Hablemos de Dios 80
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Los estragos por la maldita pandemia apenas los vislumbramos en el horizonte. Los padecemos y todos, estoy de acuerdo, pero los resultados van a ser catastróficos en corto y mediano plazo. ¿Largo plazo? Tal vez ni estemos presenta ya, cuando eso suceda. De este tamaño es el reto de este virus chino el cual tiene al mundo de rodillas... menos a China. En fin, es tema de nuestro habitual encuentro en “Contraesquina”, pero aquí y hoy, lo hacemos desde el lado de la luz, desde el lado de Dios. Si es que aún tenemos a Dios dentro de nosotros.
Los estragos por la pandemia van a ser brutales. Ya lo son. Una de las aristas económicas o industrias que se destruyeron con la llegada de la maldita pandemia, fue casi la extinción de la industria editorial no solo mexicana, sino internacional. Han sobrevivido los grandes emporios editoriales que no siempre tienen u ofrecen los mejores libros y autores para la formación profesional o de esparcimiento de los lectores. Los pocos lectores que quedan en el mundo hoy. Leer de todo es bueno, claro, pero no lo es suficiente el sólo leer autores de moda o de momento, eso llamado “Best sellers”.
Los buenos libros ya no están en las librerías de piedra y hormigón. De hecho, y casi igual, no hay librerías abiertas. La mayor parte de ellas quebraron. En su momento y en la vecina ciudad de Monterrey, hubo alrededor de 58 librerías en su mancha urbana. Hoy quedan sólo tres o cuatro. Aquí en el pueblo ni se diga: no hay.
Deambulando en Monterrey y precisamente mientras recibía un paquete que me llegó de la ciudad de México con la prensa de España y algunos libros ibéricos, fui a hacer tiempo (matar el tiempo el cual no cesa, fluye y nunca se detiene) a un bazar cercano a la tienda de embalaje. En este tipo de bazares de asombros, hay de todo: desde una gran obra de arte perdida y olvidada por sus dueños, un par de zapatos con las suelas gastadas, hasta alfileres, libros ya agotados o sillas forradas en auténtica piel de becerro.
Quisieron los duendes de los libros que di con un buen texto, ya inconseguible en lado alguno en este país que se escapa de las manos: “Moralistas castellanos” editado por Océano y Conaculta. Una antología de textos de Antonio de Guevara, Alfonso de Valdés, Juan Luis Vives, Diego de Saavedra, y el gran, gran Baltasar Gracián. Más de 500 páginas de buena literatura moral que tanta falta nos hace en estos tiempos de desenfreno, donde la pandemia nos ha hecho relajar toda norma moral y de ética debido a que ya todo es igual, ya todo da igual si más temprano que tarde... vamos a morir.
El estudio preliminar de dicha obra es de Ángel del Río. Los escritores (moralistas) aquí recogidos con sus espléndidos textos, abarcan de 1500 y 1550 al siglo XVII, es decir, son dos generaciones de pensadores separados por un periodo de 100 años. Estos filósofos y monjes enclaustrados en sus centros de oración o en las cortes de los príncipes y ducados, buscaron mediante el humanismo una nueva vida, una nueva imagen del hombre y de la vida misma mediante la revisión de la conducta humana.
Esquina-bajan
Nos dice y nos dice bien ese genio que fue Baltasar Gracián: “En casa de la fortuna, si se entra por la puerta del placer, se sale por la del pesar, y al contrario”. ¿Ya lo notó señor lector? Con casi dos años de pandemia y miles de muertos (millones, ya) en el vecindario, todo, todo se ha relajado hasta casi ya nada importar. Todo mundo en mayor o menor medida se ha vuelto un haragán. No hay orden ni concierto. Nadie quiere trabajar como antes. Nadie quiere sobresalir y nadie, nadie quiere ni recibe órdenes.
No es algo privativo del país, es una situación mundial que se ha desatado con tanto y tanto tiempo al estar en confinamiento obligado. En tiempos de una inminente muerte (por cualquier causa), a nadie importan reglas, confines, orden, límites, respeto, moral. Nada. Sólo el aprovechamiento de los sentidos y sus placeres hasta el final.
Lo siguiente es de Juan Luis Vives: “Para demostrar Dios al hombre, cuál había de ser la futura sociedad, le envió a este mundo completamente inerme... Al más robusto y sano, le tumba una fiebrecilla, de tal modo, que se ve obligado a pedir el auxilio de muchos. Y aquel león, mejor diríamos, aquella fortaleza demolida por la calentura, necesita de los cuidados de una débil mujer”. Caray, nada más cierto y real y devastador en estos tiempos en que vivimos. O vegetamos. El texto de Vives es del siglo XVI. Avecindado largo tiempo en París, Francia, siempre llevó a España en su corazón. Juan Luis Vives es de 1492-1509.
A reserva de entregar un nuevo texto, el moralista Antonio de Guevara nos presenta amplias letras sobre lo que el llama “Menosprecio de corte y alabanza de aldea.” Es el siglo XVI, por lo cual el autor pondera que en las aldeas habitan los hombres más virtuosos y menos viciosos que en las cortes de los príncipes. Alaba y pondera los alimentos de estos hombres en las aldeas donde éste afirma, todo es benigno: “Es privilegio de la aldea que los que allí moren coman las aves escogidas y las carneas manidas; del cual privilegio no gozan los que residen en la corte y están en grandes ciudades... El que mora en la aldea come palominos de verano, pichones caseros, tórtolas de jaula, palomas de encina, pollos de enero, patos de mayo, lavancos de río, lechones de medio mes, gazapos de julio, capones cebados, ansarones de pan...”
Letras minúsculas
Hoy la moral y aquí sigue siendo el árbol que da moras. Nadie hace caso. Nadie quiere obedecer ni guardar una verticalidad que a nadie importa.