El poder les hizo perder el olfato político

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Opinión
/ 27 enero 2026

Durante años, Morena estuvo furiosa con la Suprema Corte de Justicia porque no estaba a su servicio. Cada resolución incómoda era presentada como una traición al pueblo. Cada límite constitucional, como una conspiración de élites. La Corte era el último poder que no controlaban. Y eso, para un proyecto que aspira a gobernar sin contrapesos, era intolerable. Bastó el momento en que la ministra Norma Piña decidió no inclinar la cabeza ante el tlatoani de Palacio para entender que la suerte estaba echada: para el régimen, esa Corte tenía que caer.

El Poder Judicial era la pieza que faltaba para cerrar el círculo del poder absoluto. Ejecutivo, Legislativo, fiscalías, órganos autónomos, la mayor parte de la prensa: todo alineado. Resistía la Corte. Entonces se armó la narrativa perfecta para apoderarse de ella: “Que la elija el pueblo”. Un eslogan irresistible. ¿Quién podría oponerse a que el pueblo decida? Era un cuento, una manipulación.

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Para concretarlo, se aprovecharon de la trampa de la sobrerrepresentación y pasaron la reforma judicial. Después vino la joya de la corona: una elección judicial vendida como histórica, democrática, popular. Omitieron un detalle menor: casi nadie fue a votar. El desinterés fue monumental. Y aun así, hicieron como que no pasó nada, como que no existió el fraude de los acordeones, como que no hubo una maquinaria aceitada para que quedaran “los suyos”.

No querían una Corte del pueblo, querían una Corte de Morena, una Corte a su servicio.

La prueba está en las mañaneras de esta semana. Ante el desastre que provocaron las declaraciones del presidente de la Corte, Hugo Aguilar, defendiendo lo indefendible —camionetas de dos y medio millones de pesos—, la presidenta tenía una salida obvia: marcar distancia y subrayar la independencia del Poder Judicial. No lo hizo. Prefirió convertirse en su vocera. Defenderlos. Justificarlos. Hacer maromas para explicar privilegios. Sustituir los dislates declarativos del presidente de la Suprema Corte asumiéndose ella como verdadera presidenta de la Suprema Corte.

Y ahí está la clave.

Están defendiendo exactamente lo que el pueblo no quiere y por lo que, paradójicamente, están en el poder desde 2018: el abuso, los privilegios pagados con dinero público. La gente no quiere lujos financiados con su dinero. Eso aparece en todas las encuestas. Parece que han perdido el olfato político. Parece que están olvidando por qué llegaron ahí, cuál fue la gasolina electoral de su movimiento. Hoy tratan de justificar los abusos que antes rechazaban tajantemente.

Más allá de lo ridículo de sus justificaciones —que si ya les bajaron, que si no es tanto—, la verdad es simple: no son austeros. Si no se les hubiera venido encima la opinión pública (esa que dicen que ya no tiene influencia ni credibilidad), ahí seguirían felices con sus camionetotas. La poderosa opinión pública los exhibió y los obligó a recular. No son austeros: son populistas. Predican una cosa y practican otra.

SACIAMORBOS

En la larga lista de cosas que la presidenta Sheinbaum se ha visto obligada a corregir de su antecesor, pero no puede decir por reverencia ante el Señor de Palenque, agregue la remoción de José Antonio Romero Tellaeche de la dirección del CIDE, una imposición ilegítima de la dupla López Obrador-Álvarez Buylla que ha sido reparada por la dupla Claudia Sheinbaum-Rosaura Ruiz.

Nació en Mérida, Yucatán, México. Tiene una licenciatura en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Actualmente es el conductor del noticiero matutino ‘Primero Noticias’ de Televisa. Durante su carrera profesional ha recibido varias veces el Premio Nacional de Periodismo, fue incluido en la lista del 2008 de Jóvenes Líderes Mundiales del Foro Económico Mundial y ha sido distinguido como líder mexicano.

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