JD Vance está preocupado

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Opinión
/ 9 julio 2026

Los temores de Vance no se limitan a la base de MAGA, ni a la nación, ni a Occidente; también son profundamente personales

No solo porque tiene que apoyar públicamente una guerra a la que, en privado, se oponía, o porque su futuro político está ligado a un presidente cuya popularidad se desploma. Esas circunstancias ya son bastante malas para el vicepresidente. Pero Vance parece más inquieto porque cree que Estados Unidos libra una batalla civilizatoria, y la está perdiendo.

Las nuevas memorias de Vance, Communion, se enfocan en su propia evolución religiosa, que pasó del cristianismo evangélico al ateísmo y, de ahí, al intelectualismo y la jerarquía de la Iglesia católica. De alguien que antes consideraba el cristianismo “demasiado insustancial”, Vance ahora se da cuenta de que ha sido “tocado por la gracia de Dios”.

Pero en lo más profundo de Communion se esconde la historia de otra transición de fe, una que están viviendo Estados Unidos y el mundo occidental, y que Vance condena con vehemencia. Se trata del paso de la “civilización del cristianismo occidental” al “liberalismo global laico”, una transformación a la que el vicepresidente culpa del aumento de los conflictos raciales, la erosión del matrimonio y el descenso del crecimiento demográfico.

“Mi mayor temor no es la muerte, sino que hayamos heredado una gran civilización y la estemos dejando poco a poco caer en el abandono”, escribe. Vance teme la “muerte de la civilización”, explica, “una muerte, no de un individuo, sino de la civilización que dio sentido a la vida de ese individuo”.

Bienvenidos al choque de civilizaciones de JD Vance.

“El declive del cristianismo nos ha dejado sin un lenguaje moral común”, sostiene Vance. En su lugar, la derecha ha idolatrado el mercado, mientras que la izquierda se ha embarcado en una búsqueda interminable de autodescubrimiento autoindulgente. “Cada uno de nosotros, a nuestra extraña manera, somos culpables de dejar de lado la herencia cristiana de nuestra civilización”, escribe.

Vance ve a los hombres que ganaron la Segunda Guerra Mundial como modelos civilizatorios. No solo defendían ideas —“ni el ‘liberalismo’, ni la ‘libertad’, ni siquiera la ‘democracia’”, escribe—. “Era la civilización del cristianismo occidental y los valores que la caracterizan: el concepto de los derechos naturales, incluida la libertad de expresión; el sentido del deber hacia el prójimo; la obligación de los fuertes de proteger a los débiles; la creencia en el libre albedrío y la conciencia individual”.

Pero desde entonces, y sobre todo desde el fin de la Guerra Fría, “hemos perdido algo sagrado”, escribe Vance. La fe se ha ido retirando de Norteamérica y Europa; Occidente, dice, “olvidó lo que representaba”.

Pero no te preocupes: el vicepresidente está aquí para recordárnoslo. “No exijo que te hagas cristiano”, escribe en su epílogo, “aunque lo celebraría”.

Aunque el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia podría habernos recordado que el credo estadounidense tiene que ver con la igualdad política y el autogobierno, Vance ha defendido con frecuencia una visión alternativa. Cuando intervino en la Convención Nacional Republicana de 2024, Vance restó importancia a la idea de Estados Unidos como un conjunto de ideales laicos y, en cambio, subrayó que el país es una entidad geográfica reservada para ciertas personas.

“Estados Unidos no es solo una idea”, dijo. “Es un grupo de personas con una historia compartida”. Hizo referencia a un cementerio en el este de Kentucky, lugar de descanso de muchas generaciones de su familia. “Eso no es solo una idea, amigos míos”, dijo. “No es solo un conjunto de principios. Aunque las ideas y los principios son magníficos, eso es una patria. Esa es nuestra patria. La gente no luchará por abstracciones, pero sí luchará por su hogar”.

En unas declaraciones que hizo en el Instituto Claremont en 2025, Vance volvió a cuestionar la “lógica de Estados Unidos como una nación puramente basada en un credo” y argumentó que no se puede definir a Estados Unidos simplemente a partir de “estar de acuerdo con los principios”.

Ahora, en Communion, precisa su visión del credo. “El cristianismo es el credo de Estados Unidos, el lenguaje moral compartido desde la Revolución hasta la Guerra Civil y más allá”. Aquí, Vance se cita a sí mismo, reproduciendo un extenso fragmento de un discurso que pronunció a finales del año pasado en una conferencia de Turning Point USA. En otro fragmento del discurso, que no aparece en Communion, Vance afirmó que “lo único que realmente ha servido de ancla a Estados Unidos de América es que hemos sido, y por la gracia de Dios siempre seremos, una nación cristiana”.

Según Vance, es nuestro carácter cristiano —más que cualquier documento fundacional, principio o “abstracciones”— lo que define a Estados Unidos, y debemos mantenerlo así. Una de sus oraciones favoritas, cuenta el vicepresidente, insta al arcángel Miguel a que nos defienda en la batalla “contra la maldad y las trampas del diablo”, y pide que “todos los espíritus malignos que vagan por el mundo buscando la ruina de las almas” sean arrojados al infierno.

“Esa me gustó mucho”, escribe Vance. “Tiene un aire medieval a pesar de haber sido escrita en el siglo XIX. Y me parecía mística. Casi se podía ver a los ángeles y a los demonios en plena batalla”.

En Communion, Vance recuerda un momento en el que se preparó para librar él mismo una batalla. A principios de 2020, cuando empezaron a salir noticias de un virus mortal que se propagaba por China, “fui en coche a una tienda de artículos deportivos y compré 1000 cartuchos de munición”, escribe Vance. “Después fui a Walmart y compré bolsas enormes de arroz y harina, nueve kilos de carne picada y cantidades exageradas de ketchup”. El cajero le preguntó si tenía un restaurante. “No. Pero el virus chino se acerca”, respondió Vance.

En Regime Change, su nuevo libro sobre el segundo mandato de Donald Trump, Maggie Haberman y Jonathan Swan de The New York Times escriben que Vance era una especie de “doomer” (agorero o catastrofista, en español), como él mismo bromeaba en privado, y que “siempre se aferraba a las posibilidades más negativas”. Le preocupaba, desde antes y proféticamente, que las divisiones causadas por Israel y los expedientes de Epstein amenazaran a la coalición MAGA, y sus temores se tambaleaban hacia lo conspirativo. Después del asesinato el año pasado de Charlie Kirk, el activista conservador y amigo cercano del vicepresidente, sus “instintos le decían que había una conspiración más grande detrás del asesinato”, escriben Haberman y Swan. “Se metió en un sinfín de laberintos en internet; se obsesionó hasta tal punto con los videos y las teorías que su mujer, Usha, le dijo que estaba preocupada por él”.

Los temores de Vance no se limitan a la base de MAGA, ni a la nación, ni a Occidente; también son profundamente personales. A lo largo de Communion, Vance confiesa el “pecado mortal de la desesperanza” y un persistente “sentido del fatalismo” de que el dolor y las dificultades de su juventud se transmitirán a su propia familia. Teme ser un mal padre o un mal esposo, que nadie se tome la molestia de visitar su tumba en Kentucky. La conversión religiosa de Vance es, en parte, un intento de apaciguar esos temores.

“La terapia no te funcionó”, le dice su esposa. “Pero la iglesia sí”.

Cuando Samuel Huntington escribió sobre el choque de civilizaciones en la década de 1990, describía una batalla cultural entre Occidente, China, el mundo islámico y otros grupos, divisiones que parecieron cobrar vida con los atentados del 11 de septiembre. En cambio, la lucha de la civilización de Vance, entre el cristianismo y el laicismo, se libra dentro de Occidente.

“La amenaza que más me preocupa respecto a Europa no es Rusia, ni China, ni ningún otro actor externo”, dijo Vance el año pasado en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que se celebra anualmente. “Y lo que me preocupa es la amenaza desde adentro, el alejamiento de Europa de algunos de sus valores más fundamentales —valores que comparte con Estados Unidos de América”.

El reto más acuciante al que se enfrenta Europa, argumentó Vance, es la migración masiva, provocada por políticos que van en contra de la voluntad de los votantes y “abren las compuertas a millones de migrantes sin verificar”. Vance cita un ataque mortal perpetrado por un solicitante de asilo afgano que embistió con un automóvil a una multitud en Múnich justo un día antes de su discurso para preguntarse: “¿Cuántas veces más tendremos que sufrir estos terribles reveses antes de cambiar de rumbo y llevar nuestra civilización compartida por una nueva dirección?”.

En Communion, Vance contrapone la inmigración no solo a la seguridad o al empleo, sino también a la fe. “Al tiempo que nuestros líderes han propiciado un aumento sin precedentes de la diversidad demográfica a través de la inmigración”, escribe, “han descartado al mismo tiempo la fuerza más poderosa para la cohesión cultural: el cristianismo”.

Esto se ha convertido en un tema recurrente entre los altos cargos del gobierno de Trump. En febrero, durante la conferencia de Múnich de este año, el secretario de Estado Marco Rubio —y posible rival de Vance por la candidatura republicana de 2028— destacó el cristianismo como una “herencia sagrada, un vínculo inquebrantable entre el Viejo Mundo y el Nuevo”. Y en una reunión de ministros de defensa del hemisferio occidental este año, Pete Hegseth, el secretario de Defensa, dijo que la “prueba esencial” a la que se enfrentan es “si nuestras naciones serán y seguirán siendo naciones occidentales con características distintivas, naciones cristianas bajo el amparo de Dios, orgullosas de nuestro patrimonio compartido, con fronteras sólidas y una población próspera”.

Vance parece reconocer, aunque sea a regañadientes, el imperativo —compartido por las principales religiones— de recibir al extranjero. “Puedo creer (como de hecho creo) que le debo a cualquier migrante —incluso a uno ilegal— deberes de caridad y misericordia”, escribe. Y admite que “la inmigración es una versión especialmente espinosa de un reto con el que me encuentro cada día en mi trabajo: cómo tomar un principio moral aceptado y aplicarlo en el mundo real como líder cristiano”.

Vance incumple sus deberes de caridad y misericordia cuando no reconoce haber difundido en 2024 rumores infundados de que los migrantes haitianos se comían a las mascotas en Springfield, Ohio, y mucho menos se disculpa por hacerlo. Escribe que los críticos dicen que el gobierno es “demasiado duro” con la inmigración, pero lo descarta todo de un plumazo. “No se trata de debatir este tema en estas páginas”, escribe Vance, “sino de destacar que cualquier aplicación de los principios morales en el mundo real requiere una evaluación constante de compromisos y concesiones”.

Es tal y como dice el himno: sabrán que somos cristianos por nuestra constante evaluación de compromisos y concesiones.

Las concesiones políticas quedan patentes cuando Vance relata sus lecciones de historia sobre la grandeza de la propia civilización estadounidense, sobre todo las relacionadas con la Guerra Civil. Aunque los generales confederados lucharon por la “causa equivocada” y los de la Unión por la “causa correcta”, señala, los confederados fueron “estratégicamente brillantes” y “trágicos en su heroísmo”. Y, en realidad, ambos bandos ayudaron a construir la nación: “Tanto si nuestros tatarabuelos lucharon en el ejército de Grant como en el de Lee, aprendimos que sus acciones aquel día hicieron posible que formáramos parte de Estados Unidos de América”.

Vance reconoce la peculiar institución de Estados Unidos, aunque con una generosa dosis de voz pasiva. “Aprendimos sobre los esclavos que fueron traídos y cómo ayudaron a construir el país con sus propias manos”, escribe. “Cómo los maltrataron y cómo lucharon, pero lograron prevalecer al final del largo camino hacia la libertad”. Además, Vance sostiene que las interpretaciones regionalmente divergentes de la Guerra Civil son simplemente “parte de la complicada diversidad de Estados Unidos”.

Ese es un tipo de diversidad que incluso el gobierno de Trump puede apoyar.

Siento empatía por Vance. Es difícil transitar por la vida sin saber muy bien quién eres ni en qué crees. De niño, el futuro vicepresidente sufrió un “ir y venir de figuras paternas”, como escribió en Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis. En sus estudios y en el trabajo, se decantó por una educación de élite y una mentalidad de “luchador”, solo para llegar a la conclusión de que ambas vías estaban “intelectual y espiritualmente rotas”. Y en política, se convirtió en el sumiso número dos de un hombre al que antes había tachado de “heroína cultural” y “el Hitler de Estados Unidos”.

Ahora, con Communion, Vance ha pasado de ser un hillbilly a convertirse en un ser celestial. ¿Será suficiente para diferenciarse de Trump a medida que se acerca 2028, o resultará tan ineficaz como le pasó a Mike Pence, otro vicepresidente de Trump que intentó llegar a la Casa Blanca por la vía del conservadurismo religioso?

Al menos Vance tiene una oración.

Carlos Lozada es columnista de la sección de Opinión y reside en Washington, D. C. Es autor, más recientemente, de The Washington Book: How to Read Politics and Politicians.

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