Expresidentes: la vida después del poder

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Opinión
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El tiempo los termina devolviendo poco a poco a su dimensión de personas comunes, aunque carguen con el peso de la historia

“Los expresidentes somos como jarrones chinos en apartamentos pequeños; todos les suponen un gran valor, pero nadie sabe dónde ponerlos”.

Felipe González, presidente del Gobierno de España 1982-1996.

El año pasado me tocó convivir un par de días con el expresidente Felipe Calderón, en mayo de 2025. Hace un par de semanas me tocó con el expresidente Vicente Fox. Ambos en el marco de la Cumbre de Comercio de la Ciudad de Eagle Pass, Texas, donde acudieron como oradores principales del evento.

Hay algo extraño en la vida de los expresidentes mexicanos. Durante seis años, el país gira alrededor de ellos. Todo pasa por su escritorio: decisiones, crisis, presiones y tragedias nacionales. La figura presidencial absorbe la conversación pública, pero termina el sexenio y el sistema político parece expulsarlos rápidamente. Entonces comienza otra etapa: la vida sin el poder.

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La historia nos dice que la edad y el tiempo inyectan a los expresidentes paciencia y tranquilidad. Ya no hablan con la tensión del político en funciones ni con la urgencia de ganar un debate. Hablan más bien desde la experiencia acumulada. En ambos exmandatarios percibí una preocupación genuina por México, menos partidista, más trascendental e histórica. Calderón mantiene una agenda internacional intensa. Conferencias, foros y encuentros académicos forman parte de su vida cotidiana. Trae una energía increíble. Fox, en cambio, se mantiene en México y suele visitar Estados Unidos. Vive en su rancho, en San Francisco del Rincón, Guanajuato, sede del Centro Fox. A sus 83 años recorre el país, participa en encuentros universitarios, sociales y políticos, con esa espontaneidad que siempre lo caracterizó.

En las redes sociales pareciera que los expresidentes viven permanentemente repudiados. Hacen pensar que caminar por espacios públicos sería incómodo o imposible para ellos. Seguridad obligatoria como mínimo. La realidad es muy distinta, quizá porque la gran mayoría de la gente no está en ese debate diario y polarizado. Al menos en Eagle Pass y San Antonio, Texas, yo vi otra cosa completamente distinta. En el evento, que es público, apartidista y lleno de mexicanos, las críticas brillaron por su ausencia. Más de una hora de fotos. Saben a lo que van, están preparados y lo disfrutan.

Luego vienen los restaurantes, la necesaria parada en la farmacia, la escala técnica en la carretera, el hotel y, finalmente, el aeropuerto. En todos lados ocurría exactamente lo mismo: personas acercándose a saludarlos, pidiendo fotografías o simplemente para estrecharles la mano. Lo que parecía una parada rápida terminaba convertida en una fila de selfies. Hasta los agentes de la patrulla fronteriza, en el punto de inspección que está a la salida de Eagle Pass, pidieron su foto. En San Antonio, tuvimos que advertir a los invitados a un desayuno que no habría fotos porque había que llegar al aeropuerto y el avión no espera. De poco sirvió: la selfie rápida todo lo puede.

Me llamaron especialmente la atención los padres que acercaban a sus hijos pequeños, de no más de 10 años. La escena cambia completamente. Ya no es la selfie; ahí hay un deseo genuino de convertir ese instante en una pequeña lección de historia. “Mira, él fue Presidente de México, salúdalo”. “¿Cómo te llamas?”. “¿De dónde vienen?”. Conversaciones de un minuto. ¿Dónde están esos críticos feroces? Yo vi otra actitud: curiosidad, respeto e incluso afecto. Una figura histórica con la que vale la pena tomarse una foto, para los recuerdos o para presumirla en redes sociales. Nunca falta el voto duro ni quienes los animan a seguir participando, casi siempre acompañando la fotografía con alguna crítica al gobierno actual o con nostalgia por tiempos pasados. Y ellos escuchan con paciencia. Sin la rigidez del poder. Sin la parafernalia presidencial.

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Ambos presidentes son profundamente familiares. Tanto Fox como Calderón son papás normales, y Fox ya es también abuelo. Manejar el vehículo que los transporta me hace imposible no escuchar las llamadas típicas que todos tenemos con nuestra familia inmediata. Hablan constantemente con ellos, esposa o hijos; consultan horarios, viajes, pendientes familiares y terminan con el comentario afectuoso.

No me cabe duda de que los expresidentes disfrutan del “apapacho” de la gente, pese a que el cuerpo ya les reclama pausas y el cansancio físico comienza a notarse, más en Fox, con 83 años, aunque ya quisiera tener esa energía a su edad. Calderón, con 63, conserva una energía distinta y resiste los viajes y las jornadas largas, precedidas del ejercicio físico diario.

Parece que esto es lo que termina haciendo el tiempo con los expresidentes: devolverlos poco a poco a su dimensión de personas comunes, aunque sigan cargando con el peso de la historia. El tiempo pone todo en su lugar. Nos aleja de las pasiones desbordadas y reintroduce a los exmandatarios a una sociedad que, en el análisis final, los aprecia, los respeta, los olvida o los critica, pero con moderación y templanza.

Facebook: Chuy Ramírez

Columna: Regresando a las Fuentes

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