Hablemos de Dios 279: La paz de los sepulcros
Dios lo es todo. Al menos para mí. Aunque tenga fe rota. ¿Para otros? Es nada. Con altas y bajas, como lo es la vida, pero busco y hablo de Dios. Siempre. Desde que era mozuelo. Le insisto en lo mismo: lo busco con mi sesera. Con mi razón y pensamiento. Muy poco con mi corazón y sentimientos. El corazón y los sentimientos estorban, usted lo sabe. Apenas y salió de su recámara. Apenas y salió de su pueblo. La gran Emily Dickinson. Apenas y vio dos o tres poemas de ella publicados en letra redonda en vida. Pero su hondura al día de hoy es prodigiosa y marca una gran influencia en la poesía universal. Dicen dos versos de la gran Dickinson:
“El éxito resulta más dulce
Para quienes nunca lo alcanzan”.
Trasladando la anterior idea al plano de Dios, ¿si acaso alcanzamos a Dios y lo dimensionamos, sería sinónimo de éxito o fracaso? ¿Dios es luz y éxito para usted o bien, es oscuridad y fracaso? Antes de morir en 1851, el pintor William Turner exclamó: “El sol es Dios”. Y sí, empiezan los problemas: si creemos o tenemos la idea de que Dios es el sol, la naturaleza, el agua, la llanura, la montaña, ¿estamos regresando a un muy superado entrecomillas, panteísmo? Sí, todo es Dios. Cosa en teoría y sólo en teoría, repito, muy superada hace siglos.
Usted y yo hemos crecido juntos al hablar de Dios. No quiero convencer a nadie con mis ideas y palabras. Sino lo contrario: nos nutrimos mutuamente. Tengo muchos pendientes al respecto. Abordar a nuestros autores y poetas favoritos en clave divina. Tratar de desmontarlos en sus versos y sus sílabas y escudriñar sus ideas de Dios y la divinidad. Tarea titánica sin duda, pero necesaria. Y creo usted lo sabe: no es la meta, sino el viaje, el placer del viaje. ¿Meta? ¿Llegar a Dios mismo? Ja. Para mí, cosa imposible.
De entre tantos casos y ejemplos, es la poderosa poesía de un alemán, atormentado como todos, Friedrich Holderlin. Usted lo sabe: murió en el infierno de la locura, el alejamiento total o simple contacto con seres humanos; la incomprensión, la enfermedad. Y claro, el encierro en sí mismo. La cárcel del ser humano más poderosa y cruel es uno mismo. Lo he leído en su momento. Lo sigo leyendo o releyendo. Pero hoy, tengo en mis manos una antología de su poesía publicada por la editorial Cátedra.
Leo el libro oteándolo. No de corridito, sino aleatoriamente. Y le repito lo que usted y yo hemos comentado aquí: los grandes autores, como el caso de Friedrich Holderlin, aceptan múltiples lecturas, nos otorgan aristas insospechadas y nos hacen pensar. Algo ya hoy en día en desuso: pensar. Con Friedrich Holderlin podemos caminar con él de la mano en su obra y aprendemos del clima y su influencia para escribir o no escribir. Nos habla de Dios (o su ausencia), nos habla del amor (o su ausencia), nos habla de esa eterna dualidad o contraste eterno: noche y día, luz y oscuridad, éxito o fracaso, vida o muerte...
Por lo general, como lo dijo el pintor en sus últimos momentos, asociamos a Dios con la luz y el sol. Culto solar, pues. Asociamos a Dios y desde tiempos antiguos, con la fertilidad, el campo florido, el agua en el riachuelo, el cielo henchido de luz y claridad... en fin. ¿Y la oscuridad? Pues es cosa mala, donde se convocan pasiones malsanas donde habita lo innombrable. La maldad, el mal pues.
ESQUINA-BAJAN
Lea usted lo siguiente del alemán que se volvió loco de amor. Es de nuevo, lo repito, el estado bucólico, perfecto para vivir y habitar, en contra de la llegada de las ciudades, la argamasa, el hierro y la cultura del descarte. Lea usted: “Como en día de fiesta, a ver el campo,/ por la mañana sale un labrador,/ .../ así están los poetas en clima favorable....”. Este estado campestre, bucólico, ideal para escribir en teoría, no pocas veces ese mismo e ideal bosque, al llegar la noche, se convierte en fauces, boca de lobo que te engulle. ¿Allí podemos encontrar a Dios? sin duda. Sin duda. Lea usted el siguiente cuarteto de nuestro autor:
“Cuando era joven, era feliz por las mañanas
Y de noche lloraba; ahora con más edad,
Comienzo vacilante mi día y, sin embargo,
Su final es sereno y sagrado”.
¿Lo nota verdad? Es la muerte, siempre la bienhechora muerte. A la cual, todos vamos. Más temprano que tarde. ¿Tenerle miedo y pavor? Mmh, sin duda, es natural. Pero contra lo que pueda pensarse, la muerte libera. La muerte nos hace eternos. Y es entonces y justo entonces, cuando se cumple nuestra vida terrena. A mí en lo particular, usted lo sabe, esa cosa de la luz, el sol y el calor demencial que me agobia y embota los sentidos, no se me da. Yo prefiero (incluso, lo añoro) la paz de los sepulcros, el silencio del cementerio, el rezo dilatado, el tono oscuro y fúnebre de la tarde cayendo en el horizonte....
En un canto lastimero por la musa (murió loco de amor, así mueren casi todos los poetas), Holderlin escribe: “Voy a partir. Quizá dentro de mucho tiempo,/ Diótima te vuelva a ver aquí./ pero exangüe estará entonces el deseo/ y en paz, cual difuntos”.
LETRAS MINÚSCULAS
Sí, la muerte trae paz que la vida no da. No es paradoja, es destino.