La inteligencia artificial nunca educará a tus hijos

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Opinión
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Puede ayudar a aprender, pero jamás podrá sustituir el esfuerzo mental que necesita el cerebro para poder desarrollarse

Con seguridad, ya habrás oído hablar de ChatGPT y de otras herramientas de inteligencia artificial (IA). Es posible, incluso, que ya las utilicen tus propios hijos o hijas para terminar deberes, buscar información o resolver cualquier tipo de duda.

En la encíclica “Magnífica Humanidad”, el papa León XIV plantea que la educación de niños y adolescentes ya no depende únicamente de cuatro grandes agentes: la familia, la escuela, la sociedad y la religión. Hoy, en la era digital, ha emergido un quinto formador: la IA. Millones de jóvenes y niños aprenden, preguntan, obtienen consejos y toman decisiones mediadas por sistemas de IA, razón por la cual padres, educadores, terapeutas y guías espirituales deben acompañarlos en el uso de esta tecnología, dotándoles de pensamiento crítico, criterio ético y sentido humano, con el objetivo de contrarrestar la tendencia de esta tecnología hacia la reflexión, los valores y la relación personal.

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Son muchos los padres que valoran estas herramientas como algo positivo. Y no se equivocan. El uso de la inteligencia artificial puede facilitar el proceso de aprendizaje, responder preguntas o proporcionar la ayuda académica que se necesite a cualquier hora del día. Pero investigadores de la Universidad de Stanford lanzaron una advertencia importante para las familias: la IA puede ayudar a aprender, pero jamás podrá sustituir el esfuerzo mental que necesita el cerebro para poder desarrollarse.

La manera de evaluar el aprendizaje mediante ensayos, reportes, resúmenes y proyectos se había mantenido intacta durante numerosos años. Pero hoy esto ha cambiado. Un alumno puede pedirle a una IA que le haga un ensayo completo en pocos segundos; tal vez por ello, investigadores del Stanford HAI (Inteligencia Artificial Centrada en la Persona) y del Stanford Accelerator for Learning sostienen que las escuelas enfrentan un nuevo reto: muchas veces ya no resulta fácil saber si la tarea fue elaborada por el estudiante o por una máquina. Pero el reto no es la tarea, sino que el cerebro aprenda a pensar, analizar, cometer errores, reflexionar y buscar soluciones. Si alguien hace el trabajo, el aprendizaje disminuye. El cerebro necesita ejercitarse.

Suponga que un niño quisiera tonificar sus músculos sin correr, sin brincar ni hacer ejercicio; resulta evidentemente imposible. Con el cerebro sucede algo similar. Las habilidades que serán más imprescindibles para nuestros hijos se desarrollan cuando practican:

• Pensar.

• Resolver problemas.

• Concentrarse.

• Recordar información.

• Tomar decisiones.

• Controlar impulsos.

• Persistir ante la dificultad.

Stanford no sugiere prohibir la inteligencia artificial. Al contrario, los investigadores admiten que puede ser un muy buen tutor.

• Puede facilitar la comprensión de conceptos complejos.

• Puede responder preguntas.

• Puede ofrecer retroalimentación inmediata.

• Puede ayudar a los estudiantes con dificultades de aprendizaje.

El riesgo surge cuando los jóvenes tienden a depender de ella para pensar. Cuando la inteligencia artificial resume por ellos, escribe por ellos y les resuelve todo el trabajo, existe el riesgo de que pierdan su autonomía intelectual.

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Quizás la conclusión más interesante que ofrece Stanford sea la siguiente: la tecnología no podrá sustituir a los padres ni a los buenos maestros. La inteligencia artificial puede ofrecerles información, pero no les puede ofrecer:

• Amor

• Empatía

• Valores

• Carácter

• Inspiración

La educación es, ante todo, una relación humana. Nuestros hijos tendrán que aprender a usar la IA de forma inteligente. De la misma manera que hemos ido enseñando a nuestros hijos a leer, escribir, conducir... ahora también les enseñaremos a utilizar la inteligencia artificial de forma responsable.

Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.

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