados firmados bajo coerción militar. El general Ulysses Grant escribió después que había sido “una de las guerras más injustas que una nación poderosa ha librado contra una nación débil”. Semanas después de firmado el Tratado de Guadalupe Hidalgo, se descubrió oro en California. El robo resultó ser también el negocio del siglo.

Ese patrón se exportó al mundo en cuanto hubo fuerza para hacerlo. En 1893 derrocaron a la Reina Liliuokalani de Hawái para beneficio de empresarios azucareros. Puerto Rico lleva 128 años como colonia, con ciudadanos que no pueden votar para presidente y cuyo destino decide un Congreso donde no tienen representación plena. Cuba padece el bloqueo económico más largo de la historia moderna —más de seis décadas— condenado cada año por la comunidad internacional sin que Washington modifique una coma. Las inexistentes armas de destrucción masiva justificaron la invasión de Iraq en 2003, que dejó cientos de miles de civiles muertos y creó el vacío que dio origen al Estado Islámico. Saddam Hussein fue aliado preferido de Washington mientras masacraba kurdos con armas químicas; se convirtió en el nuevo Hitler solo el día en que dejó de obedecer.

Venezuela confirma, en tiempo real, que el patrón no ha cambiado. La coartada elegida fue el “narcoterrorismo”: la calificación del tráfico de drogas como tal fue utilizada para justificar acciones militares sin declaración formal de guerra. Naciones Unidas fustigó los ataques como ejecuciones extrajudiciales; varios de los muertos eran pescadores y trabajadores pobres. El 3 de enero de 2026, fuerzas especiales bombardearon Caracas y capturaron a Maduro. Horas después, Trump anunció que Estados Unidos estaría “muy involucrado” en la explotación del petróleo venezolano. El monstruo había sido construido; el petróleo, como siempre, esperaba al fondo.

Lo que no cambia nunca es la estructura interna del argumento: se construye un monstruo, se proclama una amenaza existencial para la civilización, se descarta la diplomacia como debilidad y se actúa militarmente con la convicción de cumplir un mandato moral. El costo lo pagan siempre los mismos: soldados jóvenes de familias pobres enviados a morir, civiles del país bombardeado que no eligieron a sus gobernantes, contribuyentes que financian con sus impuestos guerras que duran décadas. Las ganancias se concentran siempre en el mismo lugar: las industrias armamentistas, las petroleras que se posicionan en los territorios desestabilizados, los bancos que financian la deuda de guerra.

Donald Trump no inventó este sistema. Lo heredó y le quitó la máscara de cortesía diplomática que otros presidentes mantenían por conveniencia. Lo que Obama llamaba con elegancia “la responsabilidad de la nación indispensable”, Trump lo llama sin adornos “América primero”. El contenido es estructuralmente idéntico; solo cambia el tono con que se anuncia el próximo bombardeo.

Escribo estas líneas con la claridad que dan cuatro siglos de evidencia acumulada: mientras el mundo no nombre con precisión lo que ve, el nudo gordiano seguirá apretándose generación tras generación. Y las víctimas seguirán teniendo el mismo rostro: el de quien tenía algo que el Imperio quería. Lo más lamentable, pasado y presente, es que todo ello se hace en nombre de Dios.

La semana próxima: por qué la ofensiva en curso podría estar marcando el principio del fin de esa supremacía.

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Regidor por MORENA en la Ciudad de Saltillo. Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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