¿Es China realmente una potencia que practica la política del ‘empobrecer al vecino’?
Los críticos de China podrían tener más razón cuando sostienen que la postura macroeconómica general del país es perjudicial para su propia economía
Por Dani Rodrik, Project Syndicate.
CAMBRIDGE- A medida que China sigue conquistando los mercados mundiales de productos manufacturados y aumentan sus superávits comerciales, en el resto del mundo se la considera cada vez más como un país cuyo crecimiento económico se produce a costa del resto del mundo. Las políticas industriales de China y su modelo de crecimiento en general, se quejan los críticos, se basan en la política de “empobrecer al vecino”.
El término “empobrecer al vecino” tiene una historia interesante. Hace referencia a un antiguo juego de cartas infantil británico, tal y como se describe en la novela de Charles Dickens de 1861 “Grandes esperanzas”, en el que el objetivo es quedarse con todas las cartas de la baraja. Apareció por primera vez en el ámbito de la economía en la descripción que Adam Smith hacía del pensamiento mercantilista en “La riqueza de las naciones”. Los mercantilistas enseñaban erróneamente a las naciones, escribía Smit, “que su interés consistía en empobrecer a todos sus vecinos”.
Pero fue Joan Robinson, la economista de Cambridge y contemporánea de John Maynard Keynes, quien popularizó el término en un ensayo escrito en la década de 1930. Robinson escribió en una época de desempleo generalizado provocado por un colapso de la demanda agregada, lo que posteriormente llamaríamos desempleo keynesiano. Muchos gobiernos aplicaron políticas mercantilistas, como aranceles a la importación o devaluaciones monetarias, con las que esperaban mejorar la balanza comercial de su país. El objetivo era aumentar el empleo nacional desviando la demanda de bienes y servicios extranjeros hacia los nacionales.
Como señaló Robinson, estas políticas eran de suma cero desde una perspectiva global. Un país solo podía aumentar su superávit comercial o reducir su déficit comercial si las balanzas comerciales de otros países se modificaban en la misma cuantía en términos agregados. El mercantilismo solo podía favorecer el empleo en un país a costa de un mayor desempleo en otros. Robinson denominó a estas políticas “beggar-my-neighbor”. El término acabó transformándose en ”beggar-thy-neighbor”, que entró en uso a finales de la década de 1960 y acabó sustituyendo a la versión original.
A primera vista, la descripción de Robinson parecería aplicarse a las políticas de China, ya que su superávit de exportación obliga a otros países a registrar déficits comerciales. La gran diferencia, sin embargo, es que ya no nos encontramos en un mundo con una demanda agregada deficitaria. Las tasas de desempleo son del 4.2 % y del 6.3 % en Estados Unidos y Alemania, respectivamente, frente al 25 % y el 30 % registrados en el punto álgido de la Gran Depresión. Impulsar la demanda agregada y el empleo no es una prioridad política en ninguna de las principales economías del mundo.
Cuando las economías funcionan cerca de su plena capacidad, no está claro que los déficits comerciales deban ser motivo de preocupación. Al fin y al cabo, representan una transferencia de poder adquisitivo desde los países con superávit (China), lo que puede dar lugar a un mayor consumo o, lo que es más deseable, a una mayor inversión. Siguiendo esta lógica, los superávits de China bien podrían denominarse «enriquecer al vecino».
¿Qué es lo que, entonces, convertiría los superávits de China en un problema? En primer lugar, los desequilibrios macroeconómicos pueden generar inestabilidad financiera y aumentar el riesgo de una crisis. En segundo lugar, en la medida en que generan “exceso de capacidad” y “sobreproducción” en muchos sectores manufactureros, los superávits de China pueden favorecer el declive industrial en los países con déficit. Y, en tercer lugar, pueden agravar los problemas sociales y de distribución en los países con déficit.
Estas preocupaciones suelen estar justificadas, pero no implican que los beneficios económicos de China se obtengan a costa de otros países. En su mayor parte, exigen respuestas adecuadas por parte de los países afectados, más que ajustes importantes en China.
Los gobiernos preocupados por las consecuencias macroeconómicas y financieras de los grandes déficits disponen de un amplio abanico de opciones de política. Pueden frenar sus déficits fiscales, endurecer la normativa prudencial, gravar las entradas de capital y depreciar sus monedas. Cuando los países con déficit se quejan de que sus opciones de política están limitadas, a menudo es porque intentan quedarse con el pastel y comérselo también. El Gobierno de EE. UU., por ejemplo, se niega a tomar cualquier medida que reduzca el atractivo de los activos estadounidenses. Así, cosecha los beneficios de ser el centro financiero mundial, al tiempo que se queja de los déficits comerciales que, al menos en parte, son consecuencia de ello.
Los países con déficit también tienen opciones en lo que respecta a la industria manufacturera, pero deben tener claros sus objetivos. Las quejas sobre el exceso de capacidad suelen estar fuera de lugar. Los beneficios para los consumidores de los productos chinos baratos son reales, independientemente de si son el resultado de una productividad genuina o de subvenciones gubernamentales, y en este caso se trata principalmente de lo primero. No hay pruebas de que China tenga la intención de ejercer (o haya ejercido jamás) un poder de monopolio en los sectores manufactureros en cuestión, por lo que los precios predatorios tampoco son un problema. La pérdida de puestos de trabajo en las industrias afectadas puede suponer un coste social, pero los gobiernos deberían reconocer que, con o sin la competencia china, la industria manufacturera ya no es un sector generador de empleo.
El impacto negativo sobre las empresas que compiten con las importaciones también es real. Sin embargo, los responsables políticos de las economías avanzadas solo deberían preocuparse por la competencia china en el sector manufacturero en la medida en que sus propias empresas manufactureras generen efectos de arrastre tecnológicos y de aprendizaje para otras empresas y sectores de la economía. Esto puede ser cierto en algunos segmentos, pero desde luego no de forma generalizada. En los casos en que el argumento tenga peso, exige políticas nacionales selectivas que aborden directamente las fallas de mercado y las externalidades en esos segmentos. En otras palabras, los países preocupados por el impacto de China en sus sectores manufactureros deberían aplicar sus propias versiones de las políticas industriales chinas.
En todo el debate sobre las políticas proteccionistas, no debemos olvidar las energías renovables, ámbito en el que las políticas industriales de China han generado enormes efectos beneficiosos para el mundo. Las subvenciones, los fondos públicos de capital riesgo y otras políticas chinas destinadas a promover las inversiones en energía solar, eólica, vehículos eléctricos y baterías han producido una auténtica revolución en el sector de las energías renovables. La drástica reducción de los costeo de las fuentes de energía alternativas es la mejor noticia que ha recibido el mundo en la lucha contra el cambio climático. Al perseguir su propia ventaja tecnológica y comercial, China también ha aportado un importante bien público mundial.
Los críticos de China podrían tener más razón cuando sostienen que la postura macroeconómica general del país es perjudicial para su propia economía, es decir, que se está empobreciendo a sí misma. La estrategia desequilibrada del país, con su fuerte énfasis en las exportaciones de productos manufacturados y la represión del consumo, ha generado altas tasas de crecimiento económico, pero bien podría ser hora de replantearla. No obstante, los observadores externos deberían mostrarse cautelosos a la hora de cuestionar la formulación de políticas en un país que, durante los últimos 50 años, ha registrado los resultados económicos más impresionantes de la historia. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Dani Rodrik, catedrático de Economía Política Internacional en la Harvard Kennedy School, es expresidente de la Asociación Económica Internacional y autor de *Shared Prosperity in a Fractured World: A New Economics for the Middle Class, the Global Poor, and Our Climate* (Princeton University Press, 2025).