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Intolerancia y cultura de la cancelación

Opinión
/ 21 noviembre 2021

    El 16 de noviembre de cada año se conmemora el Día Internacional de la Tolerancia, según lo dispuesto por la Resolución 51/95 de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas. Con esta conmemoración, la comunidad internacional ha apostado por la promoción de este importante valor fundamental a través de aspectos como la educación. Dicho postulado queda claramente reflejado en la Declaración de Principios sobre la Tolerancia emitidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

    Por otro lado, la revolución de las tecnologías de la información ha desencadenado en la democratización del acceso a la información, misma que constituye un elemento fundamental en la concientización del respeto y promoción de los derechos humanos.

    En consecuencia, el mundo virtual se ha visto cada vez más fiscalizado socialmente, constituyendo así, un espacio en donde cometer un error en una declaración puede dar pauta a que se tergiverse o descontextualice el discurso, llegando al extremo de adjudicarle una condena social a la persona emisora del mensaje, retirándole el apoyo o desprestigiando su imagen.

    De esta forma, cualquier persona puede vigilar y reportar las acciones u omisiones que vulneran la dignidad de las personas o sus derechos y manifestarse al respecto. En concreto, denunciar hechos que son considerados asociales que tengan por objeto denigrar a alguna persona basándose en elementos personales, tales como el origen étnico, clase social, género o gustos y preferencias, se encuentra a tan solo un click.

    En este contexto ha surgido lo que se conoce como “la cultura de la cancelación”, definida como un rechazo permanente que sufrirán algunas personas por considerar que han vulnerado los principios universales de convivencia humana como el respeto.

    Sin embargo, este fenómeno ha evidenciado la intolerancia extrema que demuestran las y los usuarios de redes sociales al rechazar las acciones y los postulados socialmente reprochables expuestos en internet.

    Para ilustrar basta un ejemplo muy conocido. En el año 2014, el piloto mexicano de la Fórmula 1 “Checo” Pérez fue cuestionado si le gustaría tener una mujer como compañera competidora. El deportista contestó de forma desatinada que “si te gana una mujer ya es el colmo, mejor que se vaya a la cocina”.

    Aunque al percatarse de su error, el mexicano se disculpó inmediatamente a través de comunicados de prensa y en sus redes sociales, aceptando que fue un comentario “aunque en forma de broma, fuera de lugar e inaceptable”, las declaraciones hechas en el allá y entonces siguen afectando el aquí y ahora del corredor de autos. Aún hoy hay quienes continúan desacreditando su carrera por los comentarios machistas que expresó años atrás, opacando su trayectoria deportiva.

    Es muy cierto que la sociedad actual necesita personas proactivas, promotoras de valores como la igualdad y la justicia. Personas que ante la pasividad en ocasiones contaminante de nuestra sociedad actúen de manera firme y determinante para provocar un cambio real, encaminado a poner límites a las amenazas de una sociedad incluyente y democrática.

    Sin embargo, también es importante cuestionar si es justificable combatir la intolerancia con más intolerancia. Preguntarnos si la “cancelación” de alguien es la mejor manera de transformarnos en una mejor sociedad. Reflexionar si la actitud que tomamos está basada en la razón o en sentimientos vengativos.

    La tolerancia es una actitud que involucra a los Estados, a los grupos sociales, pero sobre todo a los individuos. Y es así como está en cada persona elegir entre “cancelar” a alguien por considerar que se ha equivocado o tratar de educarlos e ilustrarlos con conocimientos y argumentos razonables que nos permitan a todos caminar hacia al camino de la información y toma de conciencia.

    Lejos de categorizar la tolerancia como una actitud de cobardía hacia posturas diversas, debemos de enaltecerla como una virtud debido a la cual las personas somos capaces de aceptar y celebrar que existen otras formas de ser y pensar diferentes a las propias. Y que mientras estas no perjudiquen a terceras personas, deben de ser respetadas.

    Atrevámonos a informarnos sobre temas en los que no estamos totalmente de acuerdo para poder romper los estereotipos y prejuicios cegadores. Razonemos lo que pensamos y decimos. Pero, sobre todo, seamos capaces de ponernos las gafas de la tolerancia para ver al ser humano por encima de cualquier otro elemento que nos haga diferentes. Demostremos que podemos ser mejores.

    El autor es estudiante de la maestría en derechos humanos con perspectiva internacional y comparada de la Academia IDH.

    Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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