Estados Unidos no puede crecer sin las renovables
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El panorama del sector energético está cambiando, como resultado del veloz encarecimiento de la energía para los hogares estadounidenses y el derrumbe de costos de las renovable
Por Daniel Driscoll, Project Syndicate.
CHARLOTTESVILLE, VIRGINIA- Tras los ataques terroristas del 11‑S, el presidente George Bush (hijo) instó a los estadounidenses a salir de compras. En aquel momento se dijo que Bush fomentaba un gasto irresponsable (crítica que cobró fuerza tras la crisis financiera global de 2008), pero lo cierto es que el presidente sólo reconocía el hecho de que el consumo ha sido por mucho tiempo el motor de la formidable economía estadounidense.
En los últimos veinte años, la participación media del consumo de los hogares en el crecimiento anual del PIB estadounidense ha sido cercana al 56 %; esto refleja una estructura económica atípica que es en parte un subproducto no buscado del dominio del dólar y en parte resultado de una estrategia de crecimiento deliberada.
La posición del dólar como moneda de reserva internacional generó sin que se lo buscara condiciones ideales para un alto consumo estadounidense. Suministrar dólares al resto del mundo permite a Estados Unidos mantener déficits de cuenta corriente por tiempo indefinido. Además, la elevada demanda de activos denominados en dólares genera apreciación cambiaria, que encarece las exportaciones estadounidenses en términos relativos, alienta las importaciones y contribuye al declive de la industria manufacturera estadounidense.
Pero las autoridades estadounidenses también llevan mucho tiempo usando una variedad de políticas favorables al consumo de los hogares. En el sector de la vivienda, por ejemplo, se ofrecen subsidios, exenciones tributarias y alivios para las deudas hipotecarias, lo que permite a los propietarios de viviendas usarlas como garantía para endeudarse más. Asimismo, el Estado sigue una política de reducción de riesgos del sector financiero mediante mecanismos de respaldo crediticio y provisión de liquidez, lo que crea una especie de “cultura financiera“ que normaliza el gasto por encima de las propias posibilidades.
Un aspecto crucial y muchas veces inadvertido es el impulso estatal al consumo de los hogares a través de la política energética. El consumo elevado de energía es un aspecto central del estilo de vida estadounidense. Las viviendas estadounidenses son más grandes y demandan más energía para su construcción, calefacción y refrigeración. En comparación con gran parte del mundo, los estadounidenses compran más coches (y de mayor tamaño), recorren con ellos distancias más grandes y consumen más carne y otros productos con alta intensidad de carbono.
Además, Estados Unidos lleva más de un siglo subsidiando la industria gaspetrolera a través del tratamiento tributario de los costos de perforación intangibles. Como Estados Unidos posee vastas reservas de hidrocarburos, esto alienta un nivel de producción superior a la demanda, que provoca una subvaluación sistemática de los combustibles fósiles.
Pero el panorama del sector energético está cambiando, como resultado del veloz encarecimiento de la energía para los hogares estadounidenses y el derrumbe de costos de las renovables. El problema es que el presidente estadounidense Donald Trump, aunque reconoce que el modelo de crecimiento estadounidense basado en el consumo depende de un suministro barato y abundante de energía, lo equipara a los combustibles fósiles, con lo que confunde correlación histórica con causación.
La agenda extractivista de Trump busca impulsar la producción gaspetrolera, mientras otros países están en un proceso de abandonar los combustibles fósiles. La “ley grande y hermosa” de su gobierno aumentó los subsidios a la industria gaspetrolera y derogó casi todas las exenciones tributarias que había establecido la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de la presidencia Biden para acelerar la adopción de las energías limpias.
Un estudio del ZERO Lab de la Universidad de Princeton previó que en 2030, la “ley grande y hermosa” sumaría 28 mil millones de dólares a los costos energéticos de los hogares y las empresas estadounidenses. Un año después de la aprobación de la ley, ya parece que la predicción va camino de hacerse realidad, e incluso puede ser que haya sido demasiado optimista, ya que las perturbaciones en el suministro provocadas por la guerra con Irán y el auge de los centros de datos para inteligencia artificial están provocando un gran encarecimiento de la energía. El año pasado, los centros de datos representaron alrededor de la mitad del aumento de la demanda de electricidad en los Estados Unidos, y en algunas regiones, su veloz expansión puede encarecer hasta un 25 % las facturas de electricidad de los consumidores en 2030.
En tanto, las energías renovables no dejan de abaratarse. En 2024, la energía eólica y la solar fueron, respectivamente, un 53 % y 41 % más baratas que los combustibles fósiles. Las graves alteraciones en el suministro mundial de gas y petróleo como consecuencia del prolongado cierre del estrecho de Ormuz llevaron a países de todo el mundo a adoptar las energías renovables, apelando para ello a tecnologías verdes cuyo principal fabricante es China. Incluso en Estados Unidos, la demanda de vehículos eléctricos se disparó junto con la inflación.
La economía de consumo estadounidense ya no puede funcionar con combustibles fósiles. Para mantener el crecimiento, Estados Unidos debe seguir el ejemplo de otros países y extender el uso de las energías renovables. Un primer paso obvio es reactivar la Ley de Reducción de la Inflación, cuyo énfasis estaba puesto en el suministro abundante de energía.
Es verdad que muchos funcionarios estadounidenses y de la Unión Europea están preocupados por los riesgos que puede plantear la tecnología verde china en materia de seguridad; la UE incluso ha dado pasos en dirección a prohibir el uso de inversores de electricidad procedentes de China. Pero la mejor manera de dar respuesta a estas inquietudes es modernizar los procesos fabriles actuales para permitir la producción local de componentes de alto riesgo (por ejemplo inversores) mientras se siguen importando piezas seguras y de bajo costo, por ejemplo paneles solares. Obligaría a aplicar una política industrial, pero nada fuera de lo habitual.
El empecinamiento de la administración Trump en ignorar las energías limpias no sólo es costoso, sino también una amenaza al crecimiento económico a largo plazo. La represión activa de las energías renovables en un contexto de encarecimiento constante de los combustibles fósiles es una sentencia de muerte para un modelo de crecimiento basado en la promesa de suministro barato de energía. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Daniel Driscoll, profesor asistente de Sociología en la Universidad de Virginia e investigador no residente del Instituto Roosevelt, es autor de Why Carbon Taxes Failed (que saldrá publicado por Oxford University Press en agosto de 2026).