El sexo tiene cada cosa... (II)
Esperaban los amigos que al oír la noticia Coco se molestara y se apartara del travesti. Para sorpresa de los camaradas, Coco se limitó a manifestar con un movimiento de cabeza que había entendido el mensaje
¿En qué nos quedamos? Decíamos ayer que Coco, apuesto galán joven, bailaba muy a su sabor aquella noche, en una casa de mala nota, con una linda personita de cintura juncal y grupa enhiesta. El cantinero del lugar, hombre prudente que sabía prever dificultades, avisó a los amigos del muchacho que aquella linda personita con la que Coco marcaba en ese momento los rítmicos pasos de un danzón no era mujer, sino hombre; un travesti que ahí ofrecía sus servicios a quienes los pedían. Los amigos de Coco le dieron a conocer a grandes voces la noticia. Le gritaron:
–¡Coco, es hombre!
Pero él oyó:
–¡Coco es hombre!
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Pensó que sus buenos camaradas le estaban echando porras. Sonrió y los saludó levantando el dedo pulgar en ademán de triunfo, pues él bailaba con una chica guapa mientras los demás parroquianos lo hacían con las añosas daifas que en el congal hacían comercio con su cuerpo.
–¡Coco, es hombre! –volvían a gritarle sus amigos para hacerle saber el trance en que se hallaba. Inútil: Coco no captaba la advertencia; sonreía de nuevo con aire de victoria y levantaba otra vez en triunfo su pulgar.
Finalmente uno de los amigos, preocupado, se coló por entre los bailadores y llegó hasta Coco. Le trasmitió al oído el mensaje: la muchacha con quien bailaba no era muchacha; era muchacho.
Esperaban los amigos que al oír la noticia Coco se molestara y se apartara del travesti. Para sorpresa de los camaradas, Coco se limitó a manifestar con un movimiento de cabeza que había entendido el mensaje. Lejos de rechazar a su pareja siguió bailando con el mozalbete, y no sólo terminó la pieza, sino bailó con él otras dos más. Al terminar la última se despidió amistosamente del travesti y regresó muy tranquilo a donde lo esperaban sus amigos.
–¡Coco! –le dijo uno con tono al mismo tiempo de indignación y escándalo–. ¿Entendiste lo que te fui a decir, que no estabas bailando con mujer, sino con hombre?
–Sí, entendí –respondió tranquilamente Coco.
–Y entonces –exclamó irritado el otro al oír tal contestación– ¿por qué seguiste bailando con él?
–Por tres razones –dijo Coco–. La primera: ya le había pagado. La segunda: la música estaba sabrosona. “Amor Perdido”. ¿Quién se resiste a bailar “Amor Perdido” en un congal?
Hizo una pausa. Le preguntaron sus amigos:
–¿Y la tercera?
Respondió Coco:
–Pos’tá bonitillo el güey.
Díganme ustedes ahora si no es cierto lo que ayer escribí, que eso del sexo tiene meandros muy sinuosos y enigmas difíciles de descifrar. Más vale no menearle.