Entre el Wateke y el Jardín

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Opinión
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Pese a todo, el Macrocentro Comunitario Bicentenario de la Independencia recibe visitas

Llegar a la Independencia exige paciencia. Calles empinadas. Retornos engañosos. Perros vigilantes. El cerro abraza la colonia como suegra celosa. Huele a tortilla recién hecha y a cemento caliente. Cuelgan cables como lianas. Pintas futboleras marcan territorio.

Vecinos susurran sobre grupos criminales, esquinas controladas y cuotas por servicios. Aquí hasta la señal del celular paga derecho de piso. Taxistas dudan. Repartidores rezan. Forasteros memorizan la ruta de escape antes de la ruta de ida.

Pese a todo, el Macrocentro Comunitario Bicentenario de la Independencia recibe visitas. Reabrió en 2024 bajo la Secretaría de Igualdad e Inclusión, con el primer Centro de Cuidados del estado. En noviembre de 2025 prestó su escenario al concurso de catrinas. Hoy hospeda otra pasarela: el laboratorio de drag king.

Las puertas cierran temprano. El horario obedece a la costumbre del cerro, no al reglamento.

La tradición del imitador masculino se remonta al teatro de variedades del siglo XIX. Hoy cambia de nombre, de público y de brillantina.

Sillas plegables forman media luna. Espejos prestados cuelgan de la pared. Sobre la mesa reposan tijeras, estambre negro, pelo picado, pegamento, polvo bronceador y fajas especiales. Parece botica de carnaval.

Aprendices acuden puntuales. Algunos, tímidos. Otros ensayan voz de bajo. La instructora los acoge con delantal y paciencia de monja.

Primera lección: nadie nace bigotón anuncia. Segunda: el pegamento no perdona.

Comienza la alquimia. El estambre se vuelve patilla. Lápices engrosan cejas. Sombras dibujan mandíbulas inexistentes. La instructora advierte. Nada de cinta adhesiva en el pecho. Solo prendas diseñadas para eso. Salud primero, estética después.

Alguien pierde media patilla en la sopa de fideo. Otro descubre su alergia al pegamento. Hay botiquín, carcajadas.

Cierta aprendiz, veinteañera de mirada traviesa, baja el tono hasta rozar el sótano. Nace Don Chuy Mostacho, cantinero de oficio, poeta por accidente. Su compañero de mesa, tras media hora de pelea con las patillas, bautiza a su personaje. Johnny Escarcha, galán de feria con gomina de sobra.

Toca el turno del porte. Hombros atrás. Piernas abiertas. Mirada de lunes. Recorren el salón como funcionarios de ventanilla.

Todo rey se planta, no grita, explica la instructora. La voz sale del abdomen, no del miedo. Pisen firme. Ahora, sin atropellar a nadie.

En tierra de botas y hebillas, estos reyes ofrecen la versión con brillantina. La masculinidad norteña se contempla en el espejo y descubre el chiste.

Desde la bocina, el Divo de Juárez preside la sesión. Debo hacerlo funciona como lema del taller. El Wateke y el Jardín, refugio de noches libres, inspira el nombre del ensayo general.

Para la coreografía, desembarcan los abanicos de Locomía. Rumba Samba Mambo marca el compás. Brazos ondulan. Caderas reparten culpas. Los españoles de licra fluorescente jamás sospecharon su influencia sobre el cerro regiomontano.

Monterrey conoce el precio de la visibilidad. En 2023, la Feria Internacional del Libro canceló la lectura de cuentos a cargo de drag queens. El colectivo Ars Queer terminó invitado a Harvard dos años después. Vetan aquí, ovacionan allá. Ironía de exportación.

El barrio observa. Vecinas asoman tras cortinas. Chamacos espían desde la reja. Don Beto, tendero de toda la vida, encoge hombros. Mientras no estorben el paso, bienvenidos.

Aquí todo causa cuota. Luz, agua, banqueta, sombra del cerro. El bigote de estambre, en cambio, circula libre de impuestos. Motociclistas de esquina pasan despacio, miran, calculan. Concluyen sin ganancia. Se alejan.

Cae la tarde. Se acerca la hora del debut. Familiares ocupan sillas. Vecinos llenan pasillos. Se apagan las luces. Sube el rumor.

Don Chuy Mostacho dobla Querida con gesto de mariachi herido. Pañuelos ondean. Johnny Escarcha ejecuta su número de Locomía con abanico de cartón y dignidad de ballet. El público jalea. Alguien silba. Madres lloran. Abuelas critican la gomina. El miedo, mudo, espera afuera.

Nadie persigue escándalo. Respiran. Practican valentía en dosis diminutas. Bigote, voz grave, mirada recta. En el barrio bravo, esa receta resulta más audaz ante cualquier tatuaje.

Salen al patio sudorosos. Algunos se abrazan sin quitarse las patillas. Otros devuelven espejos, recogen estambre, barren confeti. Quedan pelos pegados en la banqueta como pistas de crimen peludo.

Escándalo en el cerro. Los reyes de estambre sacudieron el barrio más bravo de Monterrey. Cero disparos. Cero permisos. Cero sobornos. Los cobradores tosieron. Los vecinos piden bis. Mañana, la Independencia podría amanecer con corona, bigote y coreografía de Locomía. ¡Tiemble el cerro!

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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