Éste era un rey
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El cuento que te voy a contar hoy lo oí junto al fogón de una cocina en el Potrero de Ábrego, mi paraíso particular en ese paraíso que es la Sierra de Arteaga. Debe ser muy vieja narración: Don Santos Orzúa, que me lo contó, me dijo que él escuchó el cuento de labios de su abuelo, que era niño cuando llegaron soldados al Potrero a requisar caballos para la guerra del francés. He aquí el cuento.
Éste era un rey que gobernaba a sus súbditos con rigurosa severidad y saña cruel. Las leyes del Dracón eran suavísimas invitaciones versallescas comparadas con los terribles ucases de aquel monarca que no conocía el suave bálsamo de la piedad.
Sucedió una vez que un muchacho incurrió en la cólera del rey. Por quitame allá esas pajas el tirano lo condenó a morir. Fueron inútiles los ruegos de su madre, que entre sollozos pidió de rodillas al soberano que no le quitara a su hijo, fruto de su juventud y esperanza única de su ancianidad. El rey, inconmovible, se negó a oír las súplicas desgarradoras, e hizo que rudos alguaciles quitaran de su presencia a la mujer.
Llegó el día en que el muchacho debía de morir, y el rey se dirigió al cadalso a presenciar la ejecución. Ordenó que le llevaran al reo, y cuando lo tuvo delante le preguntó si quería decir algo.
–Nada –respondió el joven–. Lo único que siento es que no podré ya oír hablar a mi caballo, cuando tan adelantado iba en las lecciones para aprender la lengua.
–¿Qué dices? –preguntó el monarca frunciendo el entrecejo–. ¿Qué es eso de enseñar a hablar a tu caballo?
–Sí, Su Majestad –explicó el muchacho con aire de profunda tristeza–. Estaba en buena vía de conseguir que mi caballo hablara, pero ahora que muero la enseñanza se interrumpirá.
–¿Un caballo que habla? –dijo el rey–. Jamás había oído decir semejante despropósito.
–Es cosa verdadera, Su Majestad –dijo el muchacho–. El rey vecino tiene dos caballos parlantes y una yegua cantadora.
El rey se quedó pensando por un momento y luego preguntó:
–¿Y crees que podrías enseñar a mi caballo a hablar?
–Desde luego que sí –respondió el joven–. Aunque el animalito tenga la misma inteligencia que Su Majestad yo puedo hacerlo hablar.
–¿Y cuánto tiempo necesitarías para ello? –inquirió con cautela el rey.
–Un año solamente –dijo el joven–. El método que empleo es eficaz.
–Te concedo ese tiempo –manifestó el monarca–. Pero si al cabo de un año no logras que hable mi caballo, entonces morirás.
De regreso en su celda un compañero de infortunio preguntaba al joven:
–¿Qué invención es ésa del caballo que enseñarás a hablar? De sobra sabes que los caballos no hablan.
–Mira –le explicó el muchacho–. El rey me dio de plazo un año. Y en un año pueden suceder muchas cosas. Se puede morir el rey. Me puedo morir yo. Y quién sabe, a lo mejor hasta el cabrón caballo aprende a hablar.