Café Montaigne 396: Fetiche erótico
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No tengo casa, no tengo auto, no tengo posesiones materiales, salvo mi buena y dotada biblioteca... Pero sí tengo algo muy valioso, lo cual voy a perder: el amor a mis semejantes, el amor a mis musas. Cuando muera, dicho amor y querencia se van a ir conmigo
El inmenso y gran Baruch de Spinoza escribió: “No hay esperanza sin temor, y no hay temor sin esperanza”. No es paradoja, es destino. Al menos en mi caso. ¿Abrigo esperanzas fingidas de estar de tiempo completo con la güera Jazmín? Sí, pero tengo miedo. ¿Abrigo esperanzas fingidas de enamorar o enamorarme a la par de la bella y rotunda Esther Alejandra? Sí, pero tengo miedo. Temor, dijo Spinoza, a quien le lanzaron piedras cuando puso en su sitio a todo mundo al hablar de Dios y la Biblia en su momento.
Al día de hoy, viejo y anciano a mis 61 años muy raspados, tal vez –y sólo tal vez– deba escribir un solo libro titulado: “Elogio de la Derrota”, es decir, mi derrota, con la cual me siento a gusto y a mis anchas. Lo repito, soy un tipo con la vida muy raspada: mi alcoholismo lo tengo controlado (eso espero), mi perra melancolía hace años no me muerde, la muy maldita (espero jamás me haga pedazos), y con mis toxinas andantes me siento muy a gusto. En fin, vivo la mejor etapa de mi vida... aunque soy un galimatías de razón, pensamiento y sentimientos.
“Elogio de la Derrota”. Se educa a los pobres mexicanos –y al mundo en general– enseñándoles lo siguiente: el mundo es de los ganadores, de aquellos que jamás se rinden, de quienes saltan cualquier escollo, sea pequeño o grande. Se educa al país con una patética filosofía: si te caes, es tiempo de levantarse y ser el mejor; prohibido darse por vencidos, porque la vida y el mundo pertenecen a los poderosos, y un largo etcétera. Cosa la cual es basura podrida...
Lo bien cierto es lo escrito por Lucio Anneo Séneca: el sabio no espera nada, pero no porque ya lo tenga todo y de todo, sino porque no teme perder nada. En el invierno de mi vida, ¿qué puedo perder? Nada. No tengo casa, no tengo auto, no tengo posesiones materiales, salvo mi buena y dotada biblioteca, la cual espero quede en manos de mis sobrinos y la valoren. Pero sí tengo algo muy valioso, lo cual voy a perder: el amor a mis semejantes, el amor a mis musas. Cuando muera, dicho amor y querencia se van a ir conmigo, y ya nada habrá que hacer al respecto.
Cosa curiosa, muchos humanos creen en una vida eterna fuera de esta vida. ¿Ser inmortal? Caramba, ¿a quién se le ocurre semejante idea estrafalaria, absurda y estúpida? No hay nada mejor que un motivo: descansar en paz, en el silencio del sepulcro, hasta ser agotado por los gusanos y larvas. Es aquello escrito en Eclesiastés, en la Biblia: “El muerto nada sabe, nada siente. El muerto, muerto está. Los muertos nada saben” (Eclesiastés 9.5).
– Jesús, ¿te puedo hacer una pregunta? Estoy enojada contigo. De hecho, estoy encabronada, escritor. ¿Por qué no me has pedido beber de tu vino tinto en mi ombligo hundido que tanto te gusta? Y luego lo dejo escurrir hasta mi sexo abierto para ti y allí te lo bebes, pero ¿por qué no lo hemos repetido? Eres un pedazo de baboso. Primero me enseñaste a disfrutar todo eso y ahora, nada, el señorito Jesús se hace del rogar. ¿Pasa algo?
En su “Diccionario Filosófico”, Comte-Sponville escribió: “Un individuo no puede seguir siendo él mismo si no evoluciona, aunque sea a regañadientes o lo mínimo posible. Vivir es crecer o envejecer, dos maneras de cambiar...”.
ESQUINA-BAJAN
– Nada pasa, güerita linda. Nada, Jaz. Tienes razón, ando distraído y no la he atendido como usted se merece. He tenido mucho trabajo, cosas pendientes y eso llamado vida misma. Pero ya la próxima ocasión voy a ser el mismo. De hecho, te traje esta maleta con algo para ti... sí, es ropa sexy. Como siempre. Usted lo sabe, soy fetichista. Te compré esto y usted me dice cuándo se la pone para mí...
-¡Ay, Jesusito! Esto es lo que quería ver y escuchar de ti, flaco. Gracias a Dios, ya eres el mismo de siempre. Me tenías preocupada, ¿ok? Pensé que andabas con una tipa. Pero veo que sí me quieres. De hecho, voy a abrir la maleta y voy a sacar lo que me trajiste, ¿ok? Y no te pongas así, yo puedo hacer lo que quiera aquí y en todo lugar, ¿estamos? Sirve que los meseros, que no me dejan de ver, también lo ven...
-Güera, ¡cómo crees! No. Bueno, sí, pero no. En fin, usted siempre tiene la razón y sabe lo que hace. Pero anda, saca lo que te traje para que los meseros del restaurante se mueran de envidia y de infarto...
Ese día le llevé en una pequeña maleta a la güera caramelo lo siguiente: tacones negros del número 4, una minifalda de encaje y tablones (colegiala, pues) negra y roja; un corpiño negro transparente y un collar de perro para ponérselo en el cuello y así pasearla en la habitación... nada de bragas. ¿Usted recuerda aquella escena donde Sharon Stone cruza las piernas en la película de “Obsesión Fatal”? Y no, no trae bragas. A Sharon Stone, el escritor Juan Marsé la definió como “una rubia incendiaria que pasa por ser el fetiche erótico más celebrado de la pantalla moderna”. Pues eso y no otra cosa es la güera Jazmín, regiomontana ella, para mí...
Lo fue sacando lentamente. Lo hizo a propósito, mientras todo el restaurante observaba. Lo fue poniendo milimétricamente y lo extendió en la mesa; cuando terminó, brindó conmigo y, claro, voz en cuello, lo dijo para todos...
LETRAS MINÚSCULAS
-¡Qué lindo!, Jesusito. ¿Y no me voy a poner calzones?... Esta patética historia de mi vejez continuará el próximo jueves...