Entre populismos te veas
Vivimos los mexicanos en la zozobra de un populismo rojo encaminado a la perpetuación del poder, como lo hizo el PRI por más de 70 años
En memoria de Ana María Cepeda de la Peña, maestra de generaciones y segunda madre de sus sobrinos
La doctrina del populismo basa su influencia en una especie de lucha entre el bien y el mal; el primero caracterizado por el pueblo y el segundo por las élites, esto en su origen. Sin embargo, con el tiempo se ha comprobado que en esta lucha los papeles pueden invertirse, dando lugar a lo que se ha llamado populismo de izquierda o de derecha, según el caso, aunque usted no lo crea.
Los ejemplos pululan en la historia de nuestra raquítica democracia, pero solamente en el lado izquierdo de la ecuación: inició con el sexenio del general Cárdenas, continuó con Echeverría y topó con el arribo de la 2T al poder desde 2018.
Las huellas de esta doctrina incluyen el manejo de subsidios y fideicomisos, así como la absorción del aparato productivo, no sólo en actividades prioritarias –agua, luz, petróleo, ferrocarriles y medios de comunicación–, sino que en tiempos de Echeverría se llegó al extremo de crear compañías automotrices, mineras, acereras y químicas, entre otras.
Las características principales del populismo rojo incluyen: 1) un líder carismático, casi mesiánico, que se dice sabedor de los sentimientos de un pueblo empobrecido y, sobre todo, ignorante, del cual echa mano; 2) una sociedad agraviada por un sistema corrompido que la excluye de las fuentes de ingreso; 3) un pueblo pobre y casi marginal con bajo nivel académico; 4) una retórica simplista con la cual los ciudadanos se sienten identificados; 5) una dicotomía entre el pueblo y la élite, causando una división entre “ellos” y “nosotros”; 6) enemistad con las instituciones; 7) uso de la polarización social como lucha de clases y 8) una ideología remasterizada (cualquier semejanza es mera coincidencia).
A la par del populismo de izquierda está el de la derecha, que difiere en no usar la polaridad, pero muestra una marcada tendencia al regionalismo y al apego a los valores morales o “buenas costumbres” como doctrina, llegando inclusive a la marginación como vía. Se expresa en la xenofobia y en la oposición a iniciativas que otorguen derechos al feminismo, a la ideología de género y a todo lo que se aparte del ideal de una sociedad moralizada. Su bandera es la defensa de la propiedad privada y de la soberanía política y económica.
Refiere David Domínguez, de la Universidad Complutense de Madrid, que estas dos facetas de populismo son comunes en estos días porque: “Ante el aumento de la inestabilidad y la incertidumbre, el individuo empoderado no se basta para afrontar las tribulaciones del presente. Se genera entonces un sentimiento de anemia similar al que se ha descrito para otros momentos históricos marcados por la modernización y el cambio. El individuo busca refugio en la colectividad y desarrolla una visión romántica del pasado, una añoranza de los viejos tiempos en los que el mañana no se vivía como una amenaza. Esa crisis del liberalismo que pone el énfasis en lo gregario y la añoranza de un pasado mejor permea, como veremos, en los relatos asociados a la movilización de la derecha radical”.
Los caminos se contraponen en los laboratorios políticos en América Latina, donde los populismos rojos se convirtieron en dictaduras, como en Venezuela, Cuba y Nicaragua, mientras en nuestro país van adecuando las herramientas del control social. Por otro lado, emergen las administraciones de Nayib Bukele y Javier Milei, y no se diga el señor de los pelos de Barbie arrumbada que manda en Estados Unidos, con el populismo de derecha.
Vivimos los mexicanos en la zozobra de un populismo rojo encaminado a la perpetuación del poder, como lo hizo el PRI por más de 70 años. Lo peligroso radica en que la izquierda llegó por la vía democrática reconocida por los gobiernos del PRI y del PAN, y hoy esa vía está penetrada por la 2T y por quien manda desde Palenque.
Lo más lamentable es que los excesos de ambas ideologías erosionan la democracia, polarizan a la sociedad, concentran el poder y debilitan los organismos autónomos. Las consecuencias repercuten en serias crisis económicas, inseguridad jurídica y una menor libertad en los medios de comunicación.
La frase es de Luis Gabriel Carrillo Navas: “Si siembras el odio en las mentes de los más jóvenes, cosecharás sectarismo, populismo y fanatismo, nunca progreso o conocimiento”. Y en eso estamos inmersos. ¡Haya cosa!