Haz que Estados Unidos vuelva a ser confiable

+ Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 14 febrero 2026

La credibilidad es lo que hace posible la cooperación a gran escala

Por Ricardo Hausmann, Project Syndicate.

CAMBRIDGE – En su histórico discurso pronunciado en la reunión anual del Foro Económico Mundial celebrada en Davos en enero, el primer ministro canadiense, Mark Carney, argumentó que el orden internacional no está atravesando una “transición”, sino una “ruptura”. El mandatario advirtió que, en tanto se intensifica la rivalidad sino-norteamericana, la arquitectura subyacente de la economía global, mercados abiertos regidos por normas razonablemente predecibles y Estados Unidos como garante de los “bienes públicos” fundamentales, está siendo sustituida por un mosaico de acuerdos transaccionales y coercitivos. La interdependencia, que antes se consideraba un motor de prosperidad compartida, se consolida cada vez más como una vulnerabilidad que puede ser explotada.

El diagnóstico de Carney tuvo una gran resonancia dado que los gobiernos y las empresas ya han comenzado a contemplar una economía global más volátil y politizada. En un momento en que una administración estadounidense hostil puede bloquear el acceso al mayor mercado de consumo del mundo por razones manifiestamente políticas, y cuando las cadenas de suministro críticas se utilizan cada vez más como puntos de presión, planificar un orden basado en reglas es simplemente ingenuo. Haciéndose eco del expresidente checo Václav Havel, Carney señaló que los gobiernos y las empresas siguen comportándose como si el orden internacional fuera a recuperarse, incluso cuando cada vez hay más pruebas de que no será así, ya que actuar de otra manera sería costoso y disruptivo.

Pero el término “ruptura” implica que la economía global avanzará hacia un nuevo equilibrio. En términos de la teoría de juegos, el actor dominante ha adoptado una estrategia que le resulta más conveniente, y todos los demás deben adaptarse a un nuevo conjunto de incentivos. De ser así, la respuesta lógica es que las potencias intermedias reduzcan su vulnerabilidad formando coaliciones, diversificando sus alianzas comerciales y creando cadenas de suministro autónomas, tal y como propuso Carney.

Sin embargo, existe otra posibilidad. Lo que parece un nuevo equilibrio podría ser, en cambio, una desviación temporal del anterior. Al fin y al cabo, la historia económica ofrece numerosos ejemplos de estrategias que generaron beneficios a corto plazo, pero que finalmente se revirtieron porque socavaron las estructuras que hacían posibles esos beneficios. Ejercer influencia no es lo mismo que desmantelar las instituciones necesarias para que esa influencia sea creíble. Si Estados Unidos sigue utilizando aranceles, exclusión financiera y restricciones a la exportación para obtener concesiones de sus socios comerciales, el mundo no se limitará a adaptarse, sino que se protegerá. Los gobiernos y las empresas redireccionarán sus inversiones y reducirán su dependencia de los mercados estadounidenses.

El peligro va más allá de cualquier disputa comercial concreta. Cuando las herramientas diseñadas para gestionar la economía global mediante la coordinación internacional se reutilizan como instrumentos de coerción y se emplean de forma impredecible, la exposición comercial ordinaria se vuelve un riesgo de cola. En respuesta, las empresas y los gobiernos dejan de optimizar la eficiencia y se centran en fortalecer la resiliencia.

Esta no es una crítica moral, sino la naturaleza misma de la cooperación compleja. Muchos acuerdos transfronterizos de alto valor -inversión, integración de las cadenas de suministro y financiación de infraestructura- son a largo plazo y requieren de una relación intensa, por lo que dependen de compromisos creíbles. Si una de las partes no puede confiar en que la otra cumpla con los acuerdos, se protege acortando los horizontes temporales, aumentando las primas de riesgo, estableciendo contingencias costosas o desvinculándose por completo. Cuando esta lógica se generaliza, el resultado no es simplemente una redistribución de las ganancias, sino una torta global más pequeña.

La credibilidad es lo que hace posible la cooperación a gran escala. Al igual que la infraestructura o el capital humano, es esencial para la especialización y la coordinación transfronteriza. La “interdependencia instrumentalizada” erosiona esa base. A medida que la credibilidad se debilita, la especialización da paso a la redundancia; la confianza se ve reemplazada por el autoseguro; y las economías en red comienzan a desmoronarse. Como observó Carney, un mundo en el que todos deben pagar una prima de diversificación es inevitablemente un mundo más pobre.

Estados Unidos, lejos de estar exento, también paga esa prima -muchas veces, más de lo que cree- porque su poder económico depende de que los gobiernos y las empresas extranjeras elijan canalizar el comercio, las finanzas y la tecnología a través de sistemas estadounidenses. Cuando esas conexiones se consideran más un lastre que un activo, comienzan a invertir en proveedores, sistemas de pago, normas y plataformas tecnológicas alternativas.

Las implicancias estratégicas son profundas. En medio de una creciente rivalidad geopolítica con China, la administración Trump no hace más que incentivar a sus aliados y socios comerciales a protegerse de la volatilidad de la política estadounidense diversificándose más allá de los mercados y las cadenas de suministro estadounidenses. Una vez que se redireccionan las cadenas de suministro, se reescriben los contratos y se duplican las normas, es difícil volver al statu quo anterior.

Una estrategia económica que incentiva a los socios comerciales a buscar alternativas, fortaleciendo así al principal rival geopolítico de Estados Unidos, no parece óptima desde la perspectiva estadounidense y, por lo tanto, no forma parte de un nuevo equilibrio. Se parece más a un atracón que produce gratificación a corto plazo, seguida de arrepentimiento a largo plazo. De ser así, entonces la “ruptura” de Carney no es inevitable. El mundo seguirá diversificándose, pero Estados Unidos podría terminar dándose cuenta de que volverse poco confiable es contraproducente.

Sin embargo, la confianza no funciona como un termostato. Se construye a paso lento y se derrumba aceleradamente. La credibilidad depende del compromiso predeterminado: el mecanismo que hace posible la cooperación incluso cuando la tentación de actuar de forma oportunista es fuerte.

El problema subyacente es la inconsistencia temporal. Lo que parece atractivo en el momento, explotar la capacidad de coerción, socava lo que importa a largo plazo: ser lo suficientemente confiable como para que otros quieran comprometerse. La única solución duradera es establecer instituciones y normas que limiten la discrecionalidad del ejecutivo.

Si la política arancelaria puede oscilar con el ciclo de noticias, rápidamente se convierte en un riesgo político, lo que desalienta la inversión a largo plazo en la industria manufacturera, en energía y en tecnología. Por lo tanto, restablecer la credibilidad de Estados Unidos requiere de un cambio institucional. Es necesario que el Congreso recupere una amplia autoridad arancelaria, que se reduzcan los poderes presidenciales de emergencia y que se fortalezcan las barreras legales para garantizar que la “geopolítica coercitiva” no se convierta en un sustituto permanente de una política económica coherente.

Hacer que Estados Unidos sea confiable no significa renunciar a ser influyente. Por el contrario, significa preservar la reputación de mantener políticas estables, pues estas son la base de la capacidad estadounidense de ser influyente.

En 1961, el presidente estadounidense John F. Kennedy se comprometió a “pagar cualquier precio, soportar cualquier carga, afrontar cualquier dificultad, apoyar a cualquier amigo y oponerse a cualquier enemigo para garantizar la supervivencia y el éxito de la libertad”. Hoy en día, el mundo le pide a Estados Unidos algo mucho menos drástico, pero en cierto modo más trascendental: autocontrol. Sin él, la advertencia de Carney se convertirá en una profecía autocumplida, no porque el orden internacional estuviera destinado a colapsar, sino porque la potencia hegemónica global se volvió poco confiable. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y execonomista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de la Harvard Kennedy School y director del Harvard Growth Lab.

Temas



Localizaciones



Personajes



Project Syndicate produce y distribuye análisis originales y de alta calidad a una audiencia global. Con contribuciones exclusivas de destacados líderes políticos, legisladores, académicos, empresarios y activistas cívicos de todo el mundo, ofrecemos a los lectores análisis e información de vanguardia.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM