La batalla geopolítica por la infraestructura monetaria

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Opinión
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La cuestión central ya no es quién emite el dinero, sino quién diseña y gobierna la infraestructura a través de la cual circula

Por Camila Villard Duran, Project Syndicate.

ANGERS El desarrollo de la infraestructura de pagos en las economías de mercados emergentes (EME) -desde los sistemas de pago instantáneo en los mercados minoristas hasta las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) para la liquidación interbancaria transfronteriza- forma parte de una transformación tecnológica más amplia. Sin embargo, el intenso escrutinio al que se ven sometidas estas iniciativas por parte de Estados Unidos sugiere que lo que está en juego no es solo la supremacía técnica, sino el propio poder monetario.

Los cambios en la forma en que se ejecutan los pagos implican un giro en el control sobre la infraestructura crítica a través de la cual circula el dinero, con consecuencias para el ejercicio de la soberanía monetaria. Si bien la soberanía en materia monetaria se entendía tradicionalmente como la autoridad para emitir moneda, con el tiempo se amplió para incluir la supervisión de los sistemas bancarios y los flujos financieros. Sin embargo, en un mundo cada vez más digitalizado, la soberanía hoy depende de los mecanismos que sustentan los pagos y las liquidaciones, así como de los datos generados por las transacciones financieras.

Este cambio es especialmente visible en las economías emergentes, donde la soberanía formal ha convivido durante mucho tiempo con la dependencia estructural. Durante años, el dominio del dólar se ha basado no solo en su condición de moneda global, sino también en una densa red de infraestructura gestionada de forma privada -la Sociedad para las Comunicaciones Interbancarias y Financieras Mundiales (SWIFT), el Sistema de Pagos Interbancarios de la Cámara de Compensación de Nueva York (CHIPS) y el Sistema de Liquidación Vinculada Continua (CLS)- que determinan cómo se llevan a cabo los pagos y las liquidaciones financieras transfronterizos. Lejos de ser meros canales neutrales, estos sistemas dominados por Estados Unidos integran el poder geopolítico en el funcionamiento rutinario de las finanzas globales, permitiendo una “interdependencia instrumentalizada” mediante sanciones, exclusión y control de los flujos financieros.

El sistema Pix de Brasil es un ejemplo claro. Pix, una plataforma de pagos instantáneos creada y gestionada por el Banco Central de Brasil, se ha convertido rápidamente en un pilar fundamental de la arquitectura financiera del país, superando a las tarjetas de pago en volumen de transacciones. Pix encarna un modelo de gobernanza en el que el estado gestiona tanto las normas de pago como los datos generados por las transacciones -una fuente cada vez más importante de poder económico y estratégico.

Esto ha alarmado claramente a Estados Unidos. La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) abrió una investigación sobre Brasil e incluyó a Pix en su Informe Nacional de Estimaciones Comerciales 2026 sobre Barreras al Comercio Exterior, dentro de la categoría más amplia de “políticas y prácticas no mercantiles” que podrían generar “riesgos económicos y para la seguridad nacional” de Estados Unidos. El informe considera que la infraestructura de pagos estatal, las medidas de localización de datos y las regulaciones digitales constituyen posibles distorsiones de la competencia que perjudican a las empresas extranjeras, en particular a los proveedores de servicios financieros estadounidenses.

Pero Brasil no es un caso aislado. El informe de la USTR expresa preocupaciones similares sobre las iniciativas de India, China, Indonesia, Turquía, Vietnam, Pakistán, Argelia, Omán, Kuwait, Qatar y Tailandia para desarrollar sistemas de pago nacionales y fortalecer el control regulatorio sobre la infraestructura digital y financiera, incluso mediante requisitos de localización de datos.

Esta tendencia refleja un cambio global más amplio hacia un enfoque liderado por el estado para la construcción de infraestructura financiera para la economía digital. Por lo tanto, los sistemas de pago nacionales, incluidos Pix y UPI de India, deben entenderse como parte de un movimiento más amplio entre las economías emergentes para recuperar el control sobre las redes por las que circulan el dinero y los datos financieros.

Este cambio estructural cobra aún más relevancia a nivel transfronterizo, ya que libera el potencial para conectar los sistemas nacionales de pago instantáneo (como el Proyecto Nexus, liderado por el Banco de Pagos Internacionales) y, lo que es más importante, para utilizar las monedas CBDC para transacciones mayoristas.

Proyectos como mBridge -que reúne a China, Hong Kong, Tailandia, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita con el apoyo inicial del BPI-, así como las iniciativas emergentes de los BRICS+, ilustran cómo se pueden utilizar las CBDC para rediseñar la infraestructura de pagos internacionales. Al integrar la mensajería, la compensación y la liquidación, una plataforma única regulada por el estado puede reducir la dependencia de los intermediarios tradicionales y permitir la liquidación directa en monedas locales.

Más importante aún, este enfoque integra la autoridad pública en la arquitectura tecnológica de los pagos y las liquidaciones, expresada en código, protocolos y reglas de gobernanza. La soberanía monetaria, en este contexto, se vuelve infraestructural: se ejerce mediante el diseño y el control de sistemas que respaldan los flujos financieros transfronterizos.

Para las EME, esto representa una oportunidad estratégica. Al reducir la dependencia de la infraestructura basada en el dólar y permitir la liquidación en monedas locales, las plataformas multi-CBDC y un protocolo estandarizado que vincula los sistemas nacionales de pago instantáneo ofrecen una vía, aunque todavía limitada, para expandir la dimensión externa de la soberanía monetaria.

Sin duda, estos avances no auguran el fin del dominio del dólar. Los cimientos estructurales del sistema actual, liderado por Estados Unidos, desde mercados financieros nacionales profundos y líquidos hasta fuertes efectos de red y una demanda global de activos denominados en dólares, son sólidos. La rápida expansión de las monedas estables respaldadas por el dólar podría incluso reforzar este dominio en el ámbito digital.

Pero está surgiendo un panorama más fragmentado y disputado. Las nuevas iniciativas están reconfigurando el sistema existente en los márgenes: creando canales alternativos, redistribuyendo el poder (aunque en un grado limitado) y, sobre todo, demostrando que la infraestructura, y no la moneda, es el terreno principal de la competencia monetaria.

Esta evolución tiene dos implicancias importantes. En primer lugar, es probable que los conflictos futuros en el sistema monetario internacional se centren en las normas, las plataformas y la gobernanza de los datos, y no en los tipos de cambio o las monedas de reserva. En segundo lugar, las EME ya no son meros receptores pasivos de las normas financieras globales; se están convirtiendo en impulsoras de la innovación institucional y tecnológica.

En este contexto, la cuestión central ya no es quién emite el dinero, sino quién diseña y gobierna la infraestructura a través de la cual circula. La respuesta no estará determinada únicamente por la eficiencia tecnológica. Estará condicionada por la legislación, las decisiones institucionales y la estrategia geopolítica -y definirá, en última instancia, la futura distribución del poder monetario. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Camila Villard Duran es profesora asociada de Derecho en la Escuela de Gestión ESSCA.

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