Hablemos de Dios 300: Las letras que arden en su búsqueda
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Agradezco de corazón, palabra y pensamiento todos sus comentarios. ¿Está a favor de algunas letras de su servidor y le sirven en su vida cotidiana? Lo agradezco. ¿No le interesa en ocasiones lo más mínimo el planteamiento de mis ideas? Lo respeto. En nuestras diferencias está nuestra coincidencia mayor: intentar buscar y escudriñar a ese ser inasible llamado Dios. Y Dios tiene esas cualidades las cuales usted sabe de memoria: es omnisciente, ubicuo y omnipotente.
¿Usted está de acuerdo en dichos atributos, los cuestiona? Es cosa personal y unilateral, no imposición. Jamás. Le ruego ver el número de este encabezado “Hablemos de Dios 300”. Poco más de trescientos sábados buscando a Dios (al menos de mi parte). ¿He encontrado a ese llamado Dios y a su hijo Jesucristo para nosotros los católicos, no así para los hermanos judíos? Sí y no, no hay contradicción de por medio.
Le recuerdo y le digo de nuevo lo siguiente: los aciertos de estas reflexiones en letra redonda, no pocas veces son suyos, porque usted y nadie más me ha pedido textos al respecto con diferentes e interesantes aristas. Los errores de enfoque, si se puede llamar así a ciertas letras de su servidor, son sólo míos. Agradezco entonces a mis editores y cuerpo directivo de esta casa editora, VANGUARDIA, el generoso espacio destinado a este tema el cual no pasa de moda y si se agiganta.
Permitidme mi vanagloria y un tanto soberbia: no pocas veces me han invitado de diversos espacios educativos o grupos religiosos a compartir con ellos mis ideas. Lo agradezco enormemente. Y le recuerdo a usted: estudié sistemáticamente Teología en el ISER de don Antonio Usabiaga Guevara (†) alrededor de cinco/seis años. Pero en honor a la verdad y desde siempre, he andado buscando a Dios. Tal vez por esto y sólo por esto, soy escritor, específicamente poeta.
Y los poetas somos, amén de inservibles para el mundo real, unos inconformes y críticos de tiempo completo. Nunca estamos satisfechos con nada. Menos con Dios. Pero, caramba, ¿quién es Dios? ¿Es algún elemento conocido: tierra, aire, agua o fuego? ¿Es el universo todo o es como mucha gente le apellida: el “Gran Arquitecto del Universo”? ¿Dios es el tiempo? Por eso es inapresable. Tal vez sea lo anterior.
¿Recuerda usted la expresión de Pablo de Tarso? “Muero cada día...”. Frase lapidaria, nada poética y sí del mundo real, tan real la cual es lo siguiente en alusión y reflexión del divino ciego Jorge Luis Borges: se muere cada día, para resucitar cada día. Por eso muchos hermanos cristianos hablan de ello: renacer en Dios, en Jesucristo. No es baladí ni gratuito lo anterior. Pero caray, es tan difícil y duro. Es como apresar eso, el tiempo el cual nos asiste. Por eso en las paradojas de Zenón, Aquiles, el de los pies ligeros, nunca alcanza a la lenta tortuga (“burocracia”, le han bautizado unos sobrinos a su macilenta tortuga).
Repasando lecturas y autores para ofrecerle aquí nuevas letras, letras las cuales a mí en lo personal me hacen reflexionar una y otra vez. Quisieron los hados de los libros comparar, juntar o yuxtaponer en una sola hoja en blanco tres seminales: las de Jorge Luis Borges, las de Franz Kafka y unos versos perturbadores de un poeta el cual releo constantemente, el italiano Salvatore Quasimodo.
ESQUINA-BAJAN
No pocas veces en toda su obra, pero más en “Borges oral”, editado para Bruguera, el argentino universal habla o desliza una comparación: Dios es el tiempo, pero también, es fuego puro. Con citas eruditas de Pablo, san Agustín y otros, Borges habla de arder vivos, casi literalmente, para encontrar a Dios y saber de todo su poder.
Pero, rueda rodando, esto mismo lo escribe Franz Kafka en uno de sus libros. Lea usted un párrafo perturbador: “Antes de entrar en el recinto de lo sagrado debes quitarte los zapatos; pero no sólo los zapatos, sino todo, la ropa de viaje, el equipaje, y además la desnudez y todo lo que hay debajo de la misma, y luego la médula de la médula; finalmente lo que queda, y luego el resto, y luego todavía la apariencia del fuego eterno. Sólo el fuego mismo es absorbido por lo sagrado y se deja absorber por él, ninguno de los dos puede resistirse”.
¿Y si Dios es fuego al final de cuentas? Perturbador lo anterior. Da mucho lo cual pensar y divagar. Nacemos de un universo acuoso, voy a acuerdo (el vientre de la madre), pero al final de cuentas lo cual nos moldea es el fuego, como lo ha sido siempre: no lo crudo, sino lo cocido. La humanidad avanzó a pasos de gigante cuando domó una llama de fuego en el bosque. Desde entonces el fuego purifica, pero también condena y hiere.
¿Usted prefiere la luz confortable y segura del día o las tinieblas siniestras de la noche, voy de acuerdo, pero las cuales nos hacen pensar y meditar? Lea los siguientes versos de Salvatore Quasimodo:
“Cada uno está solo en el corazón de la tierra
Atravesado por un rayo de sol:
Y de pronto anochece”.
LETRAS MINÚSCULAS
Tal vez y sólo tal vez, en estos versos, en los vericuetos de sus líneas, Dios está allí. Y con nosotros... así sea siempre.