La gran Norteamérica: el imperio que se contrae

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Opinión
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La insistencia de Donald Trump en construir una “gran Norteamérica” —que abarcaría desde Groenlandia hasta el Canal de Panamá, con Canadá y México subordinados al designio de Washington— no debe leerse como una excentricidad personal ni como simple bravuconada electoral. Es algo más serio y, paradójicamente, más revelador: es la respuesta defensiva de un imperio que ya no puede sostener su dominio global y se repliega a un perímetro hemisférico que cree poder controlar.

Cuando Estados Unidos era hegemón indiscutido, entre 1990 y 2010, no necesitaba anexar Groenlandia ni renombrar el Golfo de México. El sistema neoliberal le garantizaba acceso a todo: minerales chinos, manufactura mexicana, finanzas londinenses, energía del Golfo Pérsico. Hoy ese mundo se desmorona. China disputa la hegemonía tecnológica, el dólar perdió 13 por ciento frente al euro en 2025, el oro subió 65 por ciento, y las cadenas de suministro globales se fragmentan en bloques regionales. Trump no inventó esta fragmentación; la está acelerando con sus aranceles, sus amenazas y ahora con una guerra en Irán que se le ha salido de las manos.

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La guerra contra Irán, iniciada el 28 de febrero, ilustra el problema. Lo que Washington imaginó como una operación quirúrgica de pocas semanas lleva ya dos meses, con el Estrecho de Ormuz cerrado de facto, la gasolina sobre los cuatro dólares por galón, el FMI recortando el crecimiento mundial al 3.1 por ciento y el Programa Mundial de Alimentos advirtiendo que 45 millones de personas más podrían sufrir hambre aguda. Cada día de ese conflicto convence más a China, India, Brasil y Sudáfrica de que necesitan sistemas de pago, energéticos y comerciales fuera del control estadounidense. Mientras el mundo se le escapa, Washington apresura la consolidación de su patio trasero: Groenlandia por las tierras raras, Panamá por el comercio interoceánico, Canadá por los recursos, México por la manufactura y la mano de obra.

Aquí México enfrenta una paradoja. Por un lado, la fragmentación lo favorece: el T-MEC lo ubica en el bloque privilegiado, las inversiones del nearshoring huyen de Asia hacia el norte mexicano, las remesas crecen, y la integración productiva con Estados Unidos —donde un automóvil cruza la frontera siete u ocho veces antes de venderse— le da una palanca de negociación que ningún protectorado clásico tuvo. Por otro lado, estar dentro del bloque cobra peaje: presión para alinearse contra China, exigencias en materia de seguridad fronteriza, amenazas arancelarias recurrentes, y el riesgo permanente de quedar atrapados como simple periferia industrial del proyecto imperial. La presidenta Sheinbaum camina esa cuerda floja con prudencia: aprovechar la integración sin entregar la soberanía, y rechazar con firmeza tanto la pretensión de la “gran Norteamérica” como el ridículo de convertir el Golfo de México en Golfo de América.

Lo que el cálculo de Trump no incorpora es que México no es Groenlandia. Hay 37 millones de personas de origen mexicano en Estados Unidos, con peso electoral creciente en Texas, Arizona y California. La agricultura estadounidense depende del trabajador mexicano. La industria automotriz de ambos países está tan integrada que romperla le reventaría a Washington antes que a nosotros. Esa interdependencia es nuestra mejor defensa, mucho más eficaz que cualquier reclamo histórico sobre los territorios perdidos en 1848.

La pregunta abierta es si México sabrá aprovechar la contracción imperial para ganar autonomía relativa, o si terminará absorbido en una versión modernizada de la Doctrina Monroe. La fragmentación capitalista no es democrática: redistribuye costos y beneficios, casi siempre en perjuicio de los más vulnerables, tanto dentro de Estados Unidos —donde la riqueza se concentra en una minoría mientras la mayoría se empobrece— como en el Sur global, que paga la inflación energética y la disrupción comercial. La “gran Norteamérica” no es el regreso del imperio triunfante, sino el último gesto de uno que se sabe en declive. México no debería temerle: debería leerlo con frialdad y negociar desde esa posición.

Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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