El valor de aburrirse: ¿Preparo a mis hijos para ser felices o dependientes del estímulo?

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Opinión
/ 8 abril 2026

Uno de los grandes problemas actuales es que los niños no toleran el aburrimiento. Pero éste no debe considerarse un enemigo, sino una puerta abierta

En la actualidad, muchos padres se preocupan porque sus hijos están aburridos. Llenan sus agendas de actividades, pantallas, estímulos y entretenimiento interminable con la idea de que así les estamos ayudando a ser felices. Sin embargo, la ciencia y la experiencia empiezan a mostrarnos una verdad incómoda: la sobrecarga de estimulación no está formando niños más plenos, sino más ansiosos, dependientes y desconectados de sí mismos. Por ello, una vida “aburrida” puede ser, en realidad, sumamente satisfactoria. No digo una vida vacía, sino una vida con ritmo, estructura y sentido.

Vivimos en una cultura que considera positivo tener estímulos constantes como series de televisión, videojuegos y redes sociales... todo está diseñado para dejar el cerebro en modo de hiperestimulación, pero ese ritmo tiene un precio: conformar una generación de niños incapaces de disfrutar las cosas más simples. Una vida llena de estímulos puede estar “colmada de movimiento, pero vacía de significado”, y esto resulta especialmente crítico para los hijos. Cuando todo es muy intenso, nada resulta suficiente. El cerebro se acostumbra a dosis elevadas de dopamina y lo sencillo –leer, charlar, reflexionar– se vuelve aburrido.

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Muchos padres rechazan las rutinas porque creen que comprometen la creatividad o la libertad. Pero la evidencia refleja lo contrario. Las rutinas brindan seguridad, estabilidad emocional y lucidez mental. Los estudios muestran que la actividad cerebral produce mejores resultados en entornos predecibles, lo que permite que el cerebro realice su actividad sin ninguna frecuencia de ansiedad que bloquee el pensamiento. Esto se aplica en el desarrollo infantil, en el que el niño conoce qué viene después, qué se espera de él y cómo organizar su día a través de las indicaciones que el entorno le transmite. Una rutina sencilla, como dormir, leer, jugar y compartir... estructura el tiempo, pero también desarrolla funciones ejecutivas que van desde la autorregulación de sí mismo y el desarrollo de la planificación hasta la atención.

Uno de los grandes problemas actuales es que los niños no toleran el aburrimiento. Pero el aburrimiento no debe considerarse un enemigo: es una puerta abierta. Cuando un niño se aburre, el cerebro empieza a buscar una solución. Cuando un niño se aburre, comienza a imaginar, a crear, a reflexionar. Sin embargo, si cada momento libre queda colapsado por una pantalla, esta posibilidad de pasar un momento feliz se desvanece. La hiperconexión puede incluso provocar crisis de ansiedad, no sólo en los adultos, sino también en los niños, que cada vez más presentan irritabilidad, incapacidad para concentrarse y necesidad de estímulos constantes.

El silencio, que era natural, hoy nos incomoda. Es en el silencio donde se va configurando la identidad. Un niño no necesita cinco actividades extraescolares ni la posibilidad de acceder a la tecnología sin límites. Lo que un niño necesita es:

Tiempo para pensar

Espacios en silencio

Rutinas

Conversaciones largas

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Muchos adolescentes no soportan estar solos porque la mayoría no sabe bien quiénes son sin los estímulos que les provee el otro o la tecnología. Y esto empieza a ocurrir desde la infancia.

Educar no es llenar la vida de los hijos, sino darles las herramientas para que puedan vivirla. Quizá ha llegado el momento de replantearnos algo fundamental: ¿Educo para que mis hijos sean felices... o para que sean dependientes del estímulo?

Permitirles vivir momentos “aburridos”, estructurar su día y reducir la sobrecarga de estímulos no es un retroceso; es probablemente uno de los mayores regalos que les podríamos ofrecer. Porque en la calma... se construye el carácter.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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