Fiscalía de Nuevo León: un ejemplo de perversidad
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La detención del Director General de VANGUARDIA, el viernes pasado en Nuevo León, forma parte de una trama delincuencial de la cual participa la propia Fiscalía de ese estado
El viernes pasado, el Director General de esta casa editora fue ilegalmente detenido en el aeropuerto de Monterrey mediante un operativo que implicó movilizar un aberrante número de elementos de la policía, así como vehículos, como si de un peligroso delincuente internacional se tratara. Como si la intención fuera conjurar un grave peligro que acechara a la población.
De acuerdo con los datos que a nuestro Director General proporcionó uno de los agentes que participó en su detención, debido a que no tenían claro por cuál de las tres terminales del aeródromo habría de ingresar para el proceso de abordaje del vuelo que, con destino a Guadalajara, tenía programado, se decidió desplegar “equipos de intercepción” en las tres.
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Pero no sólo eso: como el propósito era asegurarse, al costo que fuera, de cumplir con su “encomienda”, los elementos de la Fiscalía dispusieron lo necesario para no fallar: apostaron equipos de arresto tanto en los filtros de seguridad como en las salas de última espera, en cada una de las terminales del aeropuerto.
Si nos atenemos a la cifra proporcionada por el elemento policial, es dable considerar que cada grupo estaría integrado por el mismo número de elementos. El que arrestó a nuestro Director estaba integrado por cuatro personas, entre ellas una agente de género femenino. Así, al menos 24 policías, pagados por los impuestos de los neoleoneses, fueron desplegados durante la mañana del viernes pasado para ejecutar el operativo.
Más aún: además de los policías que lo detuvieron, Armando Castilla observó al menos cuatro unidades –dos de la Fiscalía y dos de la Guardia Nacional– fuera de la Terminal “A”, por la cual estaba programado el abordaje de su vuelo. Al menos un elemento más por cada unidad y cuatro unidades por terminal...
Un despropósito de carácter monumental.
Sobre todo si se toma en cuenta una cosa: el operativo desplegado tenía como propósito arrestar a una persona a quien se le había fabricado –literalmente– un delito. Y la fabricación fue realizada con la connivencia –cuando no la abierta complicidad– de la Fiscalía de Nuevo León.
Porque en la vecina entidad se ha instalado una auténtica “industria”, desde las instituciones que debieran combatir los delitos, dedicada a extorsionar a todo aquel que tiene la mala suerte de caer en sus redes. Esa, y no otra, es la explicación del atropello del que ha sido objeto el Director General de esta casa editora.
Para buena fortuna suya, los apandillados que urdieron el plan cometieron dos errores fundamentales: no consideraron la enorme solidaridad que el atropello despertaría dentro y fuera del gremio periodístico y se equivocaron en la fecha que escogieron para ubicar los hechos.
El retrato de lo ocurrido tendría que preocuparnos –y ocuparnos– a todos. Porque todos podemos convertirnos, en cualquier momento, en víctimas de dicho entramado.