El sexo tiene cada cosa...

Opinión
/ 12 enero 2026

Coco era el más guapo de los recién llegados... La muchachita puso en él los ojos, y Coco la sacó a bailar

Si el amor es una cosa esplendorosa el sexo es una cosa misteriosa. Yo creo que nadie le entiende bien a bien, ni siquiera esos señores y señoras que ostentan timbres de sexólogos. Un cierto saltillense de edad ya muy madura fue a un congal, que sin perdón así se llaman en México los prostíbulos, según lo señala con toda propiedad la última edición del diccionario de la Academia. Contrató el senescente caballero los servicios de una daifa. La maturranga hizo ímprobos esfuerzos para poner a su maduro cliente en aptitud de ejercitar su función de varonía, pero fueron en vano todos sus empeños.

–Ya no te canses, linda –le dijo por fin él–. A esta cosa nomás mi mujer le entiende.

El espíritu humano tiene oscuros enigmas e inextricables laberintos, pero el cuerpo no se queda atrás. Y como siempre andan juntos, y nunca están separados uno del otro, como los dos arbolitos de la canción, y sólo la muerte los aparta, entonces los misterios de ambos se combinan y es aquello un enredo que no podría descifrar el mismísimo Aristóteles si resucitara sólo para ello.

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Digo todo eso a propósito de una galana anécdota que me contaron. Trata de un hombre a quien llamaban Coco. Agricultor de oficio, vivía en un pequeño pueblo. En cierta ocasión viajó a la ciudad con tres amigos, y fueron todos cuatro a una casa de mala nota. No era de mucha calidad el establecimiento, pero ahí los llevó el taxista a quien pidieron les recomendara un sitio de nocturna diversión.

Las mujeres que prestaban sus servicios en el lugar aquel ya eran maduras, casi todas ellas entradas en carnes. Había una, sin embargo, jovencita, de 16 o 17 años: cuerpo fino, cintura cimbreante, enhiesta grupa y blonda cabellera. Coco era el más guapo de los recién llegados. Típico norteño adinerado, lucía sombrero texano de la mejor calidad, camisa a cuadros, pantalón vaquero, cinto de hebilla reluciente y botas de alto tacón y puntiagudas. La muchachita puso en él los ojos, y Coco la sacó a bailar.

Los cantineros de los congales, ya se sabe, son hombres de gran sabiduría. Yo digo que hay dos lugares donde se aprende mucho acerca de la naturaleza humana: el primero es el confesonario, el segundo es una cantina congalera. Prudente, el cantinero quiso prever cualquier suceso ingrato. Se dirigió a los amigos de Coco, que miraban con gran envidia a su camarada, el cual giraba con mucho ritmo de cadera llevando en sus brazos a aquella ninfa encantadora a los acordes de un sabroso danzón arrabalero.

–Oigan –les dijo el de la barra–. La persona con quien su amigo anda bailando no es mujer: es hombre.

Desde su sitio los amigos empezaron a advertirle a Coco el trance en que se había metido. Le decían una y otra vez:

–¡Coco, es hombre!

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Coco, sonriente, les respondía con la señal que sirve para expresar buen éxito y ventura. Esa señal consiste en mostrar el puño con el dedo pulgar bien levantado. ¿Por qué les contestaba así? Porque en vez de oír: “¡Coco, es hombre!” él oía: “¡Coco es hombre!”. Pensaba que los gritos de sus amigos eran un reconocimiento a su prestancia varonil, al hecho de andar bailando con la mejor hembra del local.

Pero entonces sucedió algo que... Advierto, sin embargo, que el espacio se ha acabado. Continuaré mañana. Siga bailando Coco mientras tanto con aquella preciosa ninfa encantadora.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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