¿Ignorancia o mala fe? Ideas equivocadas de ayer y hoy sobre el aumento a los salarios
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Cada vez que se anuncia un incremento al salario mínimo, o cuando la presidenta Claudia Sheinbaum lo presume como lo que es: la joya de la corona de su política laboral, un sector de la comentocracia afina sus instrumentos para entonar la misma melodía catastrofista. Nos dicen, con un tono de pretendida superioridad técnica, que celebrar estos aumentos es aplaudir una “falacia” y consumir pura propaganda. Su advertencia favorita es siempre la misma: subir el piso salarial por decreto es un acto de ignorancia que terminará asfixiando económicamente a las mismas familias que pretende ayudar.
El pilar de este argumentario conservador es una creencia tan famosa como equivocada: la premisa de que todo aumento al salario se traduce automáticamente en inflación, lo que termina por neutralizar el nuevo poder adquisitivo o, peor aún, volverse contraproducente.
Es interesante rastrear el origen de esa idea. Ese planteamiento se desprende de un modelo teórico clásico de pizarrón, de primer semestre de economía, que depende de simplificaciones e hipótesis, como la competencia perfecta y la ausencia de fricciones, que sencillamente no existen en la vida real en ningún país del mundo. La extraordinaria popularidad de este dogma en la discusión pública no es resultado de sus méritos científicos o académicos. Su éxito radica en que dice exactamente lo que los sectores económicamente más poderosos de una sociedad quieren oír para justificar ante la población que no se deben aumentar los sueldos.
Sin embargo, afortunadamente, la economía moderna no se contenta con crear un modelo teórico para “explicar” la realidad a la fuerza. Hoy es una disciplina rigurosamente empírica: construye modelos, sí, pero los valida con datos reales. Cuando aplicamos ese criterio, la conclusión es muy distinta a la de aquel modelo básico que, de forma ingenua o malintencionada, se pretende trasladar a una economía tan compleja como la mexicana, ignorando por completo sus propios supuestos.
Al revisar la evidencia acumulada a partir de los datos, quienes abordan el tema sin tomarlo en serio suelen incurrir en tres errores fundamentales:
1. El mito del traslado automático a precios (inflación). Se asume mecánicamente que el empleador trasladará el 100 por ciento de la nueva nómina al precio de su producto. La evidencia demuestra que esto es falso. Cuando el salario mínimo prácticamente se duplicó en la Zona Libre de la Frontera Norte en 2019, estudios basados en cotizaciones microeconómicas encontraron que este incremento de gran magnitud elevó el nivel de precios de la región en apenas alrededor de un 1.2 por ciento. Casi 100 por ciento de aumento y máximo 1.2 por ciento de impacto en los precios. El impacto es pequeño porque la nómina no es el único costo de una empresa y porque los empleadores pueden absorber el ajuste a través de otros canales: reduciendo márgenes de ganancia, abatiendo la costosa rotación de personal o ajustando la organización empresarial.
2. El mito del desempleo obligatorio. El modelo clásico advierte que pagar más obliga inevitablemente a contratar menos, generando un “excedente de mano de obra” o desempleo masivo. Los datos de México han derribado esa asunción. Las principales investigaciones académicas causales sobre el ciclo de aumentos en el país coinciden sistemáticamente en un punto: no se ha encontrado evidencia de una pérdida agregada y estadísticamente robusta del empleo y, en algunos casos, se presenta el fenómeno opuesto: empresas aumentan su producción (y, por tanto, el número de empleados) para hacer frente a los mayores costos laborales.
3. El mito del nulo impacto en pobreza y desigualdad. Para desacreditar la medida en nuestro país, leí incluso ¡estudios del Banco de España, un país con salario mínimo y estructura económica imposible de comparar con México! Me resulta incomprensible ir a proyecciones catastrofistas (además, bastante equivocadas) sobre otro país cuando tenemos datos empíricos para el nuestro: las evaluaciones académicas publicadas al respecto estiman que el incremento extraordinario en la frontera norte redujo la pobreza laboral entre 2.6 y 3.0 puntos porcentuales en esa zona, evitando que hogares vulnerables cayeran en esta condición. A nivel nacional, la proporción de la población en pobreza laboral cayó significativamente, pasando del 39.8 por ciento a finales de 2018 al 32.3 por ciento en el cuarto trimestre de 2025.
Luego de ocho años de políticas documentadamente exitosas de recuperación del mínimo, repetir los dogmas y engaños que en el pasado llevaron a México y a muchos otros países a contener a toda costa los aumentos salariales resulta indefendible. Esa contención, justificada con teorías de pizarrón, fue la verdadera creadora de la precarización, la desigualdad y una crisis social profunda de la que el país aún no termina de salir. Negarse a ver los datos hoy solo empobrece el debate público.