Europa está perdiendo la batalla de la seguridad energética frente a China

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Opinión
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China tiene una clara ventaja competitiva. La electricidad ya representa más o menos el 30 % de su consumo total de energía, mientras que la UE todavía depende de los combustibles fósiles importados y de las tecnologías limpias extranjeras

Por Emmanuel Guérin, Project Syndicate.

PARÍS- La guerra en Irán generó una drástica redistribución de la riqueza mundial. Este año la industria gaspetrolera estadounidense se embolsará no menos de 60 mil millones de dólares en ganancias extraordinarias, y es posible que Rusia obtenga hasta 100 mil millones de dólares de ingreso fiscal adicional. Pero casi todas las economías (incluidas las exportadoras de energía) enfrentan desaceleración del crecimiento, aumento de la inflación y una posible persistencia de tipos de interés altos.

La divisoria más clara atraviesa el estrecho de Ormuz, ya que su cierre puso de manifiesto la intensa dependencia de Asia respecto de la energía del Golfo. También Europa está pagando un alto precio: desde que empezó la guerra en Irán, la Unión Europea lleva gastado un adicional de 24 mil millones de euros (28 mil millones de dólares) en combustibles fósiles importados.

Al mismo tiempo, esta crisis está redefiniendo la seguridad energética. En el siglo XX era sinónimo de acceso fiable a petróleo y gas. Hoy la seguridad energética depende cada vez más de la capacidad para electrificar rápidamente, producir energía limpia local y controlar las tecnologías y cadenas de suministro de las que dependerán los sistemas de electricidad del futuro.

Según estos criterios, China tiene una clara ventaja competitiva. La electricidad ya representa más o menos el 30 % de su consumo total de energía, frente a 20 % en Estados Unidos y Europa. La UE (a pesar de sus aspiraciones climáticas y de sus metas de electrificación) todavía depende de los combustibles fósiles importados y de las tecnologías limpias extranjeras.

Igual de sorprendente es la divergencia dentro de Europa. España, por ejemplo, se ha creado cierta protección contra la volatilidad de los combustibles fósiles, ya que las energías renovables definen el precio mayorista de la electricidad (60 euros por megavatio‑hora en promedio) durante más o menos un 80 % del tiempo. Italia, en cambio, sigue muy expuesta al mercado del gas natural, con precios de la electricidad que rondan los 130 euros por megavatio‑hora.

La iniciativa AccelerateEU de la Comisión Europea refleja la urgencia de la electrificación. Este paquete de medidas busca frenar el encarecimiento de la energía y reducir la dependencia del bloque respecto de la importación de combustibles fósiles, mediante la ampliación del uso de vehículos eléctricos, bombas de calor y energías renovables, el fortalecimiento de las redes de electricidad y la creación de capacidad de almacenamiento. Pero carece de la financiación necesaria para alcanzar sus objetivos declarados. Sin una estrategia de inversión creíble, corre riesgo de no pasar de ser un mero entramado de aspiraciones en vez de convertirse en un plan coherente.

China, por el contrario, lleva décadas de construir un sistema de electrificación integrado, asegurarse acceso a minerales críticos, ampliar su dominio del refinado, extender el uso de energías renovables, baterías y vehículos eléctricos y electrificar la base industrial. Eso le ha conferido el control de puntos estratégicos en la cadena de valor de la energía limpia.

Como incluso antes de esta crisis de la energía los precios de la electricidad industrial en Europa eran más o menos dos veces los de China, es probable que la transición de un mundo dominado por petroestados a otro configurado por electroestados se acelere. El acceso a electricidad barata se volverá sinónimo de autonomía estratégica e influencia geopolítica. Aunque en lo inmediato Estados Unidos y Rusia sean los países que más se beneficien por la crisis de los combustibles fósiles, con el tiempo la balanza se inclinará hacia China.

Europa todavía puede usar la transición energética en provecho propio, pero para eso no bastarán nuevas metas y regulaciones. Se necesitan inversiones a gran escala y una política industrial bien diseñada, ya que de lo contrario, Europa corre riesgo de pasar de la dependencia del gas y el petróleo del Golfo a la dependencia de las tecnologías limpias chinas.

Un hecho alentador es que la UE ya empezó a crear el marco regulatorio necesario para dar apoyo al cambio. En particular, la Ley de Industria Cero Emisiones, la Ley de Materias Primas Fundamentales, la Ley de Chips y la Ley de Aceleración Industrial buscan asegurar el control de componentes críticos de la economía electrificada apelando a fortalecer la base industrial y las capacidades tecnológicas de Europa y garantizar el acceso a insumos esenciales.

Estas iniciativas también son señal de una estrategia de política industrial más asertiva. Los procesos de compra pública, las ayudas estatales y otras herramientas están cada vez más orientados a dar apoyo a la producción descarbonizada dentro de Europa o en cadenas de suministro fiables. En este sentido, Europa comienza (cautamente) a jugar el mismo juego estratégico de China.

Pero la principal restricción es la financiación. Como dejó claro el informe Draghi (2024) sobre la competitividad de la UE, la transición a la energía limpia demanda una inversión mucho más grande que los recursos actuales del bloque. Esto pone de manifiesto la necesidad urgente de crear instrumentos de financiación comunes (entre ellos eurobonos) que permitan sostener el gasto necesario.

Europa todavía está a tiempo para ponerse al día. Pero si no acompaña sus aspiraciones regulatorias con inversión sostenida, seguirá siendo fuerte en lo normativo y débil en los resultados. En un mundo definido por la política industrial y la competencia geopolítica, hay poco margen para medias tintas. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Emmanuel Guérin es vicedecano de la Paris Climate School en el Institut d’études politiques de Paris (Sciences Po).

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