La apuesta de Putin podría dar resultados
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A pesar de todo el peligro de la guerra, Putin ha apostado por aguantar más que Occidente
Por Hanna Notte, The New York Times.
“Putin ahora está más aislado del mundo que nunca”, proclamó el presidente Joe Biden en su discurso sobre el Estado de la Unión en marzo de 2022. Una semana antes, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, ordenó que sus tanques entraran a Ucrania, lo que provocó que las naciones occidentales cortaran lazos con Rusia y dieran su apoyo a Kiev. La conmoción por la descarada apropiación de tierras de Putin repercutió en todo el planeta. Muchos esperaban que Rusia se convirtiera en una bestia negra.
Pero pronto los adversarios de Rusia se dieron cuenta de que el país no iba a ir a ninguna parte. Obligado a prepararse para una guerra larga, el Kremlin ordenó a sus diplomáticos, intelectuales y agentes asegurar el apoyo en el mundo no occidental. Muchos países fueron receptivos a los acercamientos rusos, y se negaron a ser obligados a tomar una decisión binaria entre Rusia y Occidente. Rusia pronto se convirtió en un caso singular: el país más sancionado del mundo, pero plenamente capaz de mantenerse a flote. El distanciamiento de Europa fue compensado por relaciones cada vez más estrechas con el sur global.
Para tratar de entender este giro de los acontecimientos, emprendí un viaje por el mundo. Al viajar a más de una decena de países, hablé con los políticos y las personas que apoyan a Rusia, y entrevisté a rusos que impulsan la agenda del Kremlin desde Moscú y a quienes operan en la periferia. La pregunta era sencilla: ¿cómo ha logrado Rusia gestionar el rechazo que recibe de Occidente? Lo que descubrí fue un testimonio de la implacable adaptación del país. Sin importar lo que haga Occidente, Rusia no cederá.
En Dubái, los éxitos de las maniobras económicas de Rusia eran inconfundibles. Tras la invasión, los Emiratos Árabes Unidos se convirtieron en el epicentro de la estrategia rusa en tiempos de guerra: un refugio para los ricos de Rusia que reubican sus negocios, un conducto para los comerciantes rusos que importan bienes chinos y un centro para los bancos rusos que liquidan pagos en monedas distintas al dólar. Para los buques petroleros en la sombra de Rusia, que transportan petróleo ruso a compradores dispuestos en toda Asia, los EAU se convirtieron en un lugar para cambiar de forma y camuflarse. En el inframundo de las empresas fantasma y los profesionales complacientes, Rusia logró eludir las sanciones occidentales.
Otras tramas rusas eran más siniestras. En la Zona Económica Especial de Alabuga, a unos 965 kilómetros al este de Moscú, se encuentra un centro para el ensamblaje de drones de origen iraní utilizados para bombardear Ucrania. Para este esfuerzo es central un programa pseudovocacional que ha tenido como objetivo a jóvenes mujeres africanas para que trabajen allí, en el que los administradores hacen falsas promesas de desarrollo profesional y una vida llena de amor y matrimonio. Extendida a través de las plataformas de redes sociales, la racha de reclutamiento representó solo un pequeño fragmento de las campañas de información de Moscú en África, las cuales ganaron puntos al presentar a Rusia como un antídoto contra el Occidente “neocolonial”.
En Viena y Nueva York, fui testigo de las formas más elevadas de las jugadas de poder de Rusia. En la Organización de Naciones Unidas, los diplomáticos rusos se esforzaron por acorralar a los países no occidentales para que apoyaran sus posturas, entre ellas las relativas a la guerra en Ucrania. Los diplomáticos rusos también usaron formatos más nuevos para cortejar amigos. Al presidir la alianza Brics en 2024, el Kremlin impresionó a sus socios con cientos de eventos, entre ellos un desfile de modas, un torneo deportivo y una gran cumbre en la ciudad de Kazán. Como un anfitrión formidable, Rusia dejó claro que no sería aislada.
En Sudáfrica, hubo poca necesidad de persuasión. Cuando Rusia invadió Ucrania, el Congreso Nacional Africano o CNA, la fuerza política dominante del país, que lideró la lucha contra el apartheid, culpó a las naciones occidentales por la guerra. Al reunirme con veteranos del CNA, vi cómo la gratitud por el apoyo soviético durante la lucha contra el apartheid se combinaba con la antipatía hacia un Occidente que, para ellos, parecía tanto hipócrita como hiperdominante. El resultado fue una postura instintivamente prorrusa que tendía a desestimar la identidad y agencia distintivas de Ucrania.
También conocí a individuos cuya afinidad por Rusia era más idiosincrática. La periodista Paula Slier creció en un próspero suburbio de Johannesburgo en la década de 1980, inmune al tipo de sentimiento prorruso que cultivaba la clandestinidad del CNA. Después de unirse por capricho a Russia Today, un canal de noticias financiado por el Estado, en 2005, ella internalizó lentamente su cultura de noticias. Incluso cuando la propaganda del canal se volvió más estridente con los años, Slier siguió considerando que su trabajo era necesario y correcto. En la guerra de información mundial, me dijo, Rusia era el “desfavorecido”.
Otros se han alineado con Rusia más por interés propio que por afecto. En Georgia, el partido gobernante, Sueño Georgiano, siguió el ejemplo de Rusia al reprimir a la sociedad civil. Antes de las elecciones parlamentarias en octubre de 2024, Sueño Georgiano advirtió que el “partido de la guerra global”, sus oponentes políticos y sus partidarios occidentales, buscaba arrastrar a Georgia a un conflicto con Rusia, tal como había ocurrido en Ucrania. El objetivo de Sueño Georgiano era sencillo: afianzar el propio control del partido en el poder. En el proceso, impulsó la agenda de Putin de desacreditar la democracia de estilo occidental y fortalecer a los compañeros de ruta en la región.
Si Rusia podía contar con cómplices tanto conversos como circunstanciales, su guerra contra Ucrania también generó nuevos, e incluso improbables, opositores. Los jóvenes kazajos urbanos con los que me relacioné en Almaty estaban preocupados de que su país, que comparte con Rusia la segunda frontera más larga del mundo, pudiera convertirse en la próxima víctima de la agresión de Putin. Estos kazajos lideraron los esfuerzos de “descolonización” de Rusia, abogando por el uso del idioma kazajo por encima del ruso en la vida cotidiana, junto con un ajuste de cuentas con las horribles dimensiones de las políticas imperiales rusas y soviéticas en su país.
En Armenia, los habitantes locales se sentían abandonados por Rusia, en lugar de temerosos de su intromisión. En septiembre de 2023, con el Kremlin preocupado por Ucrania, las fuerzas de paz rusas se mantuvieron al margen mientras Azerbaiyán tomaba el control del territorio en disputa de Nagorno Karabaj. Azat Adamyan, dueño de un pub al que conocí en Ereván, estaba entre las decenas de miles de desplazados del enclave. El retrato de Putin ya no cuelga en su pub, que fue reabierto en la capital armenia. Otros armenios de Karabaj culparon al gobierno armenio —el cual desde entonces se ha apresurado a diversificar a sus socios extranjeros— de su difícil situación. De cualquier manera, el prestigio de Rusia sufrió un golpe.
La historia de Armenia insinúa un fenómeno más amplio, que el éxito del Kremlin en asegurar apoyo no ha logrado ocultar: el poder mundial de Rusia se erosiona de manera constante. Sentí esto con más fuerza durante mis viajes a Medio Oriente a principios de 2025. En Majdal Shams, un pueblo fronterizo en los Altos del Golán ocupados por Israel, me senté con drusos locales que celebraban el reciente derrocamiento de Bashar al Asad en la vecina Siria, una gran derrota para el Kremlin, que apoyó a la dinastía al Asad durante décadas hasta que fue incapaz de proteger a su cliente.
El regreso de Trump a la Casa Blanca en general ha empeorado la difícil situación de Rusia. Sus promesas de campaña de una política exterior antiintervencionista han dado paso a operaciones militares de Estados Unidos contra Irán y Venezuela, ambos socios de Rusia. Habiéndose jactado de que podría resolver la guerra de Ucrania “en 24 horas”, y sugerido que podría hacerlo cediendo a las demandas rusas, Trump desde entonces se ha cansado del conflicto, distraído por las réplicas de su apuesta militar en el golfo Pérsico. Mientras tanto, la perspectiva de una nueva relación bilateral sigue sin cumplirse.
Sin la intercesión de Trump, Rusia debe seguir luchando en Ucrania. El costo está aumentando: un estimado de 1.4 millones de bajas rusas en el campo de batalla, drones ucranianos que ahora llegan hasta las profundidades de Rusia y una economía que se tambalea. Sin embargo, tras haber sometido a todo el país a las necesidades de su calamitosa guerra, Putin comprende que su resultado determinará la reputación mundial de Rusia. “Nuestros amigos, vecinos y nuestros adversarios y enemigos siguen muy de cerca cómo se desarrolla”, recordó hace poco su ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, ante una reunión de la élite en Moscú.
A pesar de todo el peligro de la guerra, Putin ha apostado por aguantar más que Occidente. En un mundo que alberga un pozo de admiradores y seguidores aparentemente inagotable, junto con innumerables cómplices y facilitadores, es posible que su apuesta aún rinda frutos.
Hanna Notte es la directora del Programa de No Proliferación de Eurasia en el Centro James Martin para Estudios de No Proliferación en Monterey, California, y autora del libro próximo publicarse We Shall Outlast Them: putin’s Global Campaign to Defeat the West, del cual se adaptó este ensayo.