El salto tecnológico en la era de la IA
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La inteligencia artificial se diferencia de las tecnologías digitales anteriores en un aspecto crucial: no basta con descargarla e implementarla
Por Mark-Alexandre Doumba, Project Syndicate.
LIBREVILLE- Durante una charla reciente en la Harvard Kennedy School, los estudiantes me preguntaron qué se necesitaría para que los países africanos pasaran de ser consumidores de tecnologías digitales e impulsadas por la IA a ser productores. La respuesta, les dije, empieza por aprender las lecciones adecuadas de la revolución del dinero móvil.
Las tecnologías de pago digital ya han transformado África. En tan solo una década, países que nunca habían construido una red de sucursales bancarias han dado un salto adelante hacia los pagos digitales. Según el Informe Global Findex 2025 del Banco Mundial, el 40 % de los adultos del África subsahariana tiene una cuenta de dinero móvil, frente al 27 % de tres años antes. Como resultado, la asociación comercial de comunicaciones móviles GSMA estima que el PIB de Costa de Marfil, Ghana, Kenia, Senegal y Tanzania era entre un 8 % y un 10 % más alto a finales de 2023 de lo que habría sido de no ser por ello.
Dado que los responsables políticos dan por sentado que las economías en desarrollo suelen poder eludir las arduas y costosas etapas del desarrollo de infraestructuras adoptando tecnologías creadas en otros lugares, han aplicado la misma lógica al gobierno electrónico, la administración tributaria, la identificación digital y, cada vez más, a la IA.
Sin embargo, este enfoque merece un análisis más detallado, especialmente cuando se aplica a la IA. Dado que los sistemas de dinero móvil generan historiales de transacciones vinculados a la identidad y datos económicos detallados, quienquiera que los controle podría determinar quién tiene acceso a los datos más valiosos y a los canales de distribución de los servicios de IA en la población de más rápido crecimiento del mundo.
Esto no quiere decir que el «salto tecnológico» sea un error. Para los países con limitaciones de capital, adoptar tecnología probada suele ser una decisión racional. Pero surgen problemas cuando las tecnologías importadas empiezan a sustituir al desarrollo de la capacidad nacional, y cuando los gobiernos no pueden gestionarlas, modificarlas o sustituirlas para cumplir sus propios objetivos políticos, una prueba básica de la soberanía digital.
Dado que los países africanos destinan una media del 0.45 % del PIB a investigación y desarrollo, frente a una media mundial del 1.7 %, importar tecnología ya desarrollada parece una cuestión de sentido común. Pero lo que comenzó como una respuesta pragmática a la escasez se ha consolidado en una doctrina de desarrollo potencialmente peligrosa. Al saltarse la fase de aprendizaje, los africanos corren el riesgo de renunciar precisamente a las capacidades que sostienen la productividad a lo largo del tiempo.
El desarrollo es secuencial. Se deriva de la eliminación de las limitaciones restrictivas, no simplemente de eludirlas. Aunque la adopción de tecnología puede aumentar la actividad económica, no hace necesariamente que una economía sea más productiva. A pesar de que el crecimiento del PIB ha sido, de media, de aproximadamente un 4 % anual durante la última década, la productividad laboral en el África subsahariana se mantuvo prácticamente sin cambios en términos reales (ajustados a la inflación) entre 1991 y 2024. Sin embargo, las diferencias en la productividad total de los factores representan más del 66 % de la brecha de ingresos entre países. A medida que se vaya adoptando la IA, abordar estas disparidades se convertirá en el reto central.
Muchos países africanos han caído en la trampa de la automatización prematura, adoptando la IA y los sistemas digitales antes de desarrollar las bases institucionales, infraestructurales y de capital humano necesarias. Como ha demostradoDani Rodrik, de la Universidad de Harvard, los países en desarrollo están alcanzando su punto álgido de producción manufacturera con niveles de renta más bajos y abandonándola antes de lo que lo hicieron los primeros países industrializados.
La IA se diferencia de las tecnologías digitales anteriores en un aspecto crucial: no basta con descargarla e implementarla. Depende de capacidades complementarias como la infraestructura informática, la energía, los datos, el talento técnico y las empresas capaces de adaptarla a nivel local. Los países que construyan estratégicamente en torno a estos insumos captarán una parte desproporcionada del valor. Los países que dependan de sistemas ya preparados pueden seguir experimentando un aumento de la productividad, pero no adquirirán la capacidad de reproducirla.
La diferencia entre utilizar tecnología y adquirir capacidad tecnológica es fundamental. El conocimiento se acumula a través del arduo proceso de construir algo que aún no existe. Mediante el ensayo y el error, los ingenieros aprenden, las empresas desarrollan capacidades y los reguladores adquieren experiencia. Esto es lo que Rodrik y su colega de Harvard, Ricardo Hausmann, denominan “crecimiento a través del autodescubrimiento”. M-Pesa es el ejemplo africano más claro de este proceso. Creado en Kenia, sus ingenieros y reguladores obtuvieron no solo un producto funcional, sino también una profunda experiencia y confianza institucional, lo que lo convirtió en un punto de referencia en todo el continente.
Nada de esto requiere reinventar el semiconductor. Lo que importa es si un país integra la tecnología importada en un proceso que él mismo dirige, en lugar de instalar un conjunto tecnológico completo que no puede comprender, adaptar ni sustituir. Lo primero conduce a mayores capacidades, mientras que lo segundo solo genera dependencias más profundas.
Esta distinción cobra cada vez más importancia a medida que la tecnología se vuelve inseparable de la seguridad económica y nacional. Las grandes potencias ya han demostrado que están dispuestas a restringir el acceso a tecnologías críticas, controlar las cadenas de suministro de semiconductores y vulnerar la soberanía digital de otros. Los gobiernos que gestionan servicios esenciales en sistemas de propiedad extranjera tienen una influencia limitada cuando dichos sistemas adquieren importancia estratégica. Este riesgo es visible hoy en día en toda África. Con 360 megavatios de carga informática activa, el continente representa solo el 0.6 % de la capacidad mundial de los centros de datos, y los gobiernos africanos dependen cada vez más de proveedores extranjeros para la gestión de la identidad, los pagos y la recaudación de impuestos.
Al reconocer que la automatización prematura supone tanto un riesgo económico como un riesgo de gobernanza, los responsables políticos africanos deberán distinguir cuidadosamente entre las tecnologías extranjeras que pueden adoptarse con seguridad y los sistemas cuya propiedad o control es fundamental para la capacidad del Estado. También deberán invertir más en su propia población. Dado que la IA amplifica los conocimientos técnicos existentes, un país con una amplia reserva de talento en ingeniería e instituciones sólidas puede utilizarla para acelerar su innovación nacional, mientras que un país que carezca de estos activos corre el riesgo de convertirse en un consumidor permanente de sistemas diseñados para atender las prioridades de otros.
La prueba para determinar cuál es la situación de un gobierno es sencilla. Si mañana dejara de pagar a un proveedor, ¿podría mantener el servicio en funcionamiento? Si quisiera cambiar de plataforma, ¿existen alternativas locales? Y si obtuviera el código fuente, ¿cuenta con personal capaz de utilizarlo? Para la mayoría de los gobiernos africanos, la respuesta sincera a estas tres preguntas es «no», una deficiencia de la que es responsable la comunidad de desarrollo, que durante mucho tiempo ha tratado la digitalización como un servicio que hay que prestar en lugar de como una capacidad que hay que desarrollar.
El «salto tecnológico» fue una respuesta racional a la escasez. Pero no puede seguir sustituyendo al desarrollo genuino. La cuestión ya no es si África debe adoptar la IA (debe hacerlo, o de lo contrario se condenará a la irrelevancia), sino qué capacidades debe desarrollar antes, al mismo tiempo y como consecuencia de esa adopción.
Eso es lo que les dije a los estudiantes de Harvard. Los responsables políticos africanos y los socios para el desarrollo tendrán que reflexionar detenidamente sobre el próximo contrato que firmen, la próxima decisión de contratación pública que tomen y el próximo servicio de IA o digital que implementen. Esas decisiones son oportunidades para recordar lo que requiere un desarrollo duradero. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Mark-Alexandre Doumba es ministro de Economía Digital e Innovación de Gabón.