¡En la madre, Edipo!

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Opinión
/ 7 febrero 2026

Aquel gran Casanova, aquel galante seductor, terminó casándose con una mujer poco agraciada, por no decir que fea

“Dinero mata carita, y verba mata dinero”.

Así reza un apotegma usado por los jóvenes de hoy. Significa que un hombre guapo tiene muchas posibilidades de conseguir los favores de una dama, pero uno rico tiene más posibilidades aún. Sin embargo, un cortejador con labia y palabra seductora –a eso se le llama “verba”– los vencerá a los dos en cualquier lid amorosa. Dice un refrán misógino del cual no me hago responsable: “La mujer y la gata, de quien la trata”.

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Es cierta esa sentencia. Yo tengo para mí que don Juan Tenorio no ha de haber sido un Leonardo DiCaprio o un Brad Pitt. Tampoco sería un Boris Karloff, estoy de acuerdo, pero debe haber estado en un sencillo término medio. Ni un Adonis ni un Picio. Y aun así ninguna mujer se le resistió, ni siquiera doña Inés, que iba para monja. ¿Por qué? Porque sabía cómo hablarles a las damas. Un poeta hubo en Saltillo cuyo nombre callaré porque tiene aquí descendientes. Era bajito de estatura, regordete, y sin embargo tenía una suerte extraordinaria en cosas de amores y amoríos. Decía:

–Lo único que necesito es que la mujer a quien cortejo me deje hablar. Lo demás corre por mi cuenta.

Voy a contar ahora la historia de un hombre joven que no sólo era guapo: era guapísimo. Lo describiré en forma sumaria, para no dar lugar a malas interpretaciones. Era alto y fornido; tenía ojos verdes, cabello ensortijado y un fino bigotito. Además disponía de dinero, y poseía palabra seductora. Otra cualidad había en él que gusta mucho a las señoras (y a las señoritas más): era detallista. En sus citas con las damas les llevaba una flor; un pequeño presente; les decía cosas que les agradaban.

No cabe duda: a unos Diosito les da de más, a otros de menos. Alguna vez le pedimos que nos dijera cuántas mujeres habían caído en sus brazos. No recordaba el número. Y aquello no era jactancia o presunción; era simplemente mala memoria.

Tengo en mi biblioteca un libro muy curioso escrito por Manuel M. Flores, el hombre a quien amó Rosario, la de Acuña. El libro se llama “Rosas Caídas”. En esa obra autobiográfica el poeta poblano hace el relato de todas sus conquistas amorosas. Creo recordar que fueron 30 las mujeres a las que poseyó.

Pues bien: este amigo mío superaba por mucho el mencionado número. Alcanzó los favores lo mismo de encopetadas señoras de la más alta sociedad que de sirvientas y humildes muchachas de barriada. “Desde una princesa real a la hija de un pescador...”. La única condición que ponía es que fueran guapas.

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Pues bien: aquel gran Casanova, aquel galante seductor, terminó casándose con una mujer poco agraciada, por no decir que fea. Y no se piense que era rica: pertenecía a la clase media baja. Además le llevaba cuatro o cinco años a mi amigo. Un día le preguntamos, indiscretos:

–¿Por qué te casaste con ella?

Respondió:

–Porque se parece a mi mamá.

Complejo de Edipo, ni más ni menos. Las mitologías, que algunos creen inventos del pasado, son siempre cosa actual.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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