Falsas amenazas de hechos violentos; ¿sólo son bromas de mal gusto?
Que alguien alerte falsamente a las autoridades no puede considerarse ‘divertido’ bajo ningún argumento. Pero limitarse a condenar la actitud es insuficiente para entender y corregir el problema
Han transcurrido más de tres años desde que la mañana del 10 de enero de 2020 un niño de apenas 11 años, alumno de una escuela de la ciudad de Torreón, nos estremeció a todos con los hechos de los cuales fue protagonista: un fenómeno que solemos considerar propio de sociedades “descompuestas” -como la estadounidense- había llegado a nosotros.
¿Se trataba de un hecho aislado o estábamos ante el primer aviso de un fenómeno que comenzaría a convertirse en “cosa común” en nuestras comunidades? No había forma de saberlo en aquel momento, pero la violencia de los sucesos obligaban, sin duda alguna, a considerar todas las posibilidades.
Tres años después la respuesta sigue siendo ambivalente pero con un matiz: desde lo ocurrido en el Colegio Cervantes de Torreón, las alarmas se han disparado en la entidad al menos en 23 ocasiones, porque alguien ha “advertido” sobre la posibilidad de un episodio violento.
La más reciente ocasión en que la alarma se encendió ocurrió la semana pasada, en Saltillo, cuando un exalumno de la Universidad Autónoma del Noreste advirtió a sus otrora compañeros de clase de estar preparando una masacre en la institución.
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Todos los episodios registrados hasta ahora han sido, para fortuna colectiva, falsas alarmas. Sin embargo, el que las amenazas no se hayan traducido en hechos concretos no implica minimizar el hecho o considerar que no hay necesidad de profundizar en lo ocurrido.
Incluso si solo se tratara de “bromas”, las autoridades educativas y de seguridad, así como los padres de familia, están obligados a diseccionar los hechos e intentar comprenderlos de la manera más completa posible.
Porque en cualquier caso estamos ante una conducta que resulta dañina para la comunidad, pues el alertar de forma constante -pero falsamente- a las autoridades puede provocar que se adormezcan los músculos que nos mantiene alertas y permiten a las instituciones reaccionar de forma adecuada ante las amenazas reales.
Y no se trata solamente de educar en la responsabilidad sino de averiguar las razones por las cuales, quienes realizan este tipo de “bromas” carecen de los resortes morales que les impiden entender que no hay nada de gracioso o divertido en actuar de esa forma.
Ignorar la alerta que provocan estos hechos implica el riesgo de estar incubando conductas aún peores, pues si lo que se está atrofiando de forma colectiva son los resortes morales para identificar los correcto y lo incorrecto, o lo dañino y lo deseable, sin duda debemos poner mayor atención a la forma en la cual estamos formando a las nuevas generaciones.
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No es normal -y no podemos considerarlo así- que una persona -sea quien sea- lance una amenaza tan grave como desatar un tiroteo en una escuela, o advierta sobre la existencia de un artefacto explosivo, y juzgue dicha conducta como un “entretenimiento”. Ignorar el problema que existe detrás de tal conducta podría costarnos muy caro.