Inteligencia artificial: La mochila que no vemos

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Opinión
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Prohibirlo todo puede tranquilizar al adulto, pero no prepara al hijo. La tecnología seguirá ahí cuando salga de casa o use el dispositivo de alguien más. Lo que necesita llevar consigo es criterio

En unos días veremos la escena de siempre: tráfico desde temprano, padres corriendo, niños estrenando mochila y grupos de WhatsApp reviviendo después de las vacaciones. En México regresarán a clases alrededor de 29 millones de niñas, niños y jóvenes. En Coahuila hablamos de unos 753 mil estudiantes de educación básica y media superior. Todo parece habitual, salvo por algo que llevarán consigo: inteligencia artificial.

Para ellos no es una tecnología lejana. Está en el teléfono, en sus plataformas y aplicaciones de estudio. Puede explicar una ecuación, resumir veinte páginas o ayudarles con otro idioma. También puede escribirles la tarea completa en segundos. Lo que quizá no estamos mirando es que algunos jóvenes comienzan a usarla para hablar de cosas que antes compartían con un amigo, un maestro o sus padres.

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En su lenguaje aparece una expresión que a muchos adultos nos suena extraña: “farmear aura”. Viene de los videojuegos y significa hacer algo para ganar presencia o puntos imaginarios de popularidad. En redes, una fotografía o un gesto pueden subir o bajar esa “aura”. Lo dicen en broma, pero detrás hay algo serio: crecer sintiendo que la identidad tiene calificación y que siempre hay alguien observando.

También observan los algoritmos. Aprenden qué los entretiene, qué los inquieta y cuánto miran una imagen. Después les ofrecen más. Por eso no basta contar horas frente a la pantalla. Importa lo que sucede ahí: un joven puede terminar rodeado de cuerpos imposibles, apuestas, violencia o mensajes que refuerzan una inseguridad que nadie alrededor ha notado.

El dato que más me llamó la atención no tiene que ver con tareas. Un estudio realizado en Estados Unidos entre jóvenes de 12 a 21 años encontró que 19.2 por ciento, casi uno de cada cinco, ya había utilizado un chatbot para pedir consejos sobre salud mental. Más de nueve de cada diez dijo que la respuesta le pareció útil. Pero el 63.3 por ciento no se lo contó a nadie.

México no cuenta con una medición similar; sería irresponsable copiar el porcentaje como si describiera nuestra realidad. Aun así, la señal está ahí. Para un adolescente puede ser más fácil escribir “me siento solo” en una pantalla que pronunciarlo frente a otra persona. La máquina responde de inmediato, no se cansa, no hace gestos y rara vez contradice. Puede sentirse como compañía, aunque no lo sea.

Muchos menores probablemente usan las versiones gratuitas, con límites de consultas, funciones restringidas o menor acceso a modelos avanzados. Pero una suscripción tampoco resuelve el problema. Una IA de paga puede inventar datos, perder el contexto, fabricar una fuente o responder con una seguridad que no corresponde a la verdad. Pagar mejora ciertas capacidades; no compra infalibilidad y mucho menos criterio clínico.

Ahí está la dificultad. Una respuesta bien redactada suele parecernos correcta. Si además llega en tono amable y aparentemente empático, un menor puede darle más autoridad de la que merece. La IA sirve para ordenar pensamientos o ponerle nombre a una emoción. No conoce toda la historia de una persona, no puede diagnosticarla ni sustituir a un profesional. Tampoco debería ocupar el lugar de una conversación que en casa dejamos pendiente.

¿Qué les toca a los padres? Perder el temor a preguntar. No hace falta saber programar ni dominar cada aplicación. Basta con interesarse: ¿para qué usas la IA?, ¿qué le cuentas?, ¿alguna vez te dio un consejo personal?, ¿qué haces si una respuesta te confunde? Eso puede servir más que revisar el historial a escondidas o amenazar con quitar el teléfono.

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Prohibirlo todo puede tranquilizar al adulto, pero no prepara al hijo. La tecnología seguirá ahí cuando salga de casa o use el dispositivo de alguien más. Lo que necesita llevar consigo es criterio: saber que la IA puede ayudarle, pero también equivocarse; que una imagen puede ser falsa; que sus datos tienen valor; y que pedir ayuda a tiempo nunca debería darle vergüenza.

Este regreso a clases también pone a prueba a los adultos. Los jóvenes están creciendo en un territorio que nosotros no conocimos. Tal vez aprendan a utilizar estas herramientas más rápido, pero eso no significa que deban recorrer solos el camino.

Durante años creímos que proteger a los hijos consistía en saber dónde estaban. Hoy también necesitamos saber dónde están emocionalmente cuando miran una pantalla. La pregunta de fondo no es cuánto sabe la inteligencia artificial sobre ellos, sino cuánto seguimos sabiendo nosotros. Tal vez la mejor herramienta de control parental no sea una aplicación nueva, sino conservar la confianza para que, cuando algo duela, los hijos prefieran cerrar el chat y buscar una conversación de verdad.

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