La cena frustrada entre Trump y los medios
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Lo de la noche del sábado no fue sólo el tercer tiroteo en el que está involucrado Trump en los dos últimos años, o un acto aislado de violencia. Fue una ruptura simbólica en el corazón de la narrativa democrática estadounidense
WASHINGTON.- La noche en Washington tenía ese aire enrarecido que precede a las tormentas políticas. En el salón del Hotel Washington Hilton, donde cada año se celebra la cena de corresponsales de la Casa Blanca, el poder suele disfrazarse de ligereza, con bromas pesadas e incluso golpes bajos. Donald Trump había entrado al cavernoso salón, bajo una mezcla de aplausos protocolarios y silencios calculados. Era la primera vez que aceptaba ir como presidente y la única especulación que había era si, después de pronunciar su discurso, insultando y atacando otra vez a la prensa, se marcharía sin escucharlos. Pero poco más de 20 minutos después de haberse sentado, un tiroteo afuera del salón arrojó todo al caos y la confusión.
Las imágenes, captadas por las cámaras de televisión y los asistentes al evento social y político más importante del año en esta capital, se esparcieron casi inmediatamente por el mundo. Después de todo, el salón estaba saturado mayoritariamente de periodistas, quienes tienen la necesidad existencial de difundir a la velocidad de la luz, si eso fuera posible, la información que obtienen. El sábado no hubo que ir a buscarla: la información se le cruzó a todos.
La escena parecía escrita por un guionista con gusto por la ironía cruel: la cena de corresponsales de la Casa Blanca, ese ritual donde el poder se disfraza de autocrítica y la prensa de irreverencia, fue interrumpida por el estruendo seco de los disparos. Se oyó un sonido como de explosión, pensamos algunos; otros, como Enrique Acevedo, conductor del noticiero estelar de N+, escucharon cinco disparos. Trump, sentado en el presídium junto a su esposa Melania, atendía sobre su hombro a Oz Pearlman, el performer que iba a entretener a todos con sus habilidades mentales, cuando, por su reacción, notaron que algo fuera del programa estaba sucediendo.
Frente a ellos entraba, apresurado, el Servicio Secreto con sus Glock empuñadas. En el presídium, donde estaban los Trump, su equipo de seguridad corrió violentamente por los costados; por su izquierdo, arrancaron de su silla al vicepresidente J.D. Vance para sacarlo del escenario. Tres más cubrieron a Trump con su cuerpo y lo mantuvieron en el suelo hasta que un equipo SWAT de la policía metropolitana, con intimidantes rifles AR-15, estableció un perímetro de seguridad para que pudieran extraerlo.
Habían pasado unos segundos. El Servicio Secreto sacó a Marco Rubio, el secretario de Estado, que estaba sentado con el embajador de Israel, Yechiel Leiter, y junto a Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes. Buena parte del gabinete estaba presente, pero ellos dos eran prioridad por encontrarse en la línea de sucesión, detrás del vicepresidente, en caso de ausencia de Trump.
Lo de la noche del sábado no fue sólo el tercer tiroteo en el que está involucrado Trump en los dos últimos años, o un acto aislado de violencia. Fue una ruptura simbólica en el corazón de la narrativa democrática estadounidense: el espacio donde gobierno y medios ensayan, aunque sea por una noche, una ficción de convivencia, conmemorando la Primera Enmienda. Esta cena es, en el fondo, un termómetro del clima político en Washington: cuando el poder se siente fuerte, domina el humor; cuando se debilita, aflora la tensión. Eso se esperaba anoche, por el fracaso táctico de la guerra en Irán y la desaprobación creciente de su gestión.
No siempre había tenido este tipo de prolegómenos. La primera cena fue en 1924, cuando Calvin Coolidge fue invitado. Durante muchos años mantuvo un bajo perfil, no el escaparate de ironía, celebridades y tensión en lo que se ha convertido desde los ochenta, cuando se metabolizó por la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, un actor mediocre de Hollywood, y la política comenzó a mezclarse con el entretenimiento, empezando a ser un espejo de la relación entre el poder y la prensa.
El tiroteo del sábado, aunque inédito, no ocurrió en un vacío; recordó un disturbador momento de 1981, porque ahí, en la misma puerta por donde entró el atacante, John Hinckley Jr. atentó contra Reagan. Aquel era un asesino solitario. Este, quién sabe, y se inserta en un clima político enrarecido, donde la polarización dejó de ser un fenómeno electoral para convertirse en una forma de identidad. En ese contexto, la violencia ya no sorprende y se vuelve coherente con el discurso.
De ahí su previsibilidad y la expectativa del choque de Trump con la prensa y las apuestas de que se iría de la cena antes de la premiación tradicional, especialmente porque se iba a reconocer al equipo de The Wall Street Journal por revelar cartas de felicitación de 50 años al abusador sexual de menores Jeffrey Epstein, incluida una de Trump. El presidente demandó al diario por 10 mil millones de dólares por publicarla, y hace 15 días perdió el caso.
El tiroteo, que sucedió afuera del salón donde se celebraba la cena, un piso arriba en el vestíbulo del hotel, cambió todo. Sobre las mesas se quedaron las ensaladas de burrata, con guisantes y pepinos a medio comer, por los tiros y las prisas del Servicio Secreto corriendo sobre personas tiradas en el suelo y saltando sobre sillas y mesas. Pocos nos quedamos de pie, grabando lo que sucedía; en mi mesa, Danielle Dithurbide, Yolanda Ocampo (la superproductora de N+) y Acevedo, hasta que agentes del Servicio Secreto nos pidieron, con pistolas en la mano, sentarnos.
Trump fue llevado junto con Melania a una habitación dentro del hotel, antes de regresar a la Casa Blanca, a dos kilómetros y medio de distancia. El Trump que salió al briefing room de la Casa Blanca poco después fue diferente al belicoso de siempre. No era el de las plazas incendiadas por la retórica, sino conciliador. Llamó a la unidad y condenó la violencia, lo que no pasó desapercibido, pero tampoco puede recibirse con ingenuidad, porque el problema con esos discursos, cuando lo preceden años de confrontación sistemática, es que se leen más como estrategia que como convicción.
Trump no es ajeno a la construcción de un lenguaje político que tensiona, divide y simplifica. Su narrativa ha sido, en gran medida, un catalizador de esa atmósfera que ahora dice querer apaciguar. ¿Es posible separar al Trump armonizador del que alimentó la desconfianza hacia instituciones y medios? Esta es la pregunta de fondo. Y la respuesta, por ahora, es incómoda: la reconciliación no se decreta; se construye.