Espiritualidad de la Pascua
Es seguirlo como Señor, Maestro, Salvador y Amigo, para llegar a resucitar y alcanzar el Bien Supremo
La creatura humana trata de leer y entender su propia página existencial.
Su acritud se parece a la de los arqueólogos que descubren piedras talladas con jeroglíficos, cuya clave de interpretación les es desconocida.
No se entiende al ser humano como un ser que viva para sí mismo. Busca relación. Y va multiplicando experiencias que encuentra como satisfactores insuficientes, en los que ve siempre carencias y caducidad. Le parece que lo que busca es un bien perfecto que nunca se acabe.
LOGROS Y FRUSTRACIONES
Siente además que el amor que siente no puede ser parcial o incompleto. Ha de ser de entrega total. Y se engaña a sí mismo buscando ídolos que lo decepcionan: personas, cosas, situaciones, actividades o diversiones.
Se despiertan apetitos frente a atracciones que se vuelven adictivas, como satisfactores efímeros.
Se da cuenta de su fuerza y de su fragilidad, de sus logros y de sus frustraciones. Del riesgo de dejar de vivir por pérdida dolorosa de equilibrios corporales o causas externas inesperadas y fatales.
Se da cuenta de que avanza hacia su propia desaparición cuando su organismo colapse y deje de palpitar y de respirar. Sepultura o cremación para su cuerpo y su espíritu desencarnado, que deja de animarlo.
UN DON INESPERADO
La más sabia razón se da cuenta de su límite y recibe la intuición de la fe que hizo decir a Agustín, el de Hipona: “Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en Ti”.
Ya no es la razón, sino una fe que se recibe como una luz que se le une y despierta una certeza confiada. El único bien perfecto y que no se acaba es un ser que se revela, no como algo, sino como Alguien. Un Padre Creador de todo lo que existe. Que está dando todo en cada instante para hacer posible la vida. Ese Padre, que todo lo puede, es amor amable y es autor de leyes naturales y morales.
Al no cumplir esas leyes, la creatura humana mortal se enferma y se siente culpable. Se entera de que ese Padre envió a su Hijo para que se encarnara y fuera Camino, Verdad y Vida para todos y que, siendo inocente, ofreciera su sacrificio por todos los culpables. Ya pueden, ahora, ser perdonados y, al resucitar, ese divino Hermano mayor vence para todos a la muerte. Al resucitar, la convierte en un paso hacia una vida sin fin, gozosa y gloriosa para quien se haya purificado.
Hombre y mujer, desde la fe, se entienden entonces a sí mismos por esta revelación.
La espiritualidad de la Pascua de Cristo resucitado es seguirlo como Señor, Maestro, Salvador y Amigo, para llegar a resucitar y alcanzar el Bien Supremo, en cuya gloria nada falta y nada se acaba.
TÉ CON FE
–¿Qué significa vivir vida nueva, resucitada?
–Que ya no te gobiernan tus impulsos, tus complejos y caprichos, tu soberbia, tu codicia y tu sensualidad. Que ahora no vives, sino que convives, victorioso y alegre, con Cristo resucitado, quien vive en ti su vida de Hijo de Dios y hermano universal.