El trabajo no remunerado en la era de la IA
Los inversores y las autoridades deberían prestar atención a las actividades no remuneradas
Por Diane Coyle, Project Syndicate.
CAMBRIDGE- Al debate sobre las posibles disrupciones económicas de la inteligencia artificial le falta algo: casi no tiene en cuenta las actividades valiosas que se realizan por fuera del trabajo remunerado. Los estadísticos las llaman “producción doméstica”, pero recopilan muy pocos datos en relación con ellas. En Estados Unidos se realiza todos los años una encuesta sobre el uso del tiempo (American Time Use Survey, ATUS), pero su alcance es limitado; y en la mayoría de los países de la OCDE, la obtención de esta clase de información es incluso más infrecuente. El resultado es que hay muy pocos estudios económicos (y casi ningún debate de formulación de políticas) sobre el uso que hace la mayor parte de la gente de la mayor parte del tiempo.
Pero los inversores y las autoridades deberían prestar atención a las actividades no remuneradas. Cuando cambios sociales o tecnológicos trasladan actividades al otro lado de la «frontera de producción» de las cuentas nacionales (del ámbito remunerado al no remunerado o viceversa), la interpretación de las señales económicas también debe cambiar. En los años setenta y ochenta, en países como el Reino Unido y Estados Unidos se registró un aumento de las cifras oficiales de crecimiento del PIB y de la productividad, debido en parte a que los cambios en las convenciones sociales llevaron a que más mujeres casadas dedicaran una mayor parte de su tiempo al trabajo remunerado.
La tecnología digital ya está provocando movimientos importantes a través de la frontera de producción, sobre todo en dirección a las actividades no remuneradas. Ahora la gente usa herramientas digitales para una amplia variedad de tareas (desde operaciones bancarias hasta planificar viajes) para las que antes tenían que consultar a un profesional (y eso sin hablar de facturar la compra en la caja del supermercado sin ayuda de un empleado). Al mismo tiempo, muchas personas comparten sus creaciones gratis en Internet: software de código abierto, videos de entretenimiento, clases de música o tutoriales de bricolaje.
Son todos ejemplos de trabajo antes remunerado que pasa a ser no remunerado. Y en su mayor parte, generan mucho valor para los consumidores. Ahora que la IA promete trasladar aún más actividades al otro lado de la frontera de producción, la pregunta es cómo garantizar que esto también resulte valioso para los hogares.
Para hallar una respuesta, primero necesitamos hacernos una idea de los ámbitos en los que la gente encuentra más útil la IA fuera del trabajo remunerado. El proyecto ATLAS de Google (donde participé como asesora) ofrece algunas pistas. Clasificó millones de interacciones (anonimizadas) con Gemini según las categorías de tareas que se usan en la encuesta ATUS y comparó el volumen de las conversaciones mantenidas por usuarios estadounidenses con la IA dentro de cada categoría con las horas reales que le dedican las personas.
Según esta metodología, temas como “comer y beber” y “viajar” estaban muy subrepresentados en los datos sobre interacciones con la IA en comparación con el tiempo real que se les dedica. Las interacciones relacionadas con “socializar, relajarse y ocio” (la categoría en la que en general el uso de IA es mayor) estaban más o menos cerca de la paridad con el tiempo real dedicado.
Pero con el tema “educación” hubo una sobrerrepresentación: su proporción dentro de las interacciones con la IA fue unas 5.8 veces mayor que la proporción de tiempo que le dedican las personas. Altos índices similares se observaron en “servicios profesionales y de cuidado personal” y “compras de consumo”. Pero no fueron nada en comparación con la sobrerrepresentación del tema “servicios públicos y obligaciones cívicas”, que apareció casi veinte veces más a menudo en las interacciones con la IA que en los datos oficiales sobre uso del tiempo.
En su nuevo libro The Time Tax, Annie Lowrey señala que en Estados Unidos, la gente dedica una media de seis días hábiles por año a lidiar con la burocracia estatal, en tareas como renovar permisos, presentar la declaración de impuestos y solicitar ayudas. A este «impuesto de tiempo» hay que sumar las interacciones administrativas con el sector privado, desde negociar con aseguradoras hasta cancelar suscripciones.
Hay buenas razones para pensar que la IA puede ayudar a reducir esta carga. Los buenos servicios públicos digitales ya ofrecen eficiencia y comodidad: hace poco vi a una persona amiga solicitar su pasaporte por Internet en sólo un par de minutos. Y la norma “click‑to‑cancel“ que promueve el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, para que cancelar una suscripción sea tan fácil como pedirla demuestra que la formulación de políticas también puede reducir la carga administrativa en relación con el sector privado.
Los gobiernos deben tratar de aprovechar la IA para avanzar en ambos frentes. Por desgracia, aunque muchos están dispuestos a utilizarla para aumentar la eficiencia de la burocracia pública, hasta ahora han tendido a centrarse en el ahorro de costos para el erario y no en el ahorro de tiempo para los ciudadanos.
Incluso sin intervención gubernamental, el uso de herramientas de IA puede ahorrar a las personas tiempo y dinero. Un abogado típico en el RU tal vez cobre a sus clientes 12 mil libras (16,220 dólares) por tramitar una sucesión y administrar el patrimonio del progenitor fallecido, pero los grandes modelos de lenguaje (LLM) son cada vez más capaces de completar gratis gran parte del papeleo necesario. Otros ejemplos de tareas administrativas domésticas que pueden resolverse con un chatbot (o incluso delegarse a un agente de IA) incluyen el diseño de interiores o jardines, la búsqueda de información sobre bienes de consumo y esperar turno para la compra de entradas para conciertos y otros artículos. La lista es larga.
Así como las tecnologías digitales llevaron a una desintermediación y reintermediación de muchos servicios, los modelos de IA generativa también provocarán grandes cambios en el sector. Las nuevas startups de tecnología jurídica tal vez se encuentren con que en vez de competir con los bufetes caros tradicionales, deberán hacerlo con chatbots o agentes gratuitos. Dinámicas similares surgirán en sectores como la educación, la atención médica, las finanzas y el entretenimiento.
Esto no es necesariamente mala noticia para los prestadores humanos. El acceso gratuito a IA ampliará el mercado de este tipo de servicios, además de ocupar el lugar de sus versiones costosas. También crecerán los productos complementarios: si puedo rediseñar mi comedor sin pagar un centavo, tal vez esté más dispuesta a comprar papel tapiz, cortinas y muebles nuevos.
En tanto, las mejoras de productividad en el trabajo no remunerado (que a pesar de su valor económico no suele aparecer en las estadísticas oficiales) pueden ser enormes. Cualquier economista que intente predecir cómo la IA transformará la economía y cualquier formulador de políticas que busque modernizar la protección de los consumidores para la era de la IA debe tener en cuenta el lado doméstico de la frontera de producción. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Diane Coyle, profesora de Políticas Públicas en la Universidad de Cambridge, es autora de Cogs and Monsters: What Economics Is, and What It Should Be (Princeton University Press, 2021) y The Measure of Progress: Counting What Really Matters (Princeton University Press, 2025).