Café Montaigne 417: Hemingway, una obra para saborear
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– Jesusito en Chihuahua. Oye, babas, ¿por qué sabes tanto de todo? Mira que te admiro y respeto, aunque seas un viejo para mí. Y no te enojes, usted me lo ha dicho infinidad de veces. Así que ahora se aguanta, señorito Jesús. La verdad, creo que estoy enamorada de ti, flaco. Cuando veo a muchachos muy jóvenes en el restaurante o cuando salgo con mis compañeras y compañeros de trabajo a diversos lugares, la verdad digo: “¿cómo pueden platicar ese tipo de pendejadas y reírse así?”. Mira, no los critico, pero usted ya me tiene de su lado, con sus charlas, libros, música y palabras. Me has conquistado, pedazo de animal. Ni se me antoja estar o conocer a un joven, aunque estén todos guapos y sin pelos en la cara ni en el pecho como tú, simio guapo...
Le reviré a la güera caramelo mientras disfrutábamos un vino tinto de dudosa estirpe en el Gran Hotel Ancira, en Monterrey. Ese día llegó temprano el pianista, nos hizo una reverencia, nosotros correspondimos igual y le mandé una servilleta con un poco de pesos envueltos y el siguiente recado: “Maestro, ojalá pueda tocar algo de jazz, como siempre. Usted es el genio y artista, pero si trae algo de Art Tatum, gracias”.
El más grande pianista de jazz, naturalmente negro. ¿O debería escribir hombre de color? ¿De qué color: blanco, amarillo, jaspeado, verde...? En fin, era negro, así de sencillo; como los mejores jazzistas de la humanidad. Y sí, el maestro siguió primero unos acordes de Tatum y luego, claro, la improvisación como forma de comunicación. Una tardeada fenomenal. Pero bueno, le dije a la güerita lo siguiente...
“Jazmín, te tengo una mala noticia: mis pelos les gustan a dos señoritas de tu edad, bueno, una un poco mayor a la otra. Cada vez al vernos, se cuelgan de mi brazo, me abrazan, me dan beso en la mejilla y se la pasan restregándose en mi barba. Aunque de vez en cuando, por no rasurarme, me lo dicen y, claro, les pica mi bigote y barba hirsuta de a madre...”.
– ¡Ay, Dios mío! ¿Qué estás diciendo, soberano pedazo de baboso? Y el muy idiota que eres, todavía me lo dices en mi cara y ni siquiera te pones rojo ni nada. Mira, ya lo intuía. Voy a pagar la cuenta y me voy. Eres un grosero como todos, y yo que la estaba pasando tan bien...
– Son mis sobrinas, güerita...
– ¿Qué dijiste? Repítelo y levanta la mano y dime que es verdad. Eres un animal. Lo sabes. Ya me habías platicado de ellas. Bueno, no hay problema. Ya se me está pasando el mal rato, pero eres un baboso, eso nunca se te va a quitar. Y claro, vas a pagar la cuenta hoy y la próxima semana. Y olvídate de que te voy a cooperar. Aunque me gusta eso: somos dos disfrutando y los dos pagamos. Aunque bueno, nunca me dejas hacerlo. Pero esa enseñanza me ha gustado mucho: una debe tener honor, respeto, dignidad y su propia lana. Para gastar en lo que uno quiera... Oye, Jesús, ¿por qué se suicidó tu amigo, el gringo guapo?...
ESQUINA-BAJAN
Sí, Jazmín se refiere a Ernest Hemingway, de quien este año se cumplen 65 años de su suicidio. Le di a leer a la güera un libro, el cual le gustó harto y fue su noche de insomnio agradable: “El Viejo y el Mar”. Son poco más de 110 páginas, dependiendo de la editorial donde usted lo lea. Pero a la güera le ha gustado harto y me ha pedido más libros de mi “amigo el gringo que se suicidó y está guapo”. Le creo.
Terminando uno su mandato sobre la tierra, ¿es menester quitarse la vida? La verdad, no lo sé. El suicidio es cosa de valientes, no de cobardes. ¿Y cómo saber que uno ya cumplió aquí en la tierra? Imposible. Pero el Premio Nobel de Literatura se metió un plomazo en pleno rostro para ya no seguir entre los vivos y así unirse a la eternidad.
Estoy releyendo su obra –o leyendo, mejor dicho–. Tengo muchas omisiones y esta es una de ellas: no he leído todo lo escrito por el Nobel. Lo estoy disfrutando a mares. Le platico a Jazmín lo siguiente: “Mira, güera de mis ojos, la obra del ‘gringo guapo’ se saborea, se paladea, se vive letra a letra. Gracias a su erudición y gran estilo para describir platillos, comidas, vinos, cervezas y lugares míticos, debido a su pluma, pues uno viaja con él a dichos lugares: Cuba y sus peces gigantescos, las estepas africanas al pie del Kilimanjaro, los trofeos de caza de animales impensables y, claro, su ‘descubrimiento’ de los sanfermines españoles y las corridas de toros, sólo para varones bien nacidos. En fin...”.
– A ver, a ver, Jesusito en Chihuahua, espérate. ¿Qué diantres es eso de los ‘sanfermines’, con qué se come eso? Dijiste corridas de toros. ¿Tú has ido? ¿Te gusta ese salvajismo? Mira, la verdad, yo nunca he ido, pero como tú dices: debo ir a todo, probarlo todo, gustarlo todo y luego poder opinar. Cuando haya corrida de toros, ¿me llevas?
Al parecer, y digo “al parecer” porque los especialistas así lo han escrito, papá Ernest Hemingway nunca aprendió del todo el arte de las corridas de toros. Pero tampoco fue pose alguna. Lo bien cierto es lo siguiente: en su novela “Ahora Brilla el Sol” –aunque también se le encuentra o conoce como “Fiesta”– hay al menos cuatro páginas completas donde el maestro de la pluma hace una soberana descripción del arte de la tauromaquia. Sí, sólo parecido o emparentado con el arte de don Francisco de Goya... Una maravilla de letras.
LETRAS MINÚSCULAS
¿Usted ha ido a una corrida de toros? Es arte, no salvajismo. Y sí, voy a llevar a la güera. Adrenalina pura...