‘Es un honor estar con Obrador, no con Beltrán’
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Vaya fiasco en su intento por erigirse en el nuevo Jean Valjean de la política mexicana para nutrir sus ínfulas de precandidato presidencial
El personaje no recula ni enmienda. Me refiero a Andrés Manuel “Andy” López Beltrán, el joven y muy controvertido político morenista que es hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. López Beltrán no acaba de entender que, en política, cuando alguien anda tentando al destino, provoca que lo privado se vuelva público porque se convierte en algo de interés para la sociedad y, por lo tanto, resulta periodísticamente atractivo. Él es carne para los leones cada vez que, torpemente, hace algo indebido, como un grosero berrinche en forma de insolente carta a Donald Trump para protestar porque Estados Unidos le canceló su visa. En este país la oposición no está ya en los partidos (se han vuelto testimoniales), sino en los medios de comunicación y en las redes sociales, que pueden ser insaciables... y el chaval nomás no se entera.
En el momento en que López Beltrán empezó a exhibirse gozando y ostentando (perdón por el eco) una vida que se contraponía con los principios de austeridad y recato no sólo de su padre, sino del movimiento político y social del que forma parte, provocó que fuera auscultado hasta en sus calcetines, y más cuando sus presuntas amistades presumen no sólo tráficos de influencia, sino la probable comisión de delitos. Para citar a un clásico, necesita serenarse, tomarse un tecito, tener corazón caliente, pero cabeza fría. Y no, no puede. No se le da. Se enfurece y su iracundia está mal conducida. Se hace la víctima y su guion es malísimo.
¿Por qué? Porque él no es AMLO y eso no lo entiende. De verdad no entiende que no entiende, pero, sobre todo, no asimila que no asimila. Está en negación. Se mira en el espejo y encuentra a su padre tatuado en su cara, pero no sólo ahí: en su voz, en su risa, en sus frases, en sus cartas. Y no, date cuenta, amigo. La gente cantaba, gritaba, rezaba: “Es-un-honor, estar-con-Obrador” porque eso jalaba, se pegaba, se tatuaba, rimaba por la procedencia indómita y guerrera, por el origen de lucha incansable siempre cerca de los modestos, de los humillados y ofendidos, de los fantasmas y olvidados, nunca de los machuchones. Su padre no andaba en los hotelazos, en las boutiques, en las gastronomías fifís, en los negocios con cuates.
No lo comprende y todavía se queja: “No me quieren, no me respetan”, como si el liderazgo llegara a través de un notario. Nadie ha gritado ni vociferará jamás: “Es-un-honor, estar-con-Beltrán”. ¿Qué es eso? No, no suena. No vende. No es marca política promisoria ni ahora ni nunca, y no sólo por la atonía arrítmica, sino porque no se lo merece. Y no lo digo yo, lo dicen muchas mujeres y hombres morenistas de cepa que mueren con AMLO, pero que son muy críticos con su hijo y “sus desplantes que estorban, que ensucian, que no ayudan a nada en nada”. Parece que necesitaba un desafuero para lanzarse en campaña en calidad de víctima y mis amigas y amigos morenistas nomás niegan con la cabeza mientras preguntan una y otra vez: “¿A quién chingaos se le ocurrió semejante insensatez?”.
Con fingido acento tabasqueño, imagine usted esto como intento de coro en una marcha y mitin apoteósico: “Amigas y amigos, Rubio y Landau me quitaron la visa. Soy un perseguido como mi papá”. Esteee... Silencio con fondo de grillos. No, mano, “me quitaron la visa los pinches gringos comandados por su energúmeno Trump” no es equivalente a “Fox y sus canallas me persiguen y desafueran y me quieren meter a la cárcel para que yo no llegue a la Presidencia”. Un millón de personas no va a marchar porque el chaval no tenga visa. No sé quién sea su consejero o consejera, su asesor de imagen, a qué despacho contrató, pero vaya fiasco en su intento por erigirse en el nuevo Jean Valjean de la política mexicana para nutrir sus ínfulas de precandidato presidencial monárquico en 2030 (o 2036, da igual).
Le pesa mucho su padre y no se entera. Andrés Manuel, el llamado “Andy”, si persiste en ser Andrés Manuel II, acabará muy mal. No lo será, y por eso, para su desgracia, fracasará en todo, lo cual, paradójicamente, está siendo muy liberador para la 4T, que en el fondo lo está dejando ahogarse solo.