Estados Unidos en sus 250: proyecto amenazado
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La figura de Trump es tan ajena a la tradición política estadounidense que, hasta hoy, muchos siguen sin entender del todo el arraigo de su atractivo
El famoso comediante Larry David, uno de los creadores de “Seinfeld”, acaba de lanzar un nuevo programa de sketches cómicos que recorre momentos importantes de la historia de Estados Unidos, coincidiendo con el aniversario 250 de la fundación del país.
En un episodio reciente, David imagina una escena reveladora. George Washington –interpretado por el director y actor Rob Reiner, asesinado trágicamente hace unos meses– se presenta ante un grupo de colonos para explicar la solidez de los cimientos institucionales del país naciente. Washington sostiene que la división de poderes y la fortaleza del Congreso y del Poder Judicial impedirán el surgimiento de una figura con aspiraciones monárquicas, alguien dispuesto a perpetuarse en el poder. Washington, el real, tuvo justamente la sensatez de resistir el magnetismo del poder: dejó la presidencia y abrió el camino a una sucesión democrática.
De pronto, entre la multitud, David interpela al Washington de Reiner:
“¿Y qué si un futuro presidente no sigue su ejemplo y busca un tercer mandato?”.
El Washington imaginario responde que, para eso, estarán el Congreso y la Suprema Corte.
“¿Y qué si la Suprema Corte es una bola de títeres y los congresistas una bola de cobardes a los que les importa más su partido que su país?”, replica David desde el público.
El sketch es ingenioso y simpático, pero también revela la encrucijada dramática en la que se encuentra Estados Unidos en plena segunda presidencia de Donald Trump. Desde su irrupción en el escenario político, Trump ha desmantelado normas básicas de convivencia democrática, ha erosionado la confianza en las instituciones y, durante su segunda presidencia, ha puesto bajo presión el equilibrio institucional estadounidense, incluida la división de poderes, columna vertebral del experimento republicano por el que lucharon Washington y el resto de los padres fundadores.
La figura de Trump es tan ajena a la tradición política estadounidense que, hasta hoy, muchos siguen sin entender del todo el arraigo de su atractivo. Hace años, cuando Trump apenas comenzaba a dominar el escenario, propuse a un colega editor escribir un texto que explicara por qué resultaba tan difícil entenderlo en Estados Unidos: porque Trump era, en realidad, una figura típicamente latinoamericana, un caudillo mesiánico, inédito en la historia política estadounidense. Mi colega me dijo que exageraba.
Con el paso de los años, la perplejidad ha continuado. Cuando Trump sembró dudas, durante un debate presidencial de 2020, sobre si estaría dispuesto a aceptar los resultados de la elección contra Joe Biden, le advertí a otro colega que el país estaba frente a un parteaguas. “No va a pasar”, me dijo. El resto es historia.
La amenaza permanece.
El sábado, Estados Unidos cumplió 250 años. El país sigue siendo una economía pujante y uno de los grandes motores de la cultura popular global. Pero su democracia está en riesgo. En el pasado, las diferencias entre el partido en el poder y la oposición eran ideológicas, y no eran menores. Las diferencias entre los demócratas y los republicanos MAGA son de otra naturaleza.
Una mayoría considerable de los republicanos afines a Trump sigue creyendo que la elección de 2020 fue fraudulenta. No lo fue, en absoluto. Pero ese mito fundacional del trumpismo se ha convertido en una hoja de ruta para desvirtuar la confianza en la democracia y justificar el desmantelamiento de sus métodos.
Hoy, el principal temor de muchos especialistas en la vida política estadounidense es si el andamiaje institucional –constitucional, incluso– resistirá un nuevo embate contra los resultados de elecciones legítimas, como ocurrió en 2020. ¿Qué pasa si Trump desconoce los resultados de la elección de medio término de noviembre? Peor aún: ¿qué ocurre si trabaja desde el poder para inclinar la balanza en la elección presidencial de 2028?
Estados Unidos llega a su primer cuarto de milenio enfrentando una amenaza inédita a los valores de aquella generación ilustrada que creó un experimento de igualdad política sin paralelo en la historia moderna.