Estados Unidos y China: ¿Quién necesita hoy más al otro?
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Donald Trump llegó a Pekín rodeado de símbolos cuidadosamente calculados. En la comitiva venían Elon Musk, Tim Cook, Jensen Huang, Larry Fink y Kelly Ortberg, CEO de Boeing —la plana mayor del capitalismo estadounidense viajando con el presidente al país que durante años se nos vendió como el gran adversario—. La recepción del jueves 14 en el Gran Salón del Pueblo fue impecable: himnos, guardia de honor, banquete de Estado y recorrido por el Templo del Cielo. Detrás de la escenografía queda una pregunta más profunda: ¿quién necesita hoy más al otro?
El propio Xi marcó el tono al recibir a Trump: “Debemos hacer que funcione y nunca arruinarla”. Ambos líderes acordaron construir una “relación constructiva de estabilidad estratégica” como marco para los próximos tres años. Sobre el Estrecho de Ormuz —verdadero motor de urgencia del viaje—, coincidieron en que “debe permanecer abierto”. No hubo, sin embargo, compromiso concreto de Pekín para mediar con Teherán. Sobre Taiwán, Marco Rubio salió a aclarar que la política estadounidense “no ha cambiado”. Gestos amplios, sustancia limitada.
Durante décadas, Washington fue el centro indiscutible del orden mundial. Imponía reglas, sanciones, rutas financieras y prioridades estratégicas. Hace veinte años Estados Unidos lideraba en 60 de 64 tecnologías críticas; hoy lidera apenas en siete. La participación del dólar en reservas globales cayó de 72 por ciento a menos de 57 por ciento, su nivel más bajo desde 1995. Los BRICS liquidan ya cerca del 67 por ciento de su comercio intra-bloque en monedas locales. China gradúa cuatro veces más ingenieros STEM y compite en inteligencia artificial, baterías, computación cuántica y semiconductores. Doce días antes de la cumbre, su Ministerio de Comercio activó por primera vez el “Anuncio Número 21”, que obliga a empresas chinas a no acatar sanciones extraterritoriales estadounidenses.
Nada de esto significa un derrumbe inmediato de Estados Unidos. El dólar todavía mueve el 88 por ciento de las transacciones globales, sus universidades dominan los rankings y Silicon Valley marca el ritmo en numerosos campos. Pero el mundo ya no se ve unipolar como hace veinte años.
La cumbre exhibe también un contraste de fondo: dos formas de ejercer el poder. El Council on Foreign Relations lo resumió con precisión: “Objetivos distintos, misma foto. Trump llega buscando titulares y momentum visible antes de las intermedias. Xi juega el juego largo, enfocado en paciencia estratégica más que en compromisos sustantivos”. Es la asimetría entre el ciclo electoral y el horizonte de décadas.
Trump regresará vendiendo acuerdos —probablemente compras agrícolas, aviones Boeing y promesas industriales—. Conviene recordar que en su visita de 2017 anunció 250 mil millones de dólares en negocios que jamás se materializaron. Esta vez podría anunciar cifras todavía mayores. La pregunta es cuánto será firma real y cuánto coreografía electoral.
Sería un error, sin embargo, idealizar a Pekín. China enfrenta problemas profundos: envejecimiento poblacional, crisis inmobiliaria, desempleo juvenil, endeudamiento regional y tensiones sociales que rara vez aparecen en su narrativa oficial. Estados Unidos, China y la Unión Europea concentran hoy el 60 por ciento del PIB mundial: ninguno puede prescindir del otro sin pagar costos enormes.
Lo verdaderamente importante quizá no sea quién “ganó” la cumbre, sino reconocer que el equilibrio global está cambiando. Estados Unidos sigue siendo una potencia extraordinaria, pero ya no actúa en un escenario donde nadie puede disputarle espacio. China ha dejado de ser actor secundario y ahora obliga a Washington a negociar, adaptarse y compartir influencia.
Por eso la imagen más significativa no estuvo en los discursos ni en los comunicados. Estuvo en el hecho mismo de viajar a Pekín. Los símbolos, en política internacional, también hablan. Y el mundo entero los observa.